Capítulo 2

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Hoy era mi primera clase. Durante el viaje hasta Argentina, me había propuesto superarme y, si el año anterior ya había sacado buenas notas, este aún tenían que ser mejores. No iba a dejar ningún trabajo para el último día, porque eso siempre traía problemas.

Iba vestida con el uniforme, más orgullosa que nunca. Me había dejado el pelo suelto, a fin de cuentas, todos me decían que me estilizaba mucho más la figura. Y yo quería ir guapa. Bajaba por las escaleras juntos a mis compañeras de habitación, e íbamos conversando sobre distintos temas.

—Así que... ¿Tú eres la chica nueva? —preguntó Marizza, de la nada.

—¿Cómo?

Yo no entendía a qué se refería.

—Nos dijeron que faltaba alguien en nuestra habitación, que por eso había una cama vacía.

—Nunca imaginé que serías tú, nuestra cuarta compañera de habitación... —añadió Luján— ¿Cómo has conseguido volver?

Yo suspiré, como todas las veces que me habían preguntado eso. Entendía perfectamente que tuvieran curiosidad, pero no me apetecía nada hablar de este tema. Fueron unos meses muy duros y no quería recordarlo; mis padres no confiaban en mí y, al principio, no me dejaban volver. Pero por suerte Isa decidió acogerme, y, aunque dediqué mucho tiempo y esfuerzo a convencerles para que me dejaran marcharme, al final lo conseguí. Ellos sabían que allí yo no sería feliz.

—Ese es un tema muy largo... Mejor lo dejamos para otro día, ¿vale?

Las chicas no se quedaron satisfechas, era obvio que querían saberlo en ese momento, pero respetaron mi decisión y eso para mí significaba mucho. De repente, detrás de nosotras, aparecieron Mía, Vico y Feli. Se sumaron al grupo, pero cuando empezaron a hablar sobre una chica, no pude evitar involucrarme en la conversación.

—Estoy harta de esa rubia teñida...

—Y nosotras, Mía —Vico le dio la razón a su amiga—. Es una víbora...

—¿De quién tengo que alejarme? —cotilleé.

—De Sol —Feli contestó al instante—. Es una lagarta.

—¿Es por lo de la cama?

—Obvio. ¿Cómo se atreve? —Mía se llevó una mano a la frente, negando varias veces con la cabeza.

—Bueno... Pero no es para tanto, ¿no? ¿O sí? Seguro que se puede arreglar hablando.

—Eso es imposible.

—Feli tiene razón —Vico concordó con ella—. Solo te digo, Laia, que cuidado con ella.

—¿Yo? ¿Por qué? —me asusté. ¡Pero si acababa de llegar y ni siquiera sabía quien era!

—No es por ser tú —aclaró Mía—, sino por ser ella. Todos tenemos que ir con cuidado.

Y justo como si la hubiéramos invocado, una chica rubia y muy guapa (todo había que decirlo) apareció detrás de nosotras. Pero, mientras pasaba por nuestro lado, me empujó. Aunque no tenía la suficiente fuerza como para hacerme desestabilizarme, me molestó mucho. Mira que había sitio para pasar sin chocarse con nadie... ¿Acaso lo había hecho adrede?

—¡Eh! ¡Cuidado! —no se libró de que me quejara.

—¡Uy! Sorry... —me sonrió, aunque no parecía una sonrisa para hacerse mi amiga— No te vi, dulce.

La chica me lanzó un beso y se adentró en el aula. No me había ni dado cuenta de que ya habíamos llegado. Por desgracia, luego de ese desagradable momento, debía decir que ya no disfrutaría del momento de entrar en clase mi primer día como tanto había deseado. Fue bonito, sí, pero no todo lo que yo quería. Me senté en el pupitre libre que me correspondía, para mi suerte, con Pilar, en primera fila. Nos saludamos con felicidad y, para mi sorpresa, no me preguntó sobre cómo había conseguido volver, cosa que agradecía mentalmente. A lo mejor, entendía como me podría sentir si lo hacía y no quería que me agobiara. Así que todo perfecto.

—Buenos días, alumnos.

La profesora de literatura entró en el aula. Deduje que era nueva, pues no la había visto nunca antes por el Élite Way School. Imponía mucho respeto, todo hay que decirlo. Dejó su maletín sobre la mesa, se quitó sus gafas y se las limpió con un pequeño trapo y, finalmente, se sentó. Aunque no estuvo ni un par de segundos sentada, que se levantó inmediatamente al verme.

