Capítulo 15

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El fin de semana pasó como cualquier otro, salvo porque mis padres nos vinieron a ver. Les enseñé mi cuarto y les hablé de mis compañeros, lo normal. No tuvo mucho de especial, fuimos a comer juntos y luego a dar un paseo. No podía decir que no tuviera ganas de pasar tiempo en familia, porque me encantaba hacerlo, pero tal vez hubiera estado mucho mejor si se hubieran dedicado a algo más que hablar con Eva. No sé si se dieron cuenta, pero yo también existía. Me daba tanta rabia que ni siquiera dedicaran un mínimo esfuerzo para camuflar su favoritismo...

Por suerte, Sonia había conseguido que no expulsaran a Marizza con la condición de que fuera a ver a una psicóloga. Como persona muy terca que es Marizza, convenció a Luna para que fuera con la psicóloga y se hiciera pasar por ella. No me parecía bien, pero al fin y al cabo era su problema y ella tendría que lidiar con las consecuencias.

Nos encontrábamos en clase cuando entró el profesor de la hora anterior junto con una señora vieja y con una expresión en el rostro de seriedad.

—Escuchad todos: tengo el gusto de anunciarles que la profesora Hilda Acosta vuelve a hacerse cargo de las clases de historia.

El profesor se fue cerrando la puerta y la señora avanzó hasta su mesa.

—No se gasten con quejas y lamentos, conmigo van a andar derechitos. Y les guste o no van a salir sabiendo historia.

No iba a decir que estaba contenta de su incorporación, pues daba verdaderamente miedo. En mi antiguo colegio había más de un profesor así, y no me gustaban nada. No eran momias, eran personas normales iguales a nosotros. Uno, una vez, como no podía aceptar que alguien supiera igual que él, me acusó de copiar en un examen que había sacado un diez. En fin.

De la clase, no podría resaltar nada. ¿Había aprendido? Sí, pero... ¿A qué precio? No podía ni moverme si no quería que la profesora me regañara. Me parecía una dictadura.

La campana sonó indicando que se terminaba la clase y empezaba el recreo. Las chicas se quedaron en el aula, pero yo me fui un momento a la biblioteca a buscar un libro para leer.

Como de costumbre, estaba vacía. Me acerqué a la estantería y cogí el libro de Harry Potter y el Cáliz de fuego, me lo había leído un montón de veces pero no me aburría así que lo seguiría leyendo las veces que hicieran falta.

Vi a Pablo sentado en una silla leyendo una revista. Me sabía un poco mal lo que había pasado con Vico, podría ser un imbécil y todo lo que quiera, pero supongo que tenía sentimientos como todo el mundo, así que me acerqué a él.

—¿Duele, eh? —me senté encima de la mesa en la que estaba.

—¿Cómo?

—Lo de Vico.

—¿Y a ti qué te importa? —se puso a la defensiva.

—No es que me importe demasiado, pero no me gustaría nada que me lo hicieran a mí. Los cuernos son... algo muy duro. Y más con tu mejor amigo.

—¿Acaso sabes lo que es pasar por algo así?

—No, pero...

—Pues entonces no vengas a darme lecciones —me interrumpió—. Si quisiera tu consejo ya te lo hubiera pedido. Pero... ¿A que no sabes? No lo he hecho.

—Bueno, como tú quieras. Solo venía a decirte que si alguna vez necesitas un hombro... Pues yo tengo uno.

No tenía ni idea de qué cojones estaba haciendo. Estaba claro que no se merecía mi apoyo, al fin y al cabo, él no haría lo mismo por mí. Pero bueno, supongo que eso era lo que nos diferenciaba: que yo hacía lo que me decía el corazón sin esperar nada a cambio.

—Hay muchas personas con las que hablaría antes que contigo, te lo aseguro.

—Claro, ¿y con quién vas a hablar de esto? ¿Con Vico? Ah, no, espera, ¿con Tomás? —Él no contestó—. A Guido lo pillas en medio y sabes perfectamente como yo que a Mía no le va a hacer demasiada gracia que le vayas hablando mal de su mejor amiga.

Pablo me miró con intensidad, antes de suspirar y decir:

—¿Así que solo me quedas tú? Vaya, qué consuelo...

—Si no te gusto, no hay problema. Solo... quería que lo supieras. Si cambias de opinión algún día...

Se lo dejé en standby, y me levanté, sin dejar de mirarlo. Quería que se sintiera cómodo.

—Lo tendré en cuenta.

Finalizada la conversación, me dispuse a marcharme de allí, pero su voz me lo impidió.

—¡Laia! —me giré para mirarlo. Él se rascó la nuca, nervioso, y me devolvió la mirada— Esto... Gracias. En serio.

Le sonreí y me di media vuelta para marcharme. Me alegraba saber que por fin las cosas se habían arreglado entre nosotros.

El recreo no tardó demasiado en terminar y empezar la siguiente clase, solo me había dado tiempo de leerme un capítulo. Me dirigí al gimnasio junto con todas las chicas que querían hacer el casting para entrar en el grupo, Luna y yo íbamos a hacer la prueba con el grupo de Mía.

—Bueno, chicas —empezó la profesora—, vamos a empezar. Les pido por favor que no me hagan repetir las cosas diez veces, tenemos una jornada muy larga por delante. Las primeras en concursar son Mía Colucci y sus chicas, ¿vamos?

Empezamos a bailar muy bien, pero a medida que la coreografía iba avanzando, Mía se empezó a tropezar con nosotras y acabó haciéndolo fatal.

—¿Estás bien? —se acercó a ella preocupada.

—Sí, sí...

—Bueno, eso es lo importante. Vamos, que tengo que seguir evaluando.

—¡No! Por favor, ¿no la podemos hacer de vuelta?

No sabía qué le había pasado, solo podía deducir que se había puesto nerviosa. No lo entendía, Mía siempre lo hacía bien, nunca se equivocaba. Tal vez tenía demasiada presión encima y no se sintió bien.

—Mía, es imposible, no puedo repetir cada vez que pase algo. Vamos.

El turno del grupo de Marizza llegó y tengo que decir que me sorprendió su número de baile. Entraron por la puerta vestidas de cirujanos y con una camilla del hospital. De pronto, Marizza se levantó de la camilla y empezaron todas a bailar. Se quitaron la vestimenta de cirujanos quedándose en ropa de deporte y siguieron la coreografía hasta terminar la canción.

—¡Chicas, felicitaciones a todas, estuvieron bárbaras! En realidad les tengo que confesar algo, yo pensé que las únicas que podían bailar eran las del grupo de Mía, pero veo que hay muchas chicas que tienen posibilidades.

—¡Yo le dije! ¡Soy la campeona! —gritó Marizza, victoriosa.

—Y profe, ¿nos va a decir quienes quedaron en el grupo?

—Bueno, necesito pensar un poquito más antes de tomar decisiones... —las chicas no estuvieron satisfechas con esa respuesta, así que se quejaron para que se lo dijera ahora.— Mañana, mañana les digo. —volvieron a quejarse.— Bueno, algunas chicas ya quedaron.

—¿Cuáles?

—¡Las doctoras!

Las cinco chicas empezaron a gritar y a abrazarse, mientras que el grupo de Mía no se lo creían. Estaban furiosas, y supongo que lo entendía. Haber estado ellas en el grupo de baile durante todos los años, y que este no las aceptaran, era un completo bajón.

Al terminar, nos dimos una ducha rápida para cambiarnos y ponernos el uniforme para asistir a clase. Tocaba ética con Mancilla, seguramente no haríamos mucho.

No estaba prestando mucha atención en la clase. Anteriormente, había venido la profesora de baile a decirnos que solo habían entrado en el grupo Marizza, Belén y Fernanda. No me importaba no haber entrado, al fin y al cabo, ellas bailaban mucho mejor que yo y se lo tomaban un poco más en serio. Pero me sabía mal por Mía, después de tantos años siendo la líder no quedó ni en el grupo.

—Colucci, ¿dónde está tu compañera? —Mancilla se refirió a Vico.

—Seguro la llamó el director.

—Está averiguando si aceptan patacones. —Marizza rio junto con media clase.

Me giré y le di una disimulada mirada a Pablo para ver qué cara ponía. Él levantó la vista un segundo y se cruzó con la mía. Estuve tentada de decirle algo cuando no despegó su mirada de mí ni un momento, mirándome con intensidad. Le dirigí una pequeña sonrisa de consolación, y en ese momento, se dio por vencido y desvió su mirada hacia el suelo.

—No entendí el chiste, ¿me lo explicas?

—Por lo que salió en el diario...

—¿Qué diario?

—Este, profe.

Feli le tendió el folio a Mancilla y este empezó a leerlo. Al principio su cara era de auténtica confusión, pero a medida que leía, se fue transformando en enfado.

—¡Esto es una porquería, es un asco! ¿Quién escribió esto?

Todos se miraron entre ellos. Yo, quién no quería ser malpensada, no podía dejar de pensar en Pilar. Era toda una casualidad que todo lo que saliera, ella lo supiera. Supongo que cuadraba bastante bien con el perfil que buscábamos: alguien tan reventado como para joder la vida a los demás. Esos mismos que le habían jodido la vida a ella. Pero, claro, eso eran solo simples suposiciones. Con Mía no habíamos vuelto a hablar de este tema, y ahora que estaba en plena crisis, no iba a molestarla.

—Profe, no va a perder el tiempo por esta estupidez —Guido exclamó.

—El que escribió esto tiene una filosofía muy particular, así que vamos a hablar de esto. Quiero saber qué piensan de esta porquería.

—Que no es casual que Vico aparezca en el diario del colegio —dijo Feli, al parecer, algo molesta con su amiga. Pues no entendía por qué hablaba así de sus amistades.

—¿Qué no es casual? ¿Por qué no es casual? No entiendo —Mancilla parecía confundido e irritado a la vez.

—Porque se sabe que Vico es rápida con los chicos...

—¡Que sea rápida no quiere decir nada! Para acusar a alguien hace falta tener pruebas.

—Bueno, a lo mejor el que lo escribió tenía pruebas y por eso lo hizo —Marcos también habló.

Al parecer, todos pensaban igual de Vico. Me parecía tan mal que hablaran de la vida sexual de una compañera con esa libertad... Que cada quién hiciera lo que quisiera.

—No tiene pruebas, porque sino hubiera puesto un nombre. Por eso no da la cara —Mancilla aseguró, y enseguida saltó Marizza:

—En este colegio encontrar a alguien que dé la cara es más difícil que encontrar algo en la cabeza de Mía.

—¡Por qué no me dejas de molestar un poquito y te fijas en vos nena, que tienes para mucho rato!

Mía se levantó con enfado y corrió hasta irse del aula. Estaba llorando, supongo que era por lo del grupo de baile, y no la culpaba.

Justo entonces sonó el timbre que indicaba fin de clases. Nos levantamos todos para irnos de la clase, pero Mancilla nos lo impidió.

—No, no, se sientan. ¡Se sientan todos! —estaba furioso, daba verdadero miedo— En la tarde, los quiero a todos en el patio.

—No, ¿como que en la tarde? Es nuestro tiempo libre —Pablo se quejó.

—La clase no terminó, no me alcanzó el tiempo, así que en la tarde nos vemos en el patio. ¡Los quiero a todos allí!

Salimos del aula de una vez por todas y la mayoría se dirigió al comedor para poder comer. Yo al menos estaba hambrienta. Me di prisa por terminar, si quería tiempo para mí sola no podía entretenerme demasiado o si no, no me daría cuenta de que ya era hora de ir con Mancilla.

Inolvidable || Rebelde WayHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora