(CORRIGIENDO)
A Laia Martín y a su familia les sale la oportunidad de mudarse a Argentina por cuestiones laborales, la cual aceptan sin pensárselo mucho.
Allí asistirá a un colegio pupilo lleno de gente adinerada y muy caprichosa; al principio no l...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Era agotador tener que lidiar con cierto tipo de gente en ese colegio, en concreto, gente como Pablo Bustamante. Simplemente, era intolerable. Aunque, para mi gran suerte, desde el encontramiento en la cafetería de hacía un par de días, no había vuelto a molestarme. Tal vez mi amenaza hizo efecto, a lo mejor fue la de Manuel, pero lo importante era que no lo había vuelto a hacer. Que eso era lo mejor para todos, pues no quería que se me escapara un guantazo y luego la que tuviera problemas fuera yo. No. Por mis santos ovarios que aguantaría en ese colegio.
Hoy, viernes, era mi día favorito de la semana. El fin de semana estaba a la vuelta de la esquina y, además, era el único día de la semana que podíamos asistir a clase con la ropa que quisiéramos. No estaba muy incómoda con el uniforme, pero agradecía poder ponerme la ropa que quisiera. Siempre y cuando —tal y como Dunoff se aseguró de estipular—, con ciertos límites, pues estábamos en una institución prestigiosa.
Andaba por los pasillos, sin rumbo alguno, antes de que empezara la clase. Simplemente, me gustaba observar a la gente y pasar por delante de los chicos y chicas de primero y segundo. En mi viejo instituto era costumbre ir a dar vueltas por los pasillos para saltarse un poco de clase, los mayores siempre iban donde estaban las clases de los más pequeños para opinar sobre ellos o, directamente, reírse. Yo no me reía, pero sí que me creaban curiosidad.
Iba caminando cuando un niño un poco más bajito que yo y con aspecto de chulito se chocó conmigo. Llevaba una mochila que era más grande que él, todo y que, a pesar de ser de primero, no era demasiado pequeño. Debía llegarme por los hombros o algo así. Llevaba el pelo oscuro engominado hacia atrás, probablemente había visto a algún chico que lo llevaba así y se pensaba que también le quedaba bien, pero no era así.
—Hola, preciosa... ¿Tienes planes para esta noche? —dijo con un intento de voz seductora, pero aún no había hecho el cambio de la pubertad y le salió una voz chillona.
—¿Y tú eres?
¿Era normal ir hablándole a la gente de esa forma?
—El hombre de tus sueños, linda.
Vale, tenía que aceptar que el intento era bueno, pero... No. Simplemente no. ¿Qué hacía con su vida? ¿De verdad no le daba vergüenza? Porque a mí, personalmente, mucha.
—Esto... —hice un mal gesto con la cara, dejándole claro que lo único que me provocaba era repulsión— Vale.
Me di media vuelta para alejarme de allí, pues con eso ya había tenido suficiente. No quería arriesgarme a encontrar a otro de esos gremlins e intentaran cualquier cosa conmigo. Pero, a la mínima que di un paso, se puso en medio y no me dejó avanzar más.
—Ey, ey —me miró confuso—. ¿Por qué tanta prisa? Dime tu nombre, al menos, ¿no?
Me armé de paciencia y decidí ser lo más borde que pudiera, a ver si así le espantaba y no me volvía ni a mirar. Si eso funcionaba, todo quedaría como una graciosa anécdota.
—Laia.
—Laia... —suspiró— Qué bonito.
—Es un nombre común.
—Se parece a...
—¿A qué? —le miré con desagrado.
—Al nombre de mi futura esposa, qué coincidencia.
Alcé las cejas —Mira qué bien.
¿Qué estaba haciendo todavía allí? Madre mía, Laia, qué poca dignidad. Una vez más, junté fuerzas para irme, pero el siguiente comentario hizo que mantuviera los pies pegados en el suelo.
—Espera, tú... ¿Tú no eres la española?
El niño se giró hacia donde estaban varios como él (pues todos iban vestidos y peinados iguales) y repitió esa frasecita varias veces. ¿A qué venía eso? ¿Acaso me conocían?
—¿Perdón?
—¿Lo eres o no?
—Pues sí. —Varios exclamaron cosas que no pude entender—. ¿Por qué preguntas?
—No, no... —sonrío, parecía como si le hubiera entrado vergüenza— Por nada.
Todos reían por lo bajo, por lo que me puse aún más nerviosa. Me acerqué un poco más a él, seria, para intimidarlo, cosa que pareció funcionar.
—No, ahora me lo dices.
—Pues... yo... Hay una...
