Capítulo 6

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Habíamos quedado en la playa, justo a esa hora, y aún faltaba la mitad de los alumnos. Qué impuntual era la gente. Hoy tocaba actividades de agua, más concretamente, en el mar. Yo no era demasiado fanática de este, pero sí era cierto que con el calor que hacía un buen chapuzón venía de perlas.

Estaba con Luna, Luján y Manuel esperando a que aparecieran los demás. También estaban, un poco más lejos, el grupito de Pablo y Mía, aunque no les estábamos prestando atención. Ni ellos a nosotros.

—Te queda bien el negro —me dijo Manuel, haciendo referencia a mi bikini.

—¿Sí? No sé.

—De verdad. Te... hace el cuerpo muy bonito.

—No me mires mucho que Feli me va a matar —me reí.

Ya hacía rato que notaba su mirada clavada en mi nuca, y no estaba demasiado cómoda. Imagínate si veía como Manuel me miraba, y más el cuerpo. Era capaz de venir y pegarme, porque, claro, sería mi culpa. Seguro que dirían que era yo la que le provocaba. ¡Si su novio miraba a otras chicas no era mi culpa!

En esta actividad, iríamos en canoas. No lo había hecho nunca, así que tenía ganas. Solo cruzaba los dedos para que no me tocara con un grupo que no me gustara, pues tenían que dividirnos en dos.

Al fin llegaron los alumnos que faltaban, junto a Dunoff, y pudimos empezar con la actividad. Nos dejaron escoger a nosotros los grupos, y yo lo agradecí. Nos juntamos Luna, Marizza, Manuel, Luján y yo. Queríamos ir también con Marcos y Nico, pero enseguida Tomás y Pablo les adelantaron y se unieron a nosotros. No entendí por qué lo habían hecho, pudiendo ir con sus amigos. Según ellos, era porque estaban enfadados con ellos. Pero ni yo ni nada les creyó. Algo tramaban.

Para que el peso estuviera equilibrado, la distribución fue la siguiente: Manuel, Luján, Luna, Tomás, yo, Marizza y Pablo. Nos subimos y enseguida fuimos flotando hasta adentrarnos un poco más en el mar, tal y como nos habían ordenado.

—Puedes agarrarte a mí, si lo necesitas —me dijo Tomás, quien me vio un poco nerviosa.

Enseguida se lo agradecí y lo hice. Así iba mucho más segura. No quería tocarle demasiado, más que nada para que no estuviera incómodo. Me fijé en su espalda: la tenía muy bonita y bien marcada. Podía ser que me gustara un poco... La espalda, no él. Aunque era guapo, no iba a decir que no. Como estaba distraída, no me fijé en que Marizza me estiró hacia ella, como acto instintivo, cuando se cayó al agua, haciendo que yo también cayera.

—¡Marizza! —gritó Manuel, quien estaba informado de los problemas de natación de Marizza.

Él se lanzó al agua en busca de su amiga, para ayudarla. De mientras, yo aún no había subido a la superficie, pues el impacto me había tomado por sorpresa y no podía recuperar la movilidad de mis piernas. Por eso, seguía cubierta por agua. Cuando empecé a darme cuenta de que ya casi no tenía oxígeno y empezaba a subir para arriba, escuché otro chapuzón en el agua: Tomás. Se lanzó cerca de mí y me rodeó el cuerpo con sus brazos, nadando para arriba para sacarme.

Al salir a la superficie, volví a escuchar. Aunque ahora solo escuchaba por una oreja. Me había entrado tanta agua en la oreja derecha que ahora no escuchaba nada.

—¿Estás...?

—¿Qué? —pregunté, pues no escuchaba.

Tomás no me soltaba, aún estaba entre sus brazos, solo que ahora ya movía mis piernas.

—¿Estás bien? —repitió. Yo no le contesté. Estaba muy agobiada—. Tranquila, ahora viene una lancha.

Así lo hizo: llegó un joven en lancha y nos ayudó a subir. Después, nos llevó hasta la orilla y Dunoff nos recibió. Ambas fuimos al vestuario para cambiarnos y nos atendió un médico para asegurarse de que estábamos bien, pues Marizza también se había asustado mucho.

—¡Chicas! —Luna y Luján entraron al cabo de media hora de estar allí— ¿Estáis bien?

—Sí, ya me he calmado bastante —respondió Marizza. Yo solo asentí.

La doctora me había dicho que no era nada grave. Solo me tenía que esperar a que el agua saliera por sí solo, no se podía hacer nada. Pero me jodía mucho, porque no escuchaba una mierda y eso hacía que me angustiara. Estaba muy incómoda.

—Pero —empezó Luján, con el ceño fruncido—, ¿cómo os habéis caído? No tiene sentido.

—Claro que lo tiene. Pablo me ha empujado.

—¿Qué? —pregunté.

—Sí, lo ha hecho. De repente he notado unas manos en mi espalda que me arrojaba al agua. Y no podía ser nadie más, era el único detrás de mí.

—Joder...

—No me lo puedo creer... —negó Luna.

Luján enseguida le respondió:

—Pues yo sí. De ese me lo puedo esperar todo. ¿Y tú, Laia? ¿Por qué te has caído?

—Marizza ha intentado agarrarse a mí, pero hemos resbalado las dos.

—Cuando lo pille, lo mato.

—Acuérdate de tus impulsos, Marizza —Luna intentó tranquilizarla.

—Sí, porque si una venganza no la planeas bien, va a fallar —añadió Luján.

Yo, quien tenía que ir a hablar con Mía para contarle eso urgentemente, les llamé la atención a mis amigas.

—Una cosa, chicas. Voy a ir a llamar a mis padres un momento, ¿vale? Nos vemos mejor en la comida.

Ellas se despidieron y yo me fui de allí, aún medio sorda. Mía era la única de ese grupito en la que podía confiar (y también la única que me parecía, más o menos, buena persona). Enseguida la encontré: estaba en la terraza con sus amigas, charlando.

—Mía, ¿podemos hablar?

Las dos me miraron mal por interrumpir su conversación, pero me daba igual. Lo que tenía que decir yo era mucho más importante.

—De acuerdo. Ahora vengo chicas.—Se levantó del sofá y nos alejamos un poco de dónde estaban Feli y Vico—. ¿Qué pasa?

—Pablo se está equivocando, estoy segura de que Marizza no es la que escribe el diario.

—Sé que Pablo estuvo mal al tirarla de la canoa.

—¿Cómo? ¿Lo sabías?

—Me acabo de enterar ahora. Me lo han dicho las chicas, y de verdad que lo veo mal. Se ha pasado esta vez.

—Y tanto, ¡casi mata a Marizza! Bueno, ¡y a mí! Este chico no está bien de la cabeza, te lo digo yo.

—Pero, ¿tú estás bien? ¿Te has hecho daño?

—No. Bueno, sí. Pero eso da igual. Solo venía a decirte que no voy a seguir con lo del diario.

—¿Qué? ¿Por qué?

—No quiero estar en un grupo donde está él. Es que ni de coña. Es un idiota, Mía.

—Pero tampoco hace falta llegar a ese extremo, Laia...

—Sí, si hace. ¿Y si sospecharais de mí? ¿Qué haría, tirarme por un acantilado?

—Por favor, Laia. Ayúdanos. Ya has visto que ninguno de ellos tiene ni idea de nada, en cambio, tú... Tú pasas desapercibida, puedes ser de gran ayuda.

—No, la decisión está tomada. O se va él o me voy yo.

Sabía que le iban a escoger a él, estaba claro. Pablo llevaba siendo su amigo desde no sé cuantos años, y a mí apenas me conocían. Era normal.

—A ver. —Mía hizo un gesto con las manos para que me tranquilizara— Tengo una idea mejor.

—¿Cuál?

—Investigamos tú y yo, nadie más. Pero tiene que ser en secreto, no me fio de nadie.

—¿Y los demás?

—Si quieren intentar averiguar quien lo escribe, que lo hagan. Pero nosotras no les vamos a ayudar. ¿Qué te parece?

—Bueno... Supongo que bien.

—¿Qué pasa? ¿No te gusta la idea?

—Sí, sí.

—¿Entonces?

—No sé. Estás siendo demasiado amable conmigo, sin querer nada a cambio.

—¿Y?

—¿Por qué lo haces?

—Eres la única que me cae bien, de los nuevos. Bueno, tú y Lunita. Ambas me gustan.

—Tú también me gustas. Eres de las únicas que se salvan, de tu grupo. Los otros... Sin comentarios.

—¡Laia! —me llamó Tomás, quien se acercaba a nosotras seguid de Pablo.

Genial, justo a quien no quería ver.

—Hola, Tomás.

