(CORRIGIENDO)
A Laia Martín y a su familia les sale la oportunidad de mudarse a Argentina por cuestiones laborales, la cual aceptan sin pensárselo mucho.
Allí asistirá a un colegio pupilo lleno de gente adinerada y muy caprichosa; al principio no l...
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Resultó que, mientras yo me había quedado en la habitación con un disgusto de tres pueblos y medio, mis amigos estaban de fiesta en una discoteca. Así que estuvieron todo el fin de semana dándome la chapa con todo lo que me había perdido, una de esas cosas: la actuación de Mía, Manuel y Pablo, que se ve que eran cantantes. Para colmo, hoy, lunes, seguían removiendo el tema. Estaba arrepentida de no ir, pero, ¿cómo iba yo a saber que estaría tan bien? Ya tenía suficiente con que toda la escuela estuviera hablando de mí.
Como a primera hora tocaba baile, las chicas, vestidas con el chándal, llegamos al gimnasio. Fue nuestra la sorpresa al encontrarnos a todos los chicos ya dentro, observando una foto en la pared. ¿De verdad iba a tener tanta mala suerte que en los próximos días todo girara alrededor de unas malditas fotos? Iba a matarme.
Ninguna de nosotras sabía de qué iba eso, así que nos aproximamos a la vez que ellos se reían a carcajadas. Yo solo podía cruzar los dedos, rezando porque no fueran mías. Al estar delante, pude comprobar que era un montaje de un cuerpo desnudo con la cara de Vico. Hasta un ciego podía darse cuenta de que no era real. Sintiéndolo mucho por ella, me alegré de que no fuera yo.
—Está mejor así, que vestida —aseguró Guido.
Yo negué con la cabeza, ¿cómo podían reírse de algo así?
—Sois unos cerdos. ¿En serio os reís de esa cutrada?
Al escucharme, Diego enseguida saltó:
—Tienes razón, hubiera sido mejor poner tus fotos.
—Hubiera sido mejor partirte la cara, anormal.
Solo me dio tiempo de decir eso, pues inmediatamente Manuel se encaró con él.
—Vuelve a sacar ese tema y te lo tragas, campeón.
—Eh, eh, eh —el chico alzó las manos, sorprendido—. Relájate, que era una broma.
—No haces ni puta gracia —Pablo se sumó—, así que cállate.
—Tampoco es para tanto —saltó Joaquín, defendiendo a Diego.
Mira, el que me faltaba. Había intentado pasar desapercibido para parecer un chico misterioso y así poder tirarse a todas las chicas posibles, pero yo hacía tiempo que le había calado. Desde el minuto uno me había parecido un imbécil, así que ya se estaba callando la boca.
—¿Ah, no? ¿Qué te parecería a ti si toda la escuela tuviera fotos de tu polla?
—Me daría igual —se me encaró, orgulloso—, no tengo que esconderme de nada. Quien quiera ver, está invitado.
—Tú lo que eres es un gilipollas.
Noté como Luna me cogía la mano para tranquilizarme, ya sabía que no quería que me metiera en problemas. Pero esta vez iba a defenderme, no podía callarme.
—¿Por qué? Si me pasan fotos de un buen culo, pues las sigo pasando. La vida es dura, niña.
—Dura tu cabeza hueca, que pareces un gorila.
Todos nos observaban discutir, pendientes del movimiento de cada uno. Sabía que no me iba a pegar, pero yo no podía decir lo mismo de mí.
—Dura me la pusieron tus fotos, guarra. A mí y a todo el colegio.
Quería provocarme, y al fin lo consiguió. Antes de que Manuel pudiera abalanzarse contra él (pues le veía las intenciones desde hacía rato), lo hice yo. Le metí un puñetazo en toda la mejilla, haciendo que retrocediera varios pasos, llegando a chocarse con la pared donde había la foto de Vico. En ese momento, justo cuando se recompuso e iba a atacarme, llegó Lulú.
—¡Buenos días!
Todos nos quedamos estáticos, mirándola. Ella pasó su mirada por cada uno de nosotros, intentando descifrar qué pasaba, hasta que llegó a Joaquín, quien se sostenía la mejilla con una mano.
—¿Qué pasa aquí?
—Nada, profesora —saltó Tomás—. Solo estábamos charlando.
—¿Qué te ha pasado, Joaquín?
Ella se acercó un poco más, preocupada. Compartí una veloz mirada con mis compañeros, suplicando que nadie dijera nada, pues me metería en un lío.
—Se ha tropezado, Lulú —Marizza fue rápida.
¿Me estaba defendiendo? Pero... a ella le gustaba él.
—Sí —Luján asintió—, es... algo torpe.
—Pero...
Pablo le metió una patada a Diego, para que se callara.
—¡Eh! —Lulú le gritó— ¿Qué haces, Pablo?
—Tenía un bicho en la pierna. Pero ya lo he matado, no va a decir nada más, ¿verdad, Dieguito?
Él lo miró, inseguro, antes de murmurar:
—Cierto.
—Está bien...
La joven no parecía muy convencida, pero lo dejó pasar. Me acordé de la foto de Vico y, como la tenía al lado, se la señalé disimuladamente con la cabeza para que la quitara. Ella lo hizo, y se quedó mirando un signo que había detrás de ella. Levantó la cabeza con susto y me susurró:
—Es el símbolo de la Logia.
—¿La qué?
—Chicos —empezó Lulú—, escuchadme. He estado pensando mucho en cómo solucionar el tema de vuestros conflictos y he decidido que dividiré la clase en dos grupos: chicos y chicas.
—¿Pero la clase la sigues dando tú, no? —Tomás se preocupó.
—Sí, claro.
—¿Y a nosotras, quien nos va a dar la clase?
—Yo, también. Pero en otro horario. Bien, nos vamos a organizar: después del recreo van a venir los chicos a ensayar y, a la hora siguiente, van a venir las chicas. ¿De acuerdo?
No es que no me gustara que nos separara, porque era irritable estar haciendo clase de baile con los chicos, por varios motivos mencionados repetidas veces. Sino que me parecía un poco complicado, ya que ahora nosotras teníamos que cambiar de horario y adaptarnos a la situación.