Su grupito, más gente de primero que se sumó, se acercaron un poco más a donde estábamos nosotros dos. Cada vez me sentía más acorralada, cosa que hacía disparar mi nerviosismo. En ese momento, uno de los del fondo gritó:
—¡Que no me entere de que ese culo pasa hambre!
Una frase tontísima, diría yo. No me hubiera molestado si todos no se hubieran puesto a reír, cómplices de la broma. Me hacían sentir como que sabían algo que yo no, y estaban haciendo de ese momento un auténtico infierno.
Fue en ese momento de confusión cuando apareció Pablo. Creía que se sumaría a la multitud, pero hizo lo contrario: se posicionó a mi lado y pasó el brazo por mi cintura, acercándome a él, antes de decir:
—¿Te pasa algo con mi novia?
El niño que había hablado conmigo desde el principio se puso tenso. Supongo que si lo amenazaba yo, le daba igual, pero si lo hacía Pablo... Ya era otra cosa.
—Yo...
—¿Tú, qué? —le cortó, molesto.
—Tampoco te pongas así, no sabía que era tu novia.
—Pues ahora ya lo sabes.
—Perdón, joder —estaba asustado, se le podía notar en la voz.
Estuve tentada de decirle a Pablo que lo dejara estar, pues tampoco había pasado nada y no quería crear polémica. Pero cuando vi que los otros seguían riéndose por lo bajo sin apenas disimular, le dejé hacer.
—Aviso —comentó el rubio, molesto—, que se entere todo el mundo. Como alguien se vuelva a reír de ella, lo mato. ¿Queda claro?
Parecía que nadie iba a estar en contra, pero de pronto un grupito aún más chulitos que el primero salieron a su rescate.
—¿Nos vas a decir tú lo que hacer o no?
—Sí, ¿algún problema? —Los ojos de Pablo parecían que iban a matar a alguien.
—¿Tú y cuantos más, nos vais a matar?
—Bueno —Tomás salió de la nada, sumándose al conflicto—, él, yo y los que hagan falta. ¿Quién quiere comprobarlo?
Justo entonces sonó el timbre, haciendo honor al dicho "salvados por la campana", porque, literalmente, les salvó. Creo que esa gente nunca había tardado tan poco en entrar en clase.
El pasillo se despegó y Pablo quitó al fin la mano de encima de mí. Ambos empezaron a andar hacia nuestra aula, pero yo no podía: todavía estaba en shock. Cuando reaccioné, caminé con prisas para alcanzarles y suplicarles que me ayudaran.
—¿Qué se supone que ha pasado ahí?
Tomás se relamió los labios, mirando al frente, sin parar de caminar. En cambio, el rubio, decidió contestar algo que era más que obvia:
—Te ayudamos a deshacerte del tonto ese.
—Ya, muchas gracias, pero de eso ya me he dado cuenta. Pero no me refería a eso.
—¿Entonces? —preguntó Tomás, haciéndose el distraído.
—¿Por qué se reían de mí?
Ambos se encogieron de hombros, justo al mismo tiempo.
—Nosotros qué sabemos, pregúntales a ellos.
Pablo, al terminar de decir eso sin siquiera mirarme a la cara, compartió una mirada cómplice con su amigo. Fue entonces cuando me di cuenta de que me mentían.
—Eh —les llamé, haciendo que pararan de andar y me prestaran atención—. Vosotros lo sabéis.
Tomás me miró, al parecer, con pena.
—No, no lo sabemos.
—Sí —aseguré, observándolos directamente a los ojos para darles un poco de lástima—, lo sabéis. Decídmelo, por favor.
Ambos se pusieron nerviosos, lo pude notar al instante. Pablo se lamía los labios y Tomás se rascaba la nuca, estaba claro. Este último fue el más valiente y decidió hablar primero:
—A ver, Laia... Hay... Pasaron...
—¿Qué? —me impacienté.
—Díselo tú, Pablo. Tú tienes más tacto para estas cosas.
—¿Yo? ¡Sí, hombre, me pasas el marrón a mí!
—¡Queréis decídmelo de una vez! —el corazón estaba a punto de explotarme de los nervios.
El rubio cerró los ojos para coger fuerzas y hablar.
—Hay fotos de tu culo circulando por todo el colegio.
Un gran silencio invadió el pasillo, pues los dos chicos estaban esperando una respuesta de mi parte y yo no podía hablar.
—Yo... —balbuceé.
—Tú...
—¿Y quién las ha pasado?
—No se sabe, pero las consiguió uno de segundo que...
—¿Qué? —me impacienté al ver que Tomás no terminaba la frase.
—Pues que juega al LOL con uno de tu antigua escuela y...
—Y las han ido pasando, claro.
—Sí —Tomás se mordió las uñas, incómodo, para seguidamente añadir—. Pero no te preocupes, tu... tu culo sale bien.
Pareció intentar consolarme, pero, desde luego, solo había empeorado la situación.
—¿Vosotros también las habéis visto?
Ellos se miraron dudosos.
—Sí... Pero...
—¡Joder, joder, joder!
Me arrinconé a la pared con la cabeza apoyada en ella, deseando que la tierra me tragara. ¿Por qué tenía que sucederme eso a mí? ¿Cuántas posibilidades había de que el imbécil ese de mi escuela conociera a alguien de esta? Y encima, no tuviera mejor idea que pasar esas fotos. Si es que ya lo había dicho yo un montón de veces, con pajeros no hay que hablar, que luego pasa lo que pasa.
—Tranquila, Laia —susurró Pablo, acariciándome la espalda—. Dentro de unos días nadie se acordará de esto.
—¿Y de mientras, qué coño hago? Estoy muerta de vergüenza.
No lloraba por respeto a mí misma, pues no me hacía ninguna gracia que me vieran ellos dos. A pesar de que ahora estaban siendo amables conmigo, no sabía cuando volverían a su estado normal y aprovecharían mi momento de debilidad para burlarse.
—Laia, no se te ve la cara —dijo Tomás, para, seguidamente, tocar mi cabeza con delicadeza.
—Claro.
—Ya, pero... Todos saben que soy yo.
—¿Y qué?
El rubio se puso serio, sujetándome la cara para obligarme a mirarle. Con el pulgar, quitó una pequeña lágrima que caía por mi mejilla y negó varias veces con la cabeza.
—Si estás buena, estás buena —aseguró él, para animarme—. Es una putada, me imagino, pero ya no se le puede hacer nada. Lo único que hay que hacer ahora es levantar cabeza y aceptarlo.
—Eso es —concordó el moreno—. Si quieren mirar tu foto, pues que la miren. Solo es un culo, todos tenemos de eso. Y sí, hay gente asquerosa, pero...
—Pero nosotros les pegamos y ya está.
Eso hizo que se me escapara una pequeña risa, pues me estaba gustando eso de sentirme protegida, aunque solo fuera durante un rato. Agradecía que estuvieran allí para apoyarme, porque eran de gran ayuda.
—Chicos —Mancilla apareció, preocupado, seguido de Marizza.
—Profe, ahora íbamos —se excusó Pablo—. Pero Laia ha tenido un problema y...
—Ya me lo ha contado Marizza —se pasó la mano por la frente, intranquilo—, así que está todo bien. No os he puesto falta ni nada.
—Gracias —le miré fijamente.
—Chicos, id a clase que Laia y yo ahora vamos.
Antes de marcharse, Marizza me dijo:
—Perdón, me he enterado hace poco y no te lo he podido decir hasta ahora. ¿Estás muy mal? ¿Necesitas algo?
Yo miré a los chicos, quienes la esperaban. Luego pasé la mirada hacia Mancilla, quien, no sé por qué, me transmitió una seguridad enorme.
—Estoy bien, no te preocupes. Gracias.
Él me llevó a una aula vacía, para poder conversar con tranquilidad. Me seguía dando vergüenza hablar sobre eso, pero, lo bueno, era que él era imposible que hubiera visto las fotos, así que me tranquilizaba un poco. Hablamos un poco por encima de como me sentía, pues, no había mucho que decir. Me sentía mal, obviamente, pero no se le podía hacer nada.
Mancilla me aseguró que ya había hablado con el equipo directivo sobre el problema y que iban a investigar para encontrar al responsable de la filtración. Cuando lo cercaran, lo castigarían justamente. Así que no se podía hacer nada más, solo esperar. Pero, lo bueno era que habíamos acudido a los adultos, que era la solución para estos casos. Estaba completamente complacida de que un profesor me hubiera tratado tan bien.
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
¡Hola! ¿Qué tal?
Bueno, aquí os dejo un capítulo un poco diferente a los otros. No es tan de cachondeo, sino un problema que le pasa a muchas chicas actualmente. Este capítulo es un poco más personal, pues me pasó algo parecido. Así que deciros que si algún día os pasa algo como esto, no dudéis en pedir ayuda y denunciar. Porque el hecho de callármelo, hizo que se lo hiciera a más chicas, y eso no puede ser. Alzad la voz y no tengáis miedo de decir las cosas, siempre habrá alguien dispuesto a ayudarte.
Espero que os haya gustado, recordad votar y comentar.