—Vaya, ¿usted es...?

—Laia Martín, profesora.

—Ah, ya. Usted es la alumna que se incorporaría un poco más tarde por... asuntos personales. Dijo el director.

—Así es.

—Bien, mi nombre es Carmen y seré su profesora de literatura este año. Le voy a perdonar esta vez, porque está claro que no está informada de la situación. —Yo fruncí el ceño, no entendía qué estaba diciendo—. En mis clases no toleraré ni el pelo suelto, ni una sola gota de maquillaje en sus rostros. Así que recójaselo, y a la siguiente clase me viene sin maquillar. ¿Alguna duda?

—No, profesora.

Me sorprendí con las normas de esta señora. ¿Era legal mandar sobre las apariencias de sus alumnos? Si un día me apetecía ir con el pelo suelto... pues lo hacía. Pero bueno, mi objetivo era no ponerme en problemas, así que si había que cumplir esas estúpidas normas, lo haría.

—Bien. Nos quedamos en Miguel de Unamuno, ¿alguien puede decirme unas cuantas características de este autor?

La clase siguió con un buen ritmo, aunque Carmen era muy estricta, debía reconocer que sus clases eran excelentes. Todo lo que dijo, se me quedó a la perfección. Eso era lo que definía, para mi gusto, a un buen profesor.

Me di cuenta, cuando di un giro de esos que haces involuntariamente, solo para observar al resto de la clase, de que Pablo me estaba mirando fijamente. Le sonreí delicadamente, no fue nada brusco. Aunque cuando se dio cuenta de lo que había hecho, bajó la mirada inmediatamente hacia su cuaderno. ¿Qué le pasaba? ¿Acaso había hecho algo y no lo sabía?

—Por cierto, alguien tendrá que dejarle los apuntes dados hasta ahora a la señorita Martín para que se pueda poner al día. ¿Algún voluntario?

Me giré, ilusionada, esperando a que Pablo se levantara y me los dejara, pero eso no fue así. Volvió a agachar la cabeza, mientras jugaba con sus manos, como si fuera la cosa más entretenida del mundo. Bueno... a lo mejor se avergonzaba de su letra y no quería que los viese. Sí, era eso. Seguro. Tomás, en cambio, se levantó de su silla con energía, dispuesto a darme su carpeta. Aunque Carmen no se debía fiar mucho de él, porque lo rechazó enseguida y ordenó a Laura que, por favor, me los prestara. Ella no puso ninguna pega, y yo le di las gracias, estaba claro. Pero... no era lo mismo. Yo quería que Pablo demostrara un mínimo interés en ayudarme, y eso no había sido así.

Después de ese momento, la clase no tardó en finalizar. Vino seguida la de matemáticas, pero esa no me apetecía nada. Las mates nunca habían sido mi punto fuerte, y, además, les tenía un odio muy fuerte. Pero, debía asumir que el profesor era bastante bueno. Al menos intentaba que no nos desagradaran tanto, aunque conmigo no lo conseguiría nunca.

Al final de la clase, teníamos el primer descanso. Mi intención era ir a la cafetería a por algo de beber, tenía la garganta sequísima. Pero las chicas me acorralaron para hablar y no me dejaron salir.

—¿Y qué tal en España, Laia? —preguntó Pilar— ¿No encontraste nada que te dijera: quédate?

—Mmm... —pensé, aunque no había nada que pensar—. Pues no, más bien había algo que me decía: vete.

Ellas se rieron, aunque no era ningún chiste.

—Disculpen, disculpen, disculpen...

—Ay, Pablito... ¿No sabes lo que son las conversaciones privadas? —dijo Mía, aunque estaba claro que iba en broma.

—Pues no, no lo he sabido nunca. ¿Os la puedo robar un rato? Será solo un segundo —aseguró, mientras me cogía de la muñeca y me obligaba a seguirle hasta fuera del aula.

Una vez fuera, sin mirarme a los ojos, me apresó entre sus brazos, formando un cálido abrazo. Un cálido abrazo que no duró más de tres segundos, por mucho que yo hubiera deseado estar así todas las horas del día.

—¿Cómo es que has vuelto?

—Uf... —No pude evitar suspirar. Sabía que lo contaría en algún momento, pero ahora no—. Ya te lo contaré...

—¿Por? ¿No puedes ahora?

—Es que ahora no me apetece... Es muy largo.

—¿Cómo que no te apetece? Pero si es un momento.