—¿Cómo te encuentras? Me has dejado preocupado.

—Estoy... más o menos bien. Pero nada grave.

—¿Seguro? Bueno, si necesitas algo o puedo ayudarte en...

—Estoy bien, pero gracias. Por cierto, quería agradecerte por haberme salvado. Te debo una muy grande.

—No me debes nada.

—Sí, sí, lo hago.

—Bueno, pues puedes pagármelo yendo algún día a tomar algo conmigo. Pero yo invito.

Yo sonreí, encantada.

—Venga, vale. Pero de verdad, muchas gracias por ayudarme. Sin ti...

—Discúlpame, pero tampoco es para tanto —se metió el rubio—. Solo te has caído al agua.

—¿Eres idiota? —me salió solo. Quería que se sintiera mal. Era un puto gilipollas.

—¿Perdón?

—Pablo —le advirtió su amigo, cuando vio que iba a montar un espectáculo. Como siempre, vamos.

—Ah, ¿la vas a defender a ella?

—Ahora sí. Podría haberse hecho daño.

—Pues que no se hubiera caído.

—Pues no hubieras tirado a Marizza, ¡no te jode!

—¿Qué? —se sorprendió él.

—Eso, que si no fueras un impulsivo y dejaras a las personas tranquilas, nada de esto habría pasado.

—Eh, eh, eh —Pablo sudó de la advertencia de Tomás y se aproximó a mí, obligándome a mirarle a la cara, pues estaba demasiado cerca—. A mí me respetas.

—No te mereces mi respeto.

—Eres una exagerada, Laia.

—¡Sí, hombre, ahora será mi culpa!

—Pues sí.

—Pues no. Me he hecho daño en la oreja por tu culpa, ¿sabías?

—¿Qué? —inquirió Tomás.

—Pero —se metió Mía—, me has dicho que estabas bien.

—Ya, porque no quería preocupar a nadie. Solo lo digo para que Pablo aprenda a pedir perdón.

—Tú a mí no me vas a enseñar nada —aseguró él.

—Claro, deberían ser tus padres.

—No te voy a permitir que...

—Yo tampoco te voy a permitir que me amenaces —le corté.

—¿Ah, no? ¿Y qué se supone que vas a hacer al respecto?

Cada vez se había ido acercando más a mí, llegando al punto de verle incluso los poros. O me besaba, o me pegaba. Una de las dos.

—¡Ya basta! —nos separó Tomás, enfadado— ¿Qué coño os pasa?

—¡A mí nada! —me defendí.

—A mí me pasa que esta chica, no para de meterse conmigo —argumentó Pablo.

—¡Mentiroso! ¡Pero si es al revés!

—¡Es suficiente! —volvió a silenciarnos el moreno— ¡Joder! Parecéis niños de cinco años.

—Ha empezado ella...

—¡Pablo! —tuvo que meterse de por medio Mía, quien también estaba cansada de la discusión—Pídele disculpas a Laia. Es lo mínimo que se merece.

—Estoy de acuerdo —concordó el otro chico.

—¡Si hombre!

—Pablo...

—Déjalo, Mía —me rendí—. No vale la pena.

Me giré para marcharme de allí, pues estaba cansada de ese mal ambiente que creaba Pablo. Pasaba de discutir, si él no quería cambiar, pues que no lo hiciera. Iba en camino de ser como su padre.

—Espera, Laia.

La voz de Pablo me hizo frenar. Me di media vuelta para mirarle.

—¿Qué?

—¿Qué te pasa en la oreja?

—¿Cómo? —no sabía a qué venía ahora eso.

—Has dicho que te has hecho daño. ¿Qué te pasa, concretamente?

—No escucho con la derecha. La doctora dice que la tengo llena de agua.

—Yo... Pues perdón. No era mi intención tirarte a ti.

—Perdonado, pero deberías hablar con Marizza y pedirle perdón a ella. Eso sí que tendría mérito.






¡Hola! ¿Qué tal?

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¡Hola! ¿Qué tal?

Ay, Pablito... Está hecho todo un impulsivo. ¿Qué os ha parecido este capítulo? Es un poco más corto que los demás, pero más que suficiente. 

En el siguiente capítulo, los chicos ya terminarán con las vacaciones y volverán al Élite Way, donde empieza lo bueno. 

Recuerda votar y/o comentar. ¡Muchas gracias por el apoyo!

¡Hasta luego, besos!

Inolvidable || Rebelde WayHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora