(CORRIGIENDO)
A Laia Martín y a su familia les sale la oportunidad de mudarse a Argentina por cuestiones laborales, la cual aceptan sin pensárselo mucho.
Allí asistirá a un colegio pupilo lleno de gente adinerada y muy caprichosa; al principio no l...
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La última semana de exámenes había sido dura, pero ya estaba llegando a su fin. Solo faltaba uno, el peor: el examen de matemáticas. Sabía que para entrar en la carrera de derecho me hacía falta una base de matemáticas, pero las odiaba. Deseaba que jamás tuviera que volver a estudiarlas y me estaba planteando, los siguientes años, hacer las máximas asignaturas posibles de letras. En la carrera ya me apañaría.
Había estudiado muchísimo para ese examen, sobre todo con las chicas, pero parecía que no me habría servido de mucho. Al entregar el examen, me dio la sensación que, si sacaba un cuatro, ya podría dar gracias.
Intenté no desanimarme demasiado de camino a mi habitación. Renata se había empeñado en hacer el examen por la tarde y se había alargado tanto que apenas quedaba sol en el cielo y el comedor estaba a punto de abrir para la cena.
—¡Laia! —me saludó Luna, nada más entrar. Estaba junto a Marizza en la cama de la pelirroja y Luján tumbada en el suelo— Justo hablábamos de ti.
Dejé mi mochila en el suelo y me senté en la cama después de quitarme los zapatos, exhausta.
—Espero que no me estuvierais criticando.
—Estábamos diciendo lo mal que tienes el pelo.
—¿Qué le pasa a mi pelo?
Me miré las puntas. A ver, estaban un poco abiertas y secas, pero...
—¡Marizza, no le mientas! —se quejó Luna, con prisa. Seguidamente, Luján aclaró:
—Estábamos hablando de las vacaciones. ¿Tú qué vas a hacer? Todavía no nos has dicho nada.
Yo suspiré. No tenía muchas ganas de volver a España. Ni de ver a mis familiares. Ni a los amigos que no tenía.
—Aún no lo sé seguro, pero lo más probable es que me vaya unas semanas a España.
—No lo dices con mucha alegría.
—Es que me da una pereza... Ir a ver a mi familia, que ni siquiera se dará cuenta de que estoy porque estarán todos pendientes de Eva...
—¿Eva? —preguntó Luna, con confusión.
Marizza era la única que lo sabía, pues me había visto un día ir con ella y mis padres en coche. Pero, a estas alturas, no quería avergonzarme más de ello.
—La hermana —dijo Marizza, con pasividad—, que es un poco... Doña perfecta.
—¿Es menor?
—Ojalá, Luna —confesé yo—. Es mayor, y están todo el día comparándome con ella. Que si Eva es muy guapa, que si Eva es muy lista, que si Eva es muy simpática...
—Seguro que tú eres más simpática, Laia —me sonrió Luna.
Yo le devolví la sonrisa, pero sabía que no era verdad. Había llegado un punto que tenía que aceptar mis diferencias con mi hermana y ser realista: así era yo. No tenía que compararme más.