(CORRIGIENDO)
A Laia Martín y a su familia les sale la oportunidad de mudarse a Argentina por cuestiones laborales, la cual aceptan sin pensárselo mucho.
Allí asistirá a un colegio pupilo lleno de gente adinerada y muy caprichosa; al principio no l...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Un nuevo día empezaba en el magnífico Vacance Club. Nos tocó levantamos temprano porque nos esperaba un largo día lleno de actividades. Todas vestidas con el bañador debajo de la ropa de deporte, nos dirigimos a la terraza para esperarnos a que abrieran el comedor, ya que todavía era temprano.
—Venga, Marizza. ¿Qué te pasa? —Luján le preguntó. Era cierto que desde que nos habíamos levantado aún no había abierto la boca para decir alguna de sus tonterías.
—No quiero verle la cara, ni a mi vieja, ni a Mauro.
—¿Por qué? ¿Qué te hizo Mauro? —se sumó Luna, curiosa.
—No, pobre. Él no hizo nada. Es la idiota de mi madre, que necesita que todos los hombres estén detrás de ella.
—¡Ay, chicas! —Luna sonrió, emocionada— Para mí es una diosa. ¡Es la mejor!
—Luna, no ayudas mucho...
Después de decirle eso, le acaricié el hombro, para que no se sintiera mal.
—Bueno, piensas eso porque vives en pedolandia y piensas que Mía es divina cuando no es así, es una sin-cerebro —le reprochó a su amiga.
A ver, podíamos entender que estuviese enfadada con su madre, pero no tenía que pagar su mal humor con nosotras.
—¿Por qué dices eso? No es verdad. Mía es muy buena.
—Marizza —me metí—, solo porque no te caiga bien Mía no significa que tengas que insultarla. Tampoco es tan mala, solo es muy... —intenté encontrar la palabra correcta para describirla— presumida.
—¿Y tú, Luján? —pasó de nosotras, pues no compartía nuestro punto de vista— Piensas igual que yo, ¿no?
Ella hizo una mueca rara, como si no le apeteciera contestarle. También, se podría decir, que parecía enfadada. ¿Qué pasaba hoy, que todos estaban de mal humor? Tal vez yo les había robado toda la felicidad, porque estaba como si me hubiera tomado seis tazas de café.
—Prefiero no opinar. No te va a gustar lo que te diré.
—No —frunció el ceño—, dime. Quiero saber qué opinas.
—Que no, que no. Déjame.
—¡Va, Luján! ¡Dímelo!
—Mira, nena: en el orfanato bastaba solo con mirar a los ojos a las personas para saber cómo eran.
—A ver, mírame. ¿Cómo soy?
—No soportas que te lleven la contraria.
—Deja de inventar y dime de verdad qué te pasa conmigo.
Sinceramente, yo tampoco me había creído que lo que le molestaba de Marizza fuera eso. Se le notaba irritada de verdad, y dudaba que la chica se pusiera así solo por esa tontería.