(CORRIGIENDO)
A Laia Martín y a su familia les sale la oportunidad de mudarse a Argentina por cuestiones laborales, la cual aceptan sin pensárselo mucho.
Allí asistirá a un colegio pupilo lleno de gente adinerada y muy caprichosa; al principio no l...
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Sin duda, esta era una de las noches en las que había dormido mejor en toda mi vida. Estaba agotada gracias a ayer, pues tuvimos un día realmente agobiante. Entre las clases, los deberes y los trabajos para entregar, las clases de baile, y para el colmo, tener que aguantar a un grupo de chicos salidos interrumpiendo la coreo solo porque la profesora estaba buena, no podía más. Si seguía así la cosa, explotaría muy temprano.
Luna y yo nos situábamos en la cafetería desayunando antes de entrar en clase como hacíamos la gran parte de mañanas. Pegamos un brinco cuando entró Pilar y se dirigió a nuestra mesa.
—¡Chicas! ¿Ya la vieron?
—¿A quién? —mi amiga frunció el ceño.
—¿Como a quién? ¡A la novia de Nico! ¡Acaba de llegar!
Luna en oír esas palabras se puso tensa. ¿Novia? Pero si Luna y él estaban saliendo desde hacía ya un par de semanas. No entendía nada, y se notaba que ella tampoco.
—Ay, perdón... ¿No eras vos la novia de Nico?
Al verle la cara de maldad, me di cuenta enseguida de que lo había hecho adrede. Lo único que hacía feliz a Pilar era joder a la gente, por mucho que yo hubiera querido cambiarla. Tal vez... no había hecho suficiente. Tal vez... aún faltaba un pequeño empujón para ayudarle a quitar todo ese odio que tenía dentro. La cuestión era que no iba a dejar que Luna quedara como una cuernuda delante de nadie, por mucho que lo fuera. Iba a rescatar a mi amiga del poder ser una burla durante todo un año.
—Luna, dame los cinco pesos que te aposté —dije, y me reí. Me reí como si hubiera pasado algo increíble, lo suficientemente bueno como para alegrarme el día.
—¿Qué?
Pilar estaba aturdida.
—Le aposté a Luna que cualquier idiota se iba a creer que ella y Nico estaban saliendo. Así que gracias, Pilar, me has hecho ganar.
—Ah... Entiendo.
Pilar se marchó de la cafetería disgustada, y mi mirada enseguida se dirigió a la pobre Luna, la cual, en ese momento, estaba entre confusa y enfadada.
—¿Cómo que Nico tiene novia? —balbuceó.
—Luna, tienes que ir a hablar con él. Y si eso es verdad..., ya que estás, le pegas también. Bien merecido se lo tendrá.
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Estábamos en clase de ética con Mancilla hablando de un tema que me importaba bastante poco. A decir verdad, muy pocas veces me interesaba por las clases, era más de no escuchar y luego pedir los apuntes para ponerme al día.
—Hoy no voy a dar la clase —anunció—, voy a ceder mi hora para un proyecto nuevo para acercar a los padres al colegio. Van a venir los vuestros padres a dar una charla sobre un tema, el que ellos quieran. Lo interesante de esto es escuchar la opinión de distintas generaciones.
—Ya sabemos lo que opinan nuestros padres —aseguró Marizza—, que ahora todo es horrible y que antes era mucho mejor.
—Bueno, tal vez no todos piensen lo mismo, por eso vamos a escucharlos. El tema de la primera charla es educación sexual, que será dado por la madre de Marizza. Sonia, pase, por favor.
—¡Hola chicos! ¿Cómo estáis?
La charla de Sonia empezó muy bien, a pesar de que Marizza se fue del aula porque no quería que su madre diese la charla. Era muy interesante todo lo que nos estaba contando, nos había aclarado muchas dudas, cosa que Dunoff no se había ni molestado en hacer. Yo nunca había tratado este tema con mis padres, pues en mi familia era un tema bastante tabú. Agradecía que ella viniera y nos explicara cosas bastante importantes, pues, como yo, seguro que había muchos de allí que no tenían ni idea.
