(CORRIGIENDO)
A Laia Martín y a su familia les sale la oportunidad de mudarse a Argentina por cuestiones laborales, la cual aceptan sin pensárselo mucho.
Allí asistirá a un colegio pupilo lleno de gente adinerada y muy caprichosa; al principio no l...
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—¡Dale, Laia, levántate! —gritó desesperada.
—Ay... ¿Qué pasa?
Me di la vuelta a la cama quedando así boca abajo. Escuchaba como Luján me gritaba, obviamente, igual como también lo estarían escuchando todas las chicas de los dormitorios más próximos. Aunque mi mente quería hacer caso a Luján, mi cuerpo no reaccionaba. Se estaba tan bien durmiendo...
—¡Te quedaste dormida, nena! ¡Vas a llegar tarde!
—¿Qué? ¿¡Qué hora es!? —salté de la cama enseguida. Luna y Marizza ya estaban vestidas con el uniforme y estaban saliendo por la puerta, mientras que Luján me observaba con estrés.
—¡Quedan cinco minutos para entrar a clase! ¡Llevo media hora gritándote que te levantaras!
—¡Ay no! ¡No me puede estar pasando esto!
—Dale, vístete y yo te llevo los libros y te los dejo en clase. Apúrate.
Depositó mis libros en su mochila y se acercó hacia la puerta con intención de marcharse, pero yo la frené.
—¡Luján! ¿Me vas a dejar sola? ¿No me esperas?
—Obvio que no, no quiero llegar tarde.
Y se marchó, dejándome allí con tremendo ataque de pánico. Me tomó un par de segundos mentalizarme de lo que estaba pasando y por fin mi cuerpo decidió ponerse en marcha. Me puse el uniforme lo más rápido que pude, me limpié los dientes, y me recogí el pelo con un moño mal echo, no tenía tiempo de peinarme. Me estaba poniendo los zapatos cuando el timbre de clases sonó.
Corrí por el pasillo hasta llegar a las escaleras. Iba tan rápido que me salté una escalera y casi me caigo, pero por suerte nadie me vio porque estaban todos en clase. Crucé el pasillo donde se encontraban todas las aulas corriendo hasta llegar a mi clase.
—¡Estas no son horas de llegar! ¡Llegas tarde! —me riñó el preceptor, desde la puerta, cuando conseguí llegar.
—Lo siento, me he dormido.
Intenté sonar normal, pero aún me estaba recuperando e intentaba estabilizar mi respiración.
—Siéntate, por favor —me indicó un hombre que estaba sentado en la mesa del profesor. No lo había visto nunca, supongo que era nuevo—. Me llamo Santiago Mansilla, ¿tú eres?
—La reina del papel higiénico —Pablo se burló y todos los demás le rieron la gracia. No iba a discutir con semejante idiota, eso era justo lo que él quería, así que solo lo ignoré.
—Soy Laia Martín, señor.
—Ah, sí. Leí tu trabajo, Laia, es uno de los mejores. Te felicito, está muy bien redactado.
—Gracias —no dudé en sonreír, orgullosa.
Me alegró que me dijera eso. La mayoría de profesores aquí no solían felicitar a los alumnos por la tarea bien hecha, según ellos, esa era nuestra obligación.
Una patada en mi silla desde atrás hizo que me volteara para ver quien me estaba molestando. No evité poner una cara de asco al ver que se trataba de Bustamante.
—Yo no me tomaría muy en serio las felicitaciones de este tío, no vaya a ser que te ilusiones creyendo que se te da bien de verdad.
Solo pude resoplar irritada. Estaba claro que solo quería molestarme, y claramente lo estaba consiguiendo. Me volví a sentar bien ignorándolo de nuevo, eso era lo que más le molestaba: que no me defendiera.
—Estuve leyendo con mucha atención sus trabajos prácticos...
—¿Puso nota? —preguntó Luna.
—No. En esta materia vuestros trabajos son pensamientos, y a los pensamientos no se les puede poner una nota. Aparte del de Laia, hay uno que me gustó mucho, a ver si lo encuentro... —agarró su bolsa y empezó a rebuscar entre todos los papeles que tenía— ¡Aquí está! El síndrome de himan, de Marizza Spirito.
—¡Yo! —exclamó emocionada.
—Bueno, me encanta el trabajo de ella. Me parece que está escrito con el corazón, así que me encantaría que pases y lo leas.
—Che, yo no vengo al colegio para escuchar los trabajos de los compañeros. Mi padre paga muchísimo dinero justamente para que los profesores sean los que me enseñen a mí.
—¿Cuál es tu nombre?
—Pablo Bustamante.
—Está bien lo que dices, pero muchas veces los adultos aprendemos de los jóvenes, ya que tienen más libertad para expresarse y tienen menos presiones. Entonces, yo, por lo menos, la quiero escuchar, así que ella va a leer.
Marizza empezó a leer, orgullosa de su trabajo hecho. Todos escuchamos con atención, menos el señorito Pablo, que se dedicó a hablar durante todo ese rato. Varias veces tuve que girarme y obligarle a callarse, pues no me estaba dejando escuchar a mi amiga. Él solo se dedicó a ponerme mala cara y, cuando me volvía a girar, seguía hablando. Aparte de este gran maleducado, todo siguió bien. Marizza leyó fantásticamente y su trabajo era, claramente, un diez.
Las clases de hoy dieron por finalizadas y, como todos los días, fuimos al comedor a comer. Luego, Luján, Marizza y Marcos se fueron a pensar un plan para conseguir útiles escolares para Manuel, y que él los aceptara. No tenía muchas ganas de ir con ellos, así que me fui a la habitación a descansar.
Cuando llegué, vi a Luna metiendo todas sus cosas en la maleta.
—¿Qué haces? ¿Te vas? ¿Por qué no nos has avisado?
—Es que... Salgo con permiso y mañana vuelvo.
—Si mañana vuelves, ¿por qué te llevas todas tus cosas?
No contestó. Se quedó mirando nerviosa el suelo esperando que no hiciera más preguntas.
—Yo...
—Dime al menos que te ibas a despedir.
—Te prometo que me iba a despedir de ti.
—¿Y Marizza y Luján?
—A ellas no les importo... —suspiró.
—¿Qué? ¿Por qué dices eso? —me preocupé.
—Porque es la verdad. No intentes hacerme cambiar de opinión, porque no lo vas a lograr. Así que... Adiós Laia, te quiero mucho —se acercó a mí y me estrechó en sus brazos.
—Te echaré de menos, Luna.
Iba a decirle que se quedara y que hablásemos las cosas con tranquilidad. Que, por supuesto, a Marizza y a Luján le importaba mucho y que ellas no querían que se marchara. Pero no me dio tiempo. Cuanto me soltó y abrí la boca para hablar, ella ya había agarrado su maleta y acababa de cerrar la puerta.
Me quedé durante unos minutos recostada en mi cama mientras miraba a la nada. ¿Eso qué significaba? ¿Que se iba para siempre? ¿O que solo necesitaba un tiempo para ella y luego volvería? Esperaba que fuera la última opción, porque Luna era con la que más había conectado y no podía permitirme perderla.
Escuché un par de voces y, al cabo de un segundo, la cerradura de la puerta que se abría. Eran Marizza y Luján. Ambas tenían muy mala cara, y la última llevaba una venda en el brazo derecho.
—¿Chicas, dónde estabais? ¿Y qué te ha pasado, Luján?
—Estábamos en lo de Nacho y apareció Bustamante con unos perros para encontrarlo. —Marizza se sentó en su cama, agotada, mientras me miraba—. Y Luján hizo que un perro la mordiera para que dejasen de buscar.
—¿¡Qué!? ¡Luján, te podría haber hecho mucho daño! ¿Estás mal de la cabeza?
—Estás loca, hay que tener ovarios para poner el brazo y que te muerda un perro. Yo no me hubiera animado.
—Bueno, pero el dolor físico pasa, el otro no. Yo conozco a los institutos para menores y haría cualquier cosa para salvar a un chico de esos. Hay otras cosas que tenemos que hacer ahora.
—Pues sí. Luna se ha ido y ... No sé si ha pasado algo entre vosotras, tal vez os habéis peleado o algo, pero me ha dicho que no quería despedirse de vosotras porque ella no os importaba.
—¿Qué? —Marizza frunció el ceño.
—¿Estás insinuando que es culpa nuestra?
—Yo no digo nada, pero...
—Me da igual lo que haga, es su vida —volvió a contraatacar Luján, molesta—. Además, Manuel ahora es más importante.
—Obvio —Marizza estuvo de acuerdo e, inmediatamente, se sacó el móvil del bolsillo y empezó a marcar un número como si yo no le hubiera contado que una de sus amigas se había ido—. Hola, mamá.
Se levantó de la cama y se fue a hablar fuera del cuarto para que no la pudiéramos oír. Luján seguía sin dar señales de que lo de Luna la hubiera afectado ni un poco, sacó un cuaderno y empezó a pintar tranquilamente.
Al cabo de unos cinco minutos, Marizza regresó con una gran sonrisa.
—¿Y? ¿Qué pasó?
—Me contactó con un tipo que hace unas fiestas en el infierno que son... Buenísimas.
—¿El infierno? ¿Qué es eso?
—No es el infierno del diablo, es el infierno de un boliche.
—¿Y?
—¡Que el lugar es genial, estos tarados se van a matar por ir!
—Explícame una cosa, ¿qué tiene que ver esto con ayudar a Manuel?
Empezaba a perder los papeles. ¿Me estás diciendo que les cuento que su amiga se va porque piensa que a ellas no les importa, Manuel necesita útiles nuevos porque una tal secta en el colegio se lo ha roto, y ella solo piensa en montar una fiesta? ¡Una maldita fiesta! Hay que joderse.
—Vamos a ayudar a Manuel, vamos a ayudar a todos los becados y hasta vamos a ayudar a Nacho.
—Perfecto, el perro mordió a Luján y la locura te agarró a ti.
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Era de noche. Marizza hacía rato que se había ido a casa de Luna para intentar convencerla de que volviese después de que yo estuviera toda la tarde intentando que reaccionara a lo que había pasado. Por suerte, se dio cuenta de que tal vez era su culpa por no darle apoyo y decidió ir a verla. Luján, Nacho y yo nos quedamos en la habitación jugando a varios juegos de mesa.
—¡Che, Laia, eso no vale, es trampa!
—Qué trampa ni qué trampa. ¿Nacho, a que no estamos haciendo trampas?
Obviamente, estábamos haciendo trampas. Pero nunca lo asumiríamos; un buen tramposo nunca lo asume.
—Claro que no. Luján, que no sepas perder, no es culpa nuestra.
Luján iba a replicar cuando unos nudillos tocaron la puerta. Esta se abrió y dejó ver a una Marizza feliz.
—¡Mirad quien ha vuelto!
De detrás de ella salió Luna. En su mano traía de nuevo la maleta y nos observaba con una tímida sonrisa.
—¡Luna! —grité y corrí hacia ella para abrazarla con fuerza.
—¡Pero, Nacho! ¿¡Qué haces acá!? ¡Deberías estar en el lugar que te preparé!
—Te vine a agradecer todas las cosas lindas que me regalaste —dijo y se acercó a Marizza para abrazarla con fuerza.
—Tranquila, Marizza, nadie lo ha visto.
—Bueno, bueno. ¿Así me agradeces, poniéndote en peligro?
—No, así te agradezco. Toma Luján, es lo que no pudiste robar.
Nacho se agachó y de debajo la cama sacó un fajo de papeles que deduje que había guardado él para entregárselo a Luján.
—¿Cómo lo hiciste?
—Lo saqué hoy a la tarde —se encogió de hombros.
—¿Como que hoy a la tarde? —Marizza parecía enfadada con el chico— ¡Te podrían haber visto!
—¿Y cuándo quieres que lo saque? ¿Mañana a la noche, que va a haber una reunión con unos tipos superimportantes?
—Espera, espera, ¿qué reunión? —me metí, curiosa.
—Escuché como el director le decía a la secretaria que llamara a los tipos de una comisión para que revisaran todo el colegio.
—¡Justo mañana a la noche tiene que ser!
—Olvídate de la fiesta... —me dirigí a la pelirroja.
—No. Se me va a ocurrir algo, déjame pensar...
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¡Hola! ¿Qué tal?
Ya empezamos con las burlas de Laia... Parece ser que Pablo Bustamante nunca tiene suficiente en cuanto a reirse se refiere. Alguien debería darle una buena lección.
Y, por lo que hemos podido leer, Nacho no para de ponerse en problemas. ¿Lo encontrarán, las autoridades del colegio? Esperemos que no.