(CORRIGIENDO)
A Laia Martín y a su familia les sale la oportunidad de mudarse a Argentina por cuestiones laborales, la cual aceptan sin pensárselo mucho.
Allí asistirá a un colegio pupilo lleno de gente adinerada y muy caprichosa; al principio no l...
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Respira, expira, respira, expira...
Había tomado la maravillosa decisión de empezar a correr por las mañanas, pues quería ponerme un poco más en forma y no llegar a los cincuenta años y no poder subir unas escaleras sin ahogarme. Iba trotando por el jardín de la escuela cuando noté un movimiento detrás de mí. Hacía rato que notaba su presencia, así que decidí enfrentarlo de una vez por todas.
—¿No te cansas de espiarme?
Salió de detrás de unos árboles con una gran sonrisa, que inmediatamente se me contagió. Si es que, en el fondo, no sabía disimular.
—Me has pillado.
—Deberías aprender a esconderte mejor, Pablo. Se te veía la chaqueta desde lejos...
—Si quieres me la quito, eh. Pero me parece que va pegada a la camiseta, así que...
—No hace falta, no —murmuré mientras él se acercaba—. Ya otro día.
—Cuándo quieras.
—Bueno, ya consultaré a mi apretada agenda... —bromeé, pero enseguida me tensé por la poca distancia que quedaba entre nosotros.
—Consulta, consulta. Por cierto... —susurró, y bajó la mirada hacia mi boca— Buenos días.
—Buenos días.
Instantáneamente, unió sus labios con los míos de manera hambrienta. Fue tan brusco que retrocedí varios pasos, pero en ningún momento nos separamos. Al cabo de unos segundos, él se alejó un poco de mi rostro.
—Vaya... —murmuré, anonadada.
—Ya te acostumbrarás, porque no pienso dejarlo de hacer nunca.
Después de eso, entrelazamos nuestras manos y nos dirigimos a clase de gimnasia. Sinceramente, no me apetecía nada, pero había que hacer un esfuerzo para sacar buena nota. Cuando llegamos, nos extrañó ver a alumnos en el gimnasio que no iban a nuestra clase. Pensé que tal vez nos habíamos confundido de hora, pero, cuando vi a las chicas sentadas en unos bancos, confirmé que íbamos bien.
Detrás de nosotros entró Guido, quien tuvo la misma reacción que nosotros y murmuró al aire:
—¿Estos enanos no se saben su horario o qué? Nos toca a nosotros en el gimnasio.
—Desfilando de la puerta, venga —ordenó el entrenador, apartándonos de allí.
Pablo preguntó inmediatamente:
—¿Qué pasa, profe?
—El profesor de primero está enfermo y me ha pedido que dé también su clase, así que no he tenido más remedio que juntar cursos. Pero tampoco pongáis esas caras, que todavía no se ha muerto nadie.