(CORRIGIENDO)
A Laia Martín y a su familia les sale la oportunidad de mudarse a Argentina por cuestiones laborales, la cual aceptan sin pensárselo mucho.
Allí asistirá a un colegio pupilo lleno de gente adinerada y muy caprichosa; al principio no l...
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Por fin era sábado. Me había pasado toda la mañana en la cafetería sirviendo mesas, y se suponía que esta tarde debía volver. Pero no pensaba hacerlo, porque había quedado con Sonia y el fotógrafo para hacer la sesión. Yo ya había preparado el terreno, como buena actriz que era: delante de mi encargada y compañeros me había quejado de los fuertes dolores de cabeza y mareos que sufría. Además, me tropecé varias veces simulando perder la conciencia durante un mini segundo. Si todo salía bien, me proclamaría actriz de Hollywood.
Después de comer, fui a mi habitación con prisa para aprovechar que no había nadie allí y llamar al trabajo. Empecé a contar todos mis dolores y que, con mucha pena, no podría ir esa tarde. Sin embargo, la encargada no fue tan empática como a mí me hubiera gustado.
—Esa actitud no es la correcta, Laia.
—Lo sé, y lo lamento mucho. Pero no puedo levantarme de la cama: tengo mareos muy fuertes. Me sabe fatal pedirte faltar hoy.
—¿Sabes que te estás jugando tu puesto, verdad?
—Sí, sí. No volverá a ocurrir, lo prometo.
—Ya, pero este mes ya has faltado muchos días. No puedo tolerar esto.
—Vamos, Virginia —me alteré un poco ante su poca humanidad—. ¡Estaba en el hospital! Está claro que no podía ir a trabajar.
—Ese no es mi problema.
Yo suspiré, exhausta. ¡Era el primer día que faltaba! No estaba siendo justa. Aunque sabía que, si llevaba el caso a los superiores, lo verían igual que ella. El mundo solo quiere robots, no personas, así que no pueden entender causas como esta.
—Por favor, dame una oportunidad. No volverá a pasar, de verdad.
—Laia...
—¡Haré horas extras, si es necesario! Haré lo que me pidas.
Estaba con mi teléfono en la oreja, esperando una respuesta. Virginia no contestaba, suponía que se lo estaba pensando. Solo podía rezar para que bajara Dios y me ayudara, porque si no me quedaba sin puesto en ese mismo momento.
—Está bien pero...
—¡Gracias, gracias, gracias! ¡Lo compensaré, te lo juro!
—Y tanto que lo harás —aseguró, con seriedad—. Ya hablaremos.
Y colgó sin decirme adiós siquiera. Pero me daba igual, yo estaba demasiado feliz en ese momento como para preocuparme por eso. ¡Podría hacer la sesión con Sonia, y Sol se moriría de envidia! Era todo positivo.
Me dirigí a la cafetería para tomarme un café y así hacer tiempo hasta la hora acordada con el fotógrafo. Estuve hablando con Pilar, quien parecía estar pasando por un mal momento por culpa de sus problemas con los compañeros del curso. Se sentía sola, así que no dudé en intentar que se sintiera un poco más querida. Hablamos de muchas cosas del colegio y pude observar una mejora en su estado de ánimo. Pilar me caía bastante bien, no entendía por qué casi nunca me hablaba. Tal vez le daba vergüenza, no lo sabía.