(CORRIGIENDO)
A Laia Martín y a su familia les sale la oportunidad de mudarse a Argentina por cuestiones laborales, la cual aceptan sin pensárselo mucho.
Allí asistirá a un colegio pupilo lleno de gente adinerada y muy caprichosa; al principio no l...
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Hoy era sábado. Como no teníamos clases, estábamos en la habitación charlando. Bueno, más bien dicho, Luna, Luján y Marizza estaban hablando y yo estaba en mi cama intentando descansar, ya que no me encontraba muy bien.
—Pero Luján —discutió Marizza—, ¿cómo no te vas a presentar a la elección del grupo de baile?
—No me gusta bailar y menos si tengo que aguantar a esas imbéciles.
—No seas así —ordenó Luna—. Mía no es mala, chicas, os lo digo en serio. Aparte, pobre... Sufrió mucho. Miren esto, era de la madre —explicó, enseñando un marco de fotos vacío—. Es lo único que tiene de ella.
—¡Oh! —la pelirroja fingió lástima— Tiene cara de nada, igual que la hija. ¡Qué bueno!
—¿Ves como le patinan los frenos? ¿Cómo va a tener un porta retratos sin foto?
—Es que ni siquiera tiene fotos de la madre. Pobre... se crio sin ella y ni siquiera la conoció.
—Sí... ¡Pobre! Con el padre millonario, viajando por todo el mundo... Por favor, ¿me pasas los pañuelitos que me pongo a llorar?
—¡Basta, chicas! Estoy harta de escucharos discutir —grité, al borde de la locura.
Me levanté de la cama y me fui al bar a desayunar alguna cosa. Como siempre, estaban en una mesa sentados Pablo, Guido y Tomás. Luego llegó Marcos y le dio una carta a Tomás, pero no presté mucha atención a lo que decían.
Dentro de una media hora, Marizza y las chicas tenían que ir a la prueba de baile para ver si Mía las aceptaba, así que no volví al cuarto, pues seguro se encontrarían nerviosas y estarían por ahí gritando.
Como había tormenta, creí que era el momento perfecto para continuar viendo mi serie. Era de misterio y de asesinatos, así que el clima la acompañaba muy bien. Me puse los auriculares y me senté en un sillón que había en la sala de estar, ya que, al ser sábado, la mayoría de alumnos estaban en sus casas, y los que quedaban, estaban en sus habitaciones aprovechando que hoy podían dormir hasta tarde.
Me pasé toda la mañana viendo series sola, necesitaba un poco de tranquilidad y me venía bien desconectar un poco del mundo. En la tarde, Luna, Luján y yo estuvimos jugando a juegos de mesa en la habitación hasta que se hizo tarde. Ni siquiera bajé a cenar, en todo el día no había gastado apenas nada de energía y no tenía nada de hambre.
—Qué feo que es el colegio tan vacío... —suspiró Luna, nostálgica.
—Sí, ¿no? Parece un cementerio.
—¡Ay, Luján! ¡No digas eso!
—Lo único bueno de que esté tan vacío es que no tenemos que soportar a según qué personas que están normalmente molestando —añadí yo.
—No, la verdad... A mí me da miedo que haya tan pocos chicos.
—Ni te preocupes —Luján le restó importancia—, hay un sereno de guardia, no te va a pasar nada.
—¡Uy, un sereno de guardia! ¿Qué puede hacer si entran a robar? Nada. Un sereno solo es lo mismo que nada.
—Un sereno solo es lo mismo que nada. ¡Tienes razón! —exclamó victoriosa, como si le hubieran dado muy buenas noticias.
—¿A dónde vas? —exclamé confundida, al ver que a Luján se le había iluminado la cara de emoción y se dirigía con prisas hacia la puerta de la habitación.
—A aprovechar el tiempo.
—Espera, voy contigo.
No sabía qué era lo que estaba haciendo, y menos aún lo que a Luján se le pasaba por la cabeza, pero tenía claro que no iba a dejar que lo hiciera sola. Aparte, no iba a mentir, estaba muy aburrida y quería meterme en alguna aventura.
—¡Chicas, no me dejéis sola!
Seguimos a Luján muy sigilosamente por los pasillos del edificio tratando de no hacer ruido y que nadie se diera cuenta de que estábamos allí. Entramos dentro del despacho de Dunoff y Luján se puso a rebuscar en los papeles.
—¿Qué estás buscando? ¡Como nos pillen nos van a matar! —estaba muy asustada. Como entrara alguien...
—¡Quiero saber quien me paga el colegio!
Seguía buscando por los cajones de la mesa del director para ver si encontraba algo mientras yo le sujetaba la linterna y Luna se mordía las uñas con nerviosismo, cuando se escuchó a Dunoff hablando con el hombre de seguridad, fuera del despacho.