Después de esa hora, empezó economía. El amargado del profesor, solo al entrar, nos puso diez páginas de deberes y nos dijo que teníamos la hora para hacerlo. Si no lo acabábamos, lo teníamos que hacer en nuestro tiempo libre.
—¡Laia! —Luna me llamó, susurrando— Nico me lo aclaró todo.
—¿Y qué se inventó? —Seguramente estaba siendo más borde de lo que quería, pero con tantos deberes estaba de muy mal humor— Luna, cariño... Llevas unos cuernos más grandes que los de un toro.
—No lo entiendes. Me dijo... —En seguida fue interrumpida por el profesor.
—Laia y Luna, me parece que os habéis equivocado de materia: aquí no se viene a hablar, se viene a trabajar. Si en este colegio hay profesores que no les importa perder el tiempo con vuestras pavadas, aviso que ese no es mi caso.
La campana indicando en final de la clase sonó. La próxima hora antes del recreo teníamos hora libre, así que la mayoría la aprovecharía para terminar el trabajo de historia que debíamos entregar muy pronto.
—¡Laia! —me llamó Manuel— ¿Te parece bien si vamos a la sala de estar a hacer el trabajo?
—Claro. Vamos, tenemos mucho trabajo aún.
Nos marchamos del aula y cruzamos los pasillos, encontrándonos en uno a Pablo y sus amiguitos. Al verme, se empezaron a reír, cosa que me incomodó bastante. Pero, ¿qué le iba a hacer? Los que nacen imbéciles, imbéciles mueren. Llegamos a la sala y nos sentamos en una mesa. Continuamos con el trabajo, todo muy aburrido y para nada interesante. Manuel y yo últimamente habíamos estado muy juntos con todo esto del trabajo. Nos habíamos vuelto muy amigos, se podría decir que habíamos conectado.
—Esto... Laia —me llamó la atención, dudoso—. Solo quería decirte que... siento lo de Pablo. A veces el amor no es correspondido, pero no te preocupes, seguro que encuentras a otro que no sea tan idiota como él.
—¿Cómo? —Si decía que estaba confundida, me quedaba corta—. ¿Cómo que amor no correspondido?
—Ya sabes... Pablo te rechazó.
En ese momento no salió nada más de mi boca que una fuerte carcajada. Me hacía gracia, a decir verdad, mucha.
—¿De qué te ríes? —frunció el ceño.
—De tu sentido del humor. Es bueno el chiste, lo tengo que aceptar.
—¿Qué chiste? Te estoy hablando en serio, Laia.
No sabía qué pasaba, pero no me gustaba demasiado. Manuel estaba serio, muy serio. No había rastro de gracia en su rostro, y eso me asustaba.
—No sé qué te has tomado para decir tantas tonterías, pero el alcohol no es bueno, Manuel.
—¡Pero si lo dijo Pablo! Por eso estabas molesta con él, porque no era correspondido.
—¿Qué dices, Manuel? —Empezaba a hartarme de escuchar cosas que no me gustaban—. Si he estado molesta con él es porque es un gilipollas. Le ofrecí mi compañía y el muy imbécil...
—Pues... —en seguida le entendí— ¡Ay, Manuel! ¡No seas malpensado!
—¿Y qué quieres que piense?
—Pues que le ofrecía mi amistad, que es lo que pasó.
—Vale, eso espero.
—Eso es. No hay nada más entre nosotros, por suerte.
Él sonrió.
—Bien, no esperaba menos de ti.
Me reí, pero en seguida se me quitó la felicidad al recordar el inicio de la conversación. Había cosas que no me encajaban y otras que me disgustaban.
—No te desvíes del tema, Manuel —ordené, poniéndome recta—. ¿A qué viene todo esto?