Todo el mundo igual, ¿es que no podían entender que solo quería volver a ser una alumna normal en el Élite Way? Como si... Como si no me hubiera ido nunca.

—Pues que no me apetece, Pablo. Quiero adaptarme y disfrutar de mi regreso, y luego ya hablaremos.

—Vale...

—¿Qué pasa? ¿No estás contento de que haya vuelto? —me alejé un poco de él al decir eso. Si eso era lo que le pasaba... Me partiría en dos.

—Claro que sí, no digas tonterías.

—Ah, vale. Qué susto... —me reí. Instantáneamente, me acerqué para darle un beso, que ya hacía rato que me moría de ganas de hacerlo. Pero él, al darse cuenta, giró la cabeza y, el beso que iba directo a sus labios, fue a parar en su mejilla. Me había hecho una cobra enorme.

Y... otra vez me alejé. Mi ceño estaba fruncido de la confusión. Es que de verdad no podía entender lo que le pasaba. Si al menos me dijera algo... Pues no estaría tan confundida. Aceptaría que me hubiera olvidado o que ya no le gustase, siempre y cuando me lo dijera él.

—¿Pasa algo? —no pude evitar sonar borde, pero es que no le comprendía.

—No, nada...

Su cara parecía de duda, pero no pude observarlo ni un segundo más porque enseguida juntó sus labios con los míos, formando un... extraño beso. Era incómodo. Él estaba tenso, y eso repercutía en mí. No duró más de dos segundos, pues él enseguida se separó. ¿Esa mierda de beso era el que nos merecíamos de reencuentro después de tantos días?

Pablo, al alejarse de mí, se secó las palmas de las manos con sus pantalones y dijo:

—Perdón, Laia, pero tengo que hacer una cosa muy importante. Esto... Discúlpame.

Y se fue. ¿Acaso era una broma? ¿Me merecía yo eso? Tal vez sí. Tal vez estaba enfadado conmigo por dejarle solo... ¿Pero qué podía hacer? Nada, no podía hacer nada. Y si eso él no lo entendía... No era mi culpa.

Sentía como mi corazón latía a gran velocidad y como las lágrimas empezaban a formarse en mis ojos. No quería llorar ahí en medio, pero no podía controlarme. Las manos y las piernas me temblaban solo de pensar en él. ¿O era que ya había pasado página? ¿Tan poco había significado para él? Era una estúpida.

—¡Laia! ¡Qué feliz estoy de volver a verte! —gritó Tomás.

El chico corrió hacia mí y, en cuanto me tuvo enfrente, pasó sus brazos por mi cintura y me alzó, abrazándome con fuerza. Me sequé rápidamente el par de lágrimas que corrían por mis mejillas, no quería que me viese mal.

Tardó un rato en bajarme. Lo hizo cuando le dije que no podía respirar porque estaba apretándome con demasiada fuerza. Él me pidió perdón enseguida, pues de la emoción no se podía controlar.

—¿Qué tal estás?

—Muy bien —le dediqué una sonrisa. Él no iba a notar que era falsa. Que en ese momento no estaba muy contenta, que dijésemos.

—No sabes lo que te he echado de menos...

—¿Sí? —pregunté, alegre de que Tomás me recibiera tan bien.

—Mucho. ¿Qué digo? Muchísimo.

—No sabes lo feliz que me hace eso, eh...

—Tú no sabes lo feliz que me has hecho de poder volver a verte. Bueno, a mí y a todos.

—¿A todos?

—Claro —Tomás sonrió, seguro de lo que decía—. Todos nos hemos alegrado un montón de que volvieras.

—Eso es... genial.

—¿Te pasa algo, Laia? —se preocupó.

Yo negué varias veces con la cabeza.

—No te preocupes, estoy genial. Me ha gustado mucho hablar contigo, ¿nos vemos luego?

—Claro, cuando quieras.

Empecé a deambular por los pasillos, sin un rumbo fijo y sin buscar nada. Tenía la mente en blanco, la verdad era que prefería no pensar. Mientras no lo hiciera, no me vendría abajo. Pasé por enfrente de la sala de estar, y no me pude impedir a mi misma de entrar cuando escuché a alguien tararear. Parecía como si... estuviera componiendo una canción.

—¿Rocco?

—¡Ey, Laia! ¿Qué tal?

—¿Puedo sentarme? —señalé uno de los puffs que había libres al lado de donde estaba sentado él. Me apetecía pasar un rato con su compañía.

—Claro. —Dio un par de palmadas en el sitio, indicándome que me podía sentar.

