(CORRIGIENDO)
A Laia Martín y a su familia les sale la oportunidad de mudarse a Argentina por cuestiones laborales, la cual aceptan sin pensárselo mucho.
Allí asistirá a un colegio pupilo lleno de gente adinerada y muy caprichosa; al principio no l...
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No iba a mentir diciendo que no estaba destrozada.
Falté la siguiente semana entera a clase, pues no me veía con fuerzas de pisar el colegio. Además, cogí la mitad de mis cosas y me largué al piso que compartía con Isa. No quería ver a nadie. Iba hablando con las chicas y, por suerte, me pasaban los apuntes y los deberes para seguir avanzando y no quedarme atrás en el tema de estudios. También, charlaba con Dunoff y la psicóloga para asegurarse de que no volvía a recaer.
Seguía yendo a trabajar, pues estaba claro que no me podía permitir faltar. Pero estaba harta. Estaba harta de mi vida. Así que, durante este tiempo aislada, me puse a pensar en lo que debía hacer. Solo tenía dos opciones: venirme abajo como si no hubiera un mañana o cambiar todo lo que me desagradaba. Opté por la segunda. Lo que quería Sol y todos sus secuaces era verme mal, así que, por mucho que realmente lo estuviera, no iba a consentir que ellos lo vieran.
El domingo por la tarde, unas horas antes de volver al Elite Way, fui de paseo por las calles de Buenos Aires. Aproveché los ahorros de los que disponía para darme unos caprichos: me compré ropa nueva para cambiar un poco de estilo, fui a la peluquería para arreglar mi pelo y compré varios perfumes y cosméticos para el cuidado facial.
Al día siguiente por la mañana, con mi nuevo aspecto y con más seguridad en mí que nunca, llegué al colegio. Era la hora de desayunar, por lo que no había muchos alumnos por los pasillos. Subí a mi cuarto para dejar mis cosas y poder ir a clase, pero tardé más tiempo de lo previsto porque me quedé admirando el mural que mis amigas me habían hecho. Encima de mi cama, habían decorado toda la pared con fotos mías junto a ellas y también habían escrito varios mensajes, como "Que nadie le arrebate la luz a nuestra Laia" o "¡Por las barbas de Merlín, que Laia vuelva ya!". Ese último, sin duda, era de Laura. Al terminar de observar aquel bonito detalle, como ya casi era la hora, bajé al primer piso para dirigirme a clase. En el recibidor estaban Mía y mis compañeras de cuarto, así que no dudé en ir por detrás y asustarlas.
—¡Laia! —se sorprendió Mía— ¡Por fin has vuelto!
Se acercó a mí y me abrazó con fuerza, contenta. Yo correspondí, pues me encantaban sus abrazos.
—Solo he estado fuera una semana...
—Mucho para mí. Te tengo que contar tantas cosas...
—Sí —concordó Marizza—. Ahora mismo, somos las únicas amigas que tiene Mía.
Al oír esto, Luján saltó enseguida:
—A mí no me metáis en el saco...
—¡Luján! —Laura le dio una palmada en el hombro— ¡No seas tan poco empática!
Yo no entendía nada. ¿Y Vico y Feli, sus mejores amigas desde siempre? ¿Qué había pasado en tan poco tiempo?