—Pablo nos dijo que le habías criticado porque estabas enamorada de él y, como te rechazó, pues estabas enfadada.
—¿Qué? —me puse furiosa— ¡Eso no es verdad! ¡Se lo ha inventado!
Manuel se asustó un poco al oír mis gritos.
—Vale, tranquila, pero...
—¡Es que joder! ¡No lo aguanto más!
—Laia...
—¿Por qué tiene que decir eso de mí? ¡No le he hecho nada! ¡La ha tomado conmigo cuando yo lo único que quería era pasar desapercibida!
—Pero...
—No puedo más, eh. Le voy a pegar.
—Laia —Manuel me frenó, sujetándome los hombros y obligándome a mirarle a los ojos—, cálmate.
—Pero...
—No —me cortó—. Primero te tranquilizas, y luego hablas con él. Lo mejor será hablar con calma sobre por qué va diciendo eso de ti.
—Ya, pero...
—Deja estar los peros. Si tan harta estás, lo mejor es que lo soluciones cuanto antes. Le dices que te deje en paz y ya.
—Bueno —dudé, pero en seguida me armé de valentía. Manuel tenía razón—. De acuerdo, voy a parar todo esto. Aunque... no prometo no utilizar la violencia.
Salí disparada de allí con la intención de encontrar al rubio y ponerle en su sitio. ¿Por qué no me dejaba en paz de una vez? Seguro que en el fondo se lo pasaba bien molestándome, y eso era lo que más me jodía. Me hervía la sangre.
No me costó casi nada encontrarlo: estaba junto a Tomás y Guido en una aula, así que me adentré en ella haciendo que los tres pares de ojos se centraran en mí.
—¡Pablo! —le señalé con la cabeza— A ver si me haces el favor de explicarme eso que vas diciendo por ahí.
—¿Qué voy diciendo? —se hizo el tonto, a la vez que sonreía victorioso al verme enfadada.
—Ah, ¿no lo sabes?
—Pues mira, justo en este momento... No.
—¿Te suena algo de que me has rechazado? A ver si puedes decirme cuando ha sido eso, porque no consta en mi memoria.
—Que tengas mala memoria no es mi culpa, bonita.
—Que tengas miedo de que te supere tampoco es la mía.
Al decir eso, se rio con fuerza. Casi parecía fingido. Aprovechó que ninguno de sus amigos decía nada para acercarse un poco más a mí, pensándose que lograría intimidarme.
—¿De superarme en qué, cariño?
—En cualquier cosa. No hace falta saber demasiado para ser mejor que tú.
Di un paso adelante, demostrando mi coraje. Él también avanzó en seguida.
—Habrá que comprobarlo eso, eh. Mucho hablar, pero luego...
—Mira, Pablo... —empezaba a impacientarme— Solo te lo diré una última vez, o me dejas en paz...
—¿O qué? —dio otro paso más, quedando nuestros rostros a escasos centímetros de separación.
—O ya verás.
Él se echó a reír con ganas. También volteó a ver a sus secuaces, tal vez haciendo eso se sentía más fuerte. Pero ese gesto era lo que le delataba, pues necesitaba el apoyo de otros para ganar. Yo estaba sola en el campo de batalla, y podría sobrevivir sin ningún compañero. Eso me hacía diferente de él.
—Buena respuesta, pero no me sirve.
—Me da igual —había conseguido alterarme y ya no estaba para bromas. Volví a juntar nuestras caras, tanto que parecía que íbamos a besarnos. Eso pensó él, pues no desperdició la oportunidad y se concentró para lo que venía. Pero antes de que nuestros labios se rozaran, frené y le aseguré:— Como vuelvas a meterte conmigo, te parto los huevos con una patada.
Le di un fuerte empujón, y como le pilló desprevenido, tropezó con sus propios pies y estuvo a punto de caerse. No dije nada más, pues, desde mi punto de vista, ya había quedado todo bastante claro. Me di media vuelta para irme, no sin antes darle un último vistazo. Para mi no muy sorpresa, pillé a los tres chicos mirándome descaradamente el culo. ¡Lo que me faltaba!