Y así lo hice. Miré un poco por encima los papeles en los que estaba componiendo, sin ser muy obvia, pues él no me había dado permiso para hacerlo.

—¿Entiendes de música? —preguntó al pillarme mirando los documentos.

—Oh... No. Pero... a veces me gusta expresar lo que siento escribiendo.

—¡Vaya! ¿Compones?

—Yo no diría tanto...

—Hombre, si escribes lo que sientes en... Oh, espera. ¿Pero lo haces para poder ponerle música? ¿O te va más el rollo de escribir narrativa?

—Bueno, lo de la narrativa no me lo había propuesto nunca. Me gustan más... pues no sé, los poemas. Y bueno, a los poemas es posible ponerles música, sí.

—Pues claro. Y resulta que... yo podría hacerlo.

—¿Sí?

—Sí. Estaría encantado.

—Vaya...

—Si no quieres no, eh... Sin presiones. Pero... Si algún día te apetece, podemos intentarlo.

—Mmm... —dudé. No me apetecía mucho que leyera eso. Era tan personal... —Me lo pensaré.

—Perfecto. Te noto decaída, ¿estás bien?

—Sí, muy bien.

—¿Sabes qué?

—¿Qué?

—Resulta que tengo un don para notar cuando alguien está mal, y pues justamente ahora, lo estoy notando.

Le miré directamente a los ojos. No sabía por qué, pero me transmitía una paz enorme. Probablemente después me arrepentiría de confesarme con él, pero, ¿qué le iba a hacer? Si me lo guardaba para mí, tarde o temprano, explotaría.

—Bueno... —él sonrió, orgulloso de que me abriera— Pues resulta que...

—¿Sí?

—Hay un chico... que me gusta. Pero no sé por qué, no me hace caso. Y estoy rallada.

—Vaya. ¿Llevas un día aquí y ya te gusta alguien?

—Pues no. Me gustaba ya el año pasado. Es más, salía con él. Y supongo que seguiría haciéndolo si no me hubiera tenido que ir.

—¿Salías con él y ahora que has vuelto no te hace caso? Madre mía, hay que estar mal de la cabeza...

—¿Por?

—No sé, tienes una novia como tú y no le das la bienvenida que se merece... Es de ser idiota.

—Sí que lo es un poco.

—Mucho. ¿Puedo preguntar quien es?

Aunque dudé, pensé que lo justo era contarlo todo al completo, no solo una parte.

—Pablo Bustamante.

—¡Ya está! Con eso ya me lo has dicho todo...

Yo me reí. Había notado un cierto odio hacia él de parte de Rocco, así que debía averiguar qué había pasado entre ellos.

—¿Qué te pasa con él?

—¿A mí? Nada. Solo es un completo gilipollas, nada más.

—Ah bueno, poca cosa.

—Sí —él sonrió. Yo también lo hacía, estaba muy a gusto con él —. La verdad es que el primer día que me encontré con él, ya lo crucé. Bueno, creo que mutuamente. No quería compartir habitación conmigo y se metió conmigo por mis pintas. Y eso no mola.

—Entiendo... Pablo suele ser así, o al menos solía. Pensaba que había cambiado.

—Pero no pasa nada —me dio un reconfortante apretón en el hombro—. Suele pasar que no podemos llevarnos bien con todo el mundo.

—Ya...

Rocco recogió sus cosas y se levantó del puff. Se acomodó los pantalones y me tendió una mano para ayudarme a levantar.

—¿Dónde vamos? —pregunté, confundida.

—A clase, ¿te acuerdas de ese lugar en el que se va a estudiar y trabajar? Pues ahí vamos.








¡Hola! ¿Qué tal?

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¡Hola! ¿Qué tal?

Y bueeeeeno, ya estamos otro lunes. ¿Qué tal el capítulo? ¿Os gusta cómo va avanzando? 

Parece que a nuestro Pablito le pasa algo. ¿Puede que ya no esté enamorado de Laia? ¿O simplemente, de la sorpresa, no puede recibirla como se merece? Se resolverá pronto, dentro de unos capítulos. 

Ay, ¿y Tomás? Creo que todas nos merecemos un Tomás...

Para los de España, ¿qué tal la vuelta a las clases? Os deseo mucha suerte, ¡yo estoy apunto de empezar y me muero de ganas!

Pues nada, muchísimas gracias por el apoyo con el regreso de esta novela, y no olvidéis de votar y/o comentar, ¡que me hace muy feliz!

¡Hasta luego, besos!

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