(CORRIGIENDO)
A Laia Martín y a su familia les sale la oportunidad de mudarse a Argentina por cuestiones laborales, la cual aceptan sin pensárselo mucho.
Allí asistirá a un colegio pupilo lleno de gente adinerada y muy caprichosa; al principio no l...
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Carmen seguía hablando sobre el romanticismo todo y ser consciente de que el timbre sonaría en cualquier momento. Todos teníamos ganas de que se callara ya y disfrutar del recreo largo, así que estaba claro que nadie le prestaba atención. En cuanto la campana sonó, todos los alumnos se levantaron con entusiasmo de las mesas y salieron del aula, dejando a la profesora con la palabra en la boca. Yo estaba incluida.
Rocco, a media clase, me había dado un MP3 y me moría de ganas de escuchar su contenido. Corrí hacia mi habitación en busca de unos auriculares y bajé hasta la cafetería. Después de pedir mi desayuno de siempre, un zumo de naranja y un donut, me senté y me puse manos a la obra. Era una canción, la única que había guardada en ese aparato, y se titulaba "Nada que Hablar", cantada y escrita por Rocco. En cuanto la terminé, noté que dentro de mí crecían más y más las ganas de enseñarle mis canciones, pues sería genial que él mismo las cantara. Estaba decidida: se las mostraría al fin a alguien.
En cuanto me quité los auriculares, noté que a mi alrededor había un fuerte griterío. Pablo acababa de entrar en la cafetería, seguido de Guido y Lola, con una bandeja llena de cruasanes caros. ¿Qué...?
—¡Atención, atención! —gritó Guido— ¡El futuro presidente del centro de estudiantes ya ha llegado!
Después fue el turno de Lola:
—¡Y trae desayuno para todos! ¡¿Es el mejor o no, chicas?!
¿Qué estaba pasando? Ninguno de los tres me miraba, pero todos los demás sí. Estaban esperando una reacción por mi parte, pero estaba tan sorprendida de su actitud insana que no me salía nada. ¡Eso era trampa! ¡Los votos no podían comprarse, y mucho menos de una forma tan descarada! Además, no paraban de repetir que si cogían un cruasán tenían que votarle.
—¿Tan pocos argumentos tienes que necesitas comprar votos regalando comida?
Cuando Pablo escuchó mi voz, se giró hacia mí con una sonrisa traviesa. Eso no podía significar nada bueno.
—¿Tú también tienes hambre? Que yo sepa, Martín, no estoy haciendo nada malo.
—No me llamo Martín —dije sin pensar, pues odiaba que me nombrara de esa forma—. Y sí, estás haciendo trampas.
—Eso te lo parecerá a ti. Simplemente... estoy regalando comida porque no quiero que los estudiantes pasen hambre, eso es todo.
Yo me crucé de brazos, intentando no perder la paciencia.
—Claro, porque te importan mucho los estudiantes y sus necesidades. ¿Eso es lo que queréis? —me giré hacia el resto de alumnos de la cafetería, indignada— ¿Un presidente que antes de serlo ya está cometiendo ilegalidades?
—Eso no...
—¿Qué os pensáis que hará, cuando consiga el puesto? —le corté inmediatamente— ¡Mirar por su propio bolsillo, por supuesto! Te felicito, Pablo —le miré con atrevimiento—: eres un hijo digno de tu padre.