¡Me podían expulsar! ¡Mis padres iban a matarme!
—¿¡Qué hacemos!? —exclamó Luna, desesperada.
—¡Venga, escondeos!
Nos escondimos lo más rápido posible detrás de los sillones y, justo en el segundo en que nos agachamos, Dunoff entró.
—¡Pero será posible! Me deja todo este desastre... —espetó al ver todos los papeles que habíamos sacado de los cajones y ahora se encontraban encima de la mesa.
Estábamos tiritando del miedo, no podíamos más. Justo en ese momento, en el puesto de gloria, fuera de esa habitación, sonó el teléfono. El director, al estar solo, no tuvo más remedio que salir y atenderlo él. Teníamos vía libre para huir, y ni siquiera dudamos en hacerlo. Pasamos gateando por al lado del mostrador y salimos de una vez por todas de allí, con las manos vacías: no habíamos conseguido nuestro objetivo. Pero, al menos, no nos habían pillado. Porque si no... Se nos caía el pelo.
Lunes por la mañana. El fin de semana había pasado bastante rápido, aunque no muy entretenido. Luján estaba furiosa por haber tenido la ocasión perfecta de averiguar quien era su tutor legal y no la había aprovechado bien. Aunque, nosotras, no parábamos de repetirle que no era su culpa.
Nos levantamos y nos adentramos en el aula donde el profesor no tardó mucho en venir. Tocaba Mancilla, pero en lugar de venir él, llegó el profesor de economía.
—Silencio, por favor, silencio. El profesor de ética y filosofía está enfermo y no va a poder iniciar sus clases. Pero, para que no pierdan el tiempo, dijo que preparen un trabajo práctico. Anoten el tema del trabajo: ¿Qué es la ética para mí?
Pasamos toda la hora haciendo el trabajo. La verdad, no tenía idea de qué poner, por suerte Luna me ayudó un poco al empezar y lo pude seguir bastante bien.
—Chicos, el trabajo tiene que estar listo para la próxima hora, así que aprovechen la hora libre que tienen.
Justo cuando terminó de hablar, sonó el timbre, indicando que se había terminado la clase y que empezaba el recreo.
—¡Recreo! —gritó Guido, casi desesperado.
Salimos todos de la clase y Luján, Luna, Marizza y yo nos quedamos en el pasillo hablando.
—Dale, Marizza, cambia la cara —Luna le ordenó.
—No puedo, hace dos días que no duermo pensando en ese chico.
—¿Qué chico?
¿Acaso tenía un ligue y no me lo había contado? Me parecía muy feo de su parte.
—¿Nacho se llama?
—Sí, pobrecito... Está solo en la calle y chiquito...
Ah... ya entendía. Aunque, seguía faltándome información.
—Bueno, ¿y por qué no llamaste a la policía?
—¿Estás loca? —Luján se llevó las manos a la cabeza— ¿Qué quieres, que lo encierren? Vive en la calle, Marizza, ya sabe como cuidarse. No le va a pasar nada.
—No sé...
—Bueno, mira, te vamos a contar algo que a lo mejor te cambia el ánimo.
—No, Luján —Luna se negó—. No sé si está bien que se lo contemos a alguien.
—Tenemos una pequeña bomba, que te va a hacer olvidar del chico.
—No, nada me va a hacer olvidar de Nacho.
—Que sí, que sí —aseguró Luján—. Se ve que...
—¡Va, contadme! —se intrigó la pelirroja.
—La señorita Laia va escuchando conversaciones ajenas y Tomás Ezcurra va detrás de ella.
—¿Eso era? Ya lo sabía.
—¿Qué? —me confundí— ¿Cómo lo sabes?
—Escuché cómo lo decían los chicos. Tomás estaba seguro de que iba a ganar la apuesta.
—¿Qué apuesta? —Luna tampoco sabía de qué hablaba.
—¡La apuesta que hicieron! Qué lentas sois...
—Espera, espera —me sumé otra vez—. Cuenta bien eso de la apuesta.
Marizza se dio cuenta en ese momento de que no teníamos ni idea de lo que estaba hablando.
—¿No lo sabías? Los chicos apostaron sobre si Tomás sería capaz de conseguirte.
—¿Qué? Yo... yo no tenía ni idea.
—Lo siento, tendría que haberlo dicho de una forma más delicada...
¡Qué cabrón! Claro, ahora me cuadraban las cosas: sobre eso hablaban en la cafetería Pablo y Tomás, sobre la apuesta. Por eso tenían que decirlo bajo, para que nadie se enterara. Madre mía...
—No te preocupes —le resté importancia—. Estoy bien.
—¿Seguro? —Luna me acarició el hombro.
—Claro, ¿pero por qué no me habías hablado de ello? —me dirigí a Marizza.
—Pensaba que ya lo sabías, por eso no le dabas bola.
—Pues no, pero como sea. Me da igual. Oye, por cierto —aproveché para cambiar de tema— ¿al final como ha quedado lo del grupo de baile?
—Mal. Mía no nos escogió y ninguna chica se quiere unir a nuestro grupo porque dicen que el de Mía es más fashion. Pero no me voy a rendir, esto recién empieza.
Después de esa bomba de emociones, Luna y yo nos fuimos a la sala de estar para seguir con el trabajo de ética. Cuando llevábamos ya un buen rato trabajando y ya quedaba poco para terminar la hora, decidí ir un momento a la habitación, ya que hacía frío.
Una vez cerca, cuando me acerqué a la puerta del cuarto, empecé a escuchar unos gritos que hicieron que me viera obligada a entrar inmediatamente.
—¿Qué está pasando aquí? ¿Y quién es este niño?
En la habitación, se encontraban Marizza y Luján sentadas en el suelo observando algo en unas revistas, mientras que un niño con el pelo largo y rubio saltaba con diversión en la cama.
—Como sigáis gritando así, ¿sabéis quién más lo va a encontrar? ¡Dunoff! Se os oye desde afuera, así que bajad la voz.
—¡Encontrasteis a Nacho! —Luna se asomó por la puerta, con una gran sonrisa.
—Sí, pero se va a tener que quedar aquí unos días hasta que encuentre una solución, no puede volver a la calle.
—¿Cómo? —se notaba que no me hacía demasiada ilusión—. Marizza, no se puede quedar aquí...
—Y tanto que puede, lo digo yo.
—Pero... nos puede meter en problemas. Nos pueden expulsar si le encuentran.
—¡Ay, Laia! —Luján me miró con mala cara— No seas tan aburrida. Está claro que nadie le va a encontrar.
—Claro, nadie sabe que está aquí —aseguró la pelirroja—. Ni lo va a saber.
Mis padres me iban a matar si se enteraban algún día de todos los líos en los que me estaba metiendo. ¡Y solo estábamos a principio de curso! La que me esperaba... A veces dudaba de si me había juntado con la gente adecuada.
Con tanto alboroto no me había dado ni cuenta de que ya era la hora de ir a entregar los trabajos. Me hubiera gustado repasarlo un poco por encima, pues no me parecía que estuviera finalizado del todo, pero supongo que no tenía más opción que conformarme. Solo esperaba que no contase mucha nota.
Después de dar el grapado de folios al profesor, corrimos con prisa hacia el gimnasio, donde Mía y la profesora nos esperaban para decidir quiénes formarían el grupo de baile este año. Estaba un poco nerviosa, no iba a mentir: no sabía si era mejor entrar, o quedarme fuera. Las dos opciones estaban llenas de cosas malas.
—Este año el grupo de baile va a tener que ser brillante —aseguró la profesora.
—Lo va a ser —Mía le contestó con una gran sonrisa de orgullo— ¡Chicas, a trabajar! Porque esto no es una diversión: ser bailarina no es solo mover las caderas de un lado para el otro, es fijarse en cada detalle, ¿me entendéis?
—Chicas, en el nombre del colegio, os quiero decir que confiamos muchísimo en vosotras. Mirad que hay eventos muy importantes este año y todas vosotras vais a ser la cara visible.
—Dale, a trabajar. ¡Feli, la música!
Feli puso la música y empezamos a bailar la coreografía de Mía. Pero, de pronto, la música se cambió y salió Marizza, Manuel, Luján y Nico. Se pusieron en parejas y empezaron a bailar su canción. Después, Manuel cogió a Luna de la mano para sacarla a bailar y Nico hizo lo mismo conmigo, mientras que Luján y Marizza también bailaban juntas.
Cuando sonó el estribillo, Mía y todas las otras chicas del grupo de baile se acoplaron a nosotros para no quedarse marginadas y empezamos a bailar todos juntos hasta que se terminó la canción.
—¡Chicas, estoy muy orgullosa de vosotras! ¡Esto es un grupo que puede bailar cualquier cosa! —Mía intentó defenderse buscando cualquier cosa.
Marizza, quien estaba muy contenta, se acercó con prisa a la profesora y le dijo:
—Profe, ¿le ha gustado?
—Me ha encantado, ha estado buenísimo, chicos.
—Bueno —empezó la pelirroja—, entonces exijo una nueva formación de un grupo de baile. Nosotros somos cuatro, pero la que quiera pasarse estará todo bien. Ojo que es mixto, fijaos.
—¡Pero usted no puede permitir esto, profesora! —Mía se quejó, indignada.
—¿Por qué? ¡Si es divertido!
—Porque no puede haber dos grupos de baile que representen al colegio, debe haber un reglamento o algo que lo prohíba.
—¡Bueno, no lo sé! Creo que no hay...
—¡Bueno, entonces, hable con el director!
—Por favor, Mía, cálmate... Te tienes que divertir con todo esto.
—Para mí esto es muy importante, no es una diversión. Hace años que hago esto, ¿sabes? ¡Así que se suspenden los ensayos hasta tener una respuesta oficial!
Nos fuimos todos de allí y nos dirigimos al comedor porque ya era la hora de comer. En la mesa de siempre, nos sentamos Luna, Luján, Marizza y yo. Hoy había macarrones para comer, mi plato preferido, así que tenía claro que iba a repetir seguro.
—Hola, chicas —apareció Pilar —. ¿Me puedo sentar con vosotras?
—Esto...
Se notaba que Marizza había dudado, y las otras no parecían tampoco demasiado convencidas de aceptarla. Pero yo no quería decirle que no, desde mi punto de vista, se merecía una oportunidad.
—Claro, siéntate.
—Gracias, Laia.
—¿Cómo estás? —empecé conversación con ella para no estar en silencio.
—Muy bien, la verdad. ¿Y tú?
—Yo...
—Ay, Laia —me cortó, impidiéndome contestar a lo que ella misma me había preguntado—, ¿sabes? Me creas muchísima curiosidad. Eres tan... interesante.
No pude evitar reírme.
—¿Quién, yo? Pues no sé, la verdad. No creo.
—Sí, sí. En serio. Cuéntame algo de ti.
—¿Qué quieres saber?
Seguí comiéndome los macarrones mientras ella parecía estar pensando. No iba a desaprovechar el tiempo con no comerme esa delicia.
—¿Cómo es que te mudaste a Argentina? No me quedó muy claro.
—Pues, bueno... no tiene mucho misterio. La empresa donde trabajan mis padres tuvo que cerrar la fábrica que tenían en mi ciudad y nos propusieron venir aquí a vivir. Era eso o dejar de trabajar. Y con la edad de mis padres... es difícil encontrar un empleo como ese.
—¿Y qué fabrican? —se interesó Luján, con la boca llena de tomate.
—Papel higiénico —respondí y me metí otra cucharada de macarrones en la boca, estaban deliciosos—. Creo que es una de las marcas más vendidas en todo el mundo.
—¿Papel... higiénico? —intervino incómoda— ¿El de los baños?
—Sí. Oye Luna, ¿te terminarás tu plato? —ella negó con la cabeza y me lo dio para que yo pudiese terminarlo por ella.
Hacía rato que veía como ni siquiera se los miraba. No iba a permitir que los tirasen a la basura, antes me los comía yo.
—¿Y no te da pena decirlo en voz alta? —volvió a intervenir Pilar.
—¿Por qué debería?
—No sé, es un trabajo tan poco... sofisticado.
—Entonces, según tú, debería... ¿Avergonzarme?
— A ver, tampoco avergonzarte como tal... Si no, más bien, no hace falta que se lo cuentes a más gente. Ya sabes como son en este colegio, te discriminan por todo...
—Deberías prestar más atención en clase de economía, Pilar. Si lo hicieras, te darías cuenta de que no todo el mundo puede ser empresario e ir elegante durante todo el día, sino que para que todo funcione, debe haber gente trabajando de todo. Incluso aunque no te guste tu trabajo, alguien debe hacerlo.
—Pero a mí no me importa, de verdad. Solo lo digo por tu bien, para que no se rían de ti y esas cosas. Se meten con todo lo que pueden.
—La verdad, te quejas de ellos por como piensan, pero tú eres igual. Me estás dando excusas para que no se metan conmigo cuando tú también estás siendo clasista conmigo solo por el empleo de mis padres.
—¡Pero si a mí me da igual!
—Antes me has dicho que era un trabajo poco sofisticado.
—Siendo realistas, debes asumir que lo es. No tiene la elegancia que otros tienen, no te puedes sentir igual de orgullosa que si tus padres fueran abogados o presidentes. Todo tiene un cierto nivel.
—Pues yo estoy muy orgullosa de los míos, trabajen de lo que trabajen. Se matan a trabajar por sus hijas, eso es motivo suficiente de estar satisfecha. Además, si alguien me deja de hablar por esta tontería, me hará un favor.
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¡Hola! ¿Qué tal?
Bueno, bueno, bueno... Capítulo de chicas, por lo que vemos. Dejamos a un lado a los chicos, haciendo una pausa de amores, y nos centramos en las amistades. ¿Qué os ha parecido este nuevo capítulo? ¿Y las actitudes de nuestros personajes?
Ya sabéis que cada voto y/o comentario aporta una pizca de felicidad a mi vida.