Regresé a la sala de estar dónde me esperaba Manuel. Se le notaba impaciente de saber cómo había ido, pero a mí lo último que me apetecía era recordar esa desagradable disputa. Me había dado dolor de cabeza y todo.
Él lo entendió perfectamente y no hizo más preguntas, cosa que agradecí. Ya se lo contaría en otro momento, no venía de un día. Ahora lo importante era terminar el trabajo: no nos quedaba mucho, por suerte, así que estuvimos una horita más puliéndolo antes de finalizarlo.
Con la tontería se nos había pasado ya medio recreo, por lo que nos dirigimos a la cafetería. No se podía salir del edificio, pues las noticias habían avisado de una fuerte tormenta y no los superiores no querían arriesgarse a que pasara algo. A mí, con ese tiempo, me apetecía muchísimo un buen chocolate caliente, y Manuel, al escuchar mi propuesta, también se sumó.
Al llegar, como era evidente, estaba toda la cafetería llena de gente. Todos habían tenido el mismo pensamiento que nosotros y media escuela se encontraba allí. Por suerte, la tía de Luna —que ahora se ve que trabajaba allí, nuevas noticias— hizo respetar unos turnos y obligó a todos los que no eran de tercer año a marcharse para que nosotros pudiéramos comer tranquilos.
—Si quieres, siéntate en la mesa y guárdame sitio que yo voy a ir a pedir —le propuse—. ¿Un chocolate caliente, quieres?
—Sí, gracias —me sonrió.
Me dirigí hacia al mostrador y me planté delante, esperando a que Cata terminara de atender a una mesa y llegase mi turno. Como buena cotilla que eras, no había podido evitar meter mi oído en una conversación ajena: de Pablo y tres chicas más sentadas a su lado.
—¡Dale, yo te he invitado primero!
—No, Pablo, ¡ven conmigo!
—¡Sí, hombre! ¡Me habías prometido que vendrías conmigo al concierto!
Bah, no entendía cómo podían perder el tiempo con un idiota como él. Era absurdo.
—Sí. ¿Cómo no voy a ir, mi amor? Bueno, un fin de semana para cada una, chicas... ¿Qué os parece?
No pude evitar rodar los ojos, fue un acto involuntario al oír tanta tontería junta. Mis ojos se encontraron con los suyos, azul celeste. Me dirigió una mirada divertida, para luego, mirar a las tres chicas que lo estaban rodeando con los brazos. Volví girar los ojos expresamente porque sabía que le molestaba mucho cuando hacía eso, pero eso solo le hizo soltar otra carcajada. ¿Qué le hacía tanta gracia? Era una pregunta que me hacía constantemente.
—¿Qué pasa, Laia? ¿Celosa?
Ahora fue mi turno de reír.
—¿Celosa de qué, si se puede saber?
—Obvio, de estas chicas tan lindas que tengo al lado. Ya te gustaría ser una de ellas.
—¿Sabes? —Si él se ponía chulo, yo mucho más— Me encantaría, sí. Así podría vomitarte encima.
Parecía dispuesto a replicar, pero Cata se puso en medio para tomarme nota.
—Hola, Laia. ¿Qué quieres?
—Dos de chocolate caliente, por favor.
Metí mi mano en mi bolsillo para sacar el dinero, pero enseguida otra se posó encima la mía, impidiéndome sacar el billete.
—Suelta eso, pago yo —aseguró Manuel.
—No hace falta, yo puedo.
—No. Dijiste que a la próxima pagaba yo, y es justamente lo que estoy haciendo. —Le pagó a Cata sin dejarme opción.
—Tú también dijiste que no habría próxima vez. —Intenté aguantarme las ganas de sonreír, pero lo terminé haciendo.
—Mentí.
—Así que es verdad, los rumores eran ciertos... —El pesado de turno apareció delante de nosotros con una pequeña sonrisa diabólica, dejando a las chicas en la mesa protestando por su ausencia.
—¿De qué hablas? —el moreno frunció el ceño.
Creo que la palabra confusión podría ser perfectamente la descripción de mi vida. Todos hablaban, pero yo no me enteraba de nada. ¿Rumores? ¿Todavía más?
—De que están juntos, los rumores corren a toda velocidad.
—¿Qué? ¿Quién ha dicho eso sobre nosotros?
—No sé, lo van diciendo por ahí. ¿Entonces, es verdad?—Me miró directamente a mí, y como ninguno de los dos contestó, se echó a reír levemente—. Vaya, vaya, con la nueva parejita...
—No —saltó Manuel—, claro que no es verdad. Solo somos amigos. ¿No se puede ni tener amigos en este colegio o qué pasa?
—Claro, pero aquí los amigos no se meten la lengua hasta la garganta. Aunque, penándolo mejor... —Sonrió al saber que iba a enfadar a ambos— Dudo que lo hayas hecho. Laia es tan vergonzosa que le debe hasta costar hablar con un chico.
Se estaba burlando de mí, otra vez. Llegaba a un punto que ya no me afectaba, pero Manuel no podría controlarse mucho más.
—Déjala en paz.
—Bueno —cambió de opinión—. Conmigo no le cuesta, tal vez soy especial.
—Más quisieras.
—¿Te pasa algo, mexicano? Te noto enfadado. ¿Te gusta Laia, acaso?
—Ni te va, ni te viene. Creo saber que te ha dejado muy claro que quiere que la dejes tranquila, pero si hace falta, te lo vuelvo a repetir. Tal vez tanta idiotez no te hace escuchar bien.
—No puedo dejarla en paz —Se acercó un poco más a Manuel para terminar de provocarlo del todo—, me encantan las mojigatas.
Esas palabras fueron suficientes para cabrear a Manuel. Claro que me había molestado, más bien me había dolido que alguien dijera esas cosas sobre mí en ese tono, pero no expresaría mi dolor allí, y menos delante de Pablo. Sin embargo, Manuel no pudo aguantar más. Se abalanzó hacia Pablo, agarrándole del cuello de la camisa con los dos puños para encararlo.
—Como le vuelvas a faltar al respeto, te rompo los dientes.
Para mi gran sorpresa, lo dijo suavemente, como si lo estuviera advirtiendo del peligro que correría si lo hacía. Pablo había borrado la sonrisa de su cara de una vez por todas, y tanto él como Manuel, no se movieron. Solo se quedaron viéndose como si con una mirada se lo dijesen todo, mientras yo intentaba separarlos.
—Manuel, suéltalo, no vale la pena. —Lo agarré de los hombros para que diera unos pasos atrás y se contuviera de pegarle una paliza ahí mismo.— Si le haces algo, vas a tener problemas y te expulsarán, suéltalo. —Tampoco se movió.— Vamos, Manuel, nos están mirando todos.
Era verdad, la cafetería se había inundado de un tranquilo silencio. Todos estaban esperando a que uno de los dos diera el siguiente paso y empezara la pelea. Incluso Sandra prefirió mantenerse al margen de la historia cuando vio lo furioso que estaba Manuel, sabía que si se metía en medio la que terminaría mal sería ella.
—Por favor, vámonos.
Y entonces, por suerte para todos, lo soltó. Dio un par de pasos atrás, alejándose de él lentamente, se dio media vuelta y me miró.
—Que sepas que lo he soltado por ti, porque ganas de pegarle no me faltaban.
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¡Hola! ¿Qué tal?
¿Tenéis ganas de pegar a Pablo o le amáis? Yo, ahora mismo, estoy indecisa. Por suerte, está nuestro querido Manuel. ¿Qué opináis? ¿Team Pablo o team Manuel?
Yo, la verdad, es que siempre he sido y siempre seré: team Pablo. Lo siento, me puede demasiado.
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