(CORRIGIENDO)
A Laia Martín y a su familia les sale la oportunidad de mudarse a Argentina por cuestiones laborales, la cual aceptan sin pensárselo mucho.
Allí asistirá a un colegio pupilo lleno de gente adinerada y muy caprichosa; al principio no l...
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—¿A qué te refieres con eso? —pregunté confusa.
¿No se refería a Pablo? ¿Tal vez hablaba de... de mí? Eso era imposible. No. Podía ser el intendente de la ciudad, pero no podía echarme del país así como así, ¿verdad...? Me negaba a creer que dentro de un ser humano pudiese acumularse tanta maldad.
—Oh, nada, nada. No me refería a nada en concreto —se hizo el despistado—. Solo digo que las cosas no quedarán así. Pablo es mi hijo; por lo tanto, tiene la obligación de obedecerme, y si hay alguien que se interpone en mi camino... Tendré que hacer algo al respecto.
—¿Me estás amenazando, Sergio?
Ni siquiera me esforzaba en ocultar mi rabia. Ese hombre era de lo peor.
—No, ¿cómo voy a hacer eso? Si el problema no es contigo, Laia. Me pareces una chica estupenda y muy inteligente.
—Entonces, ¿cuál es el problema? ¿Te molesta que tu hijo sea feliz?
Sergio bufó, cansado. Pablo lo miraba con ira, impotente de no poder actuar frente a él. Yo intentaba descifrar qué era aquello que tanto le molestaba y por qué tenía tan poca estima hacia su hijo.
—¿Sabéis qué? No voy a perder más tiempo discutiendo con unos críos que no entienden nada. Cuándo seáis mayores, ambos comprenderéis que esto era lo mejor para vosotros e incluso me lo agradeceréis.
—No voy a agradecerte que te hayas metido en mi vida privada, y menos que me des órdenes —repliqué enseguida, furiosa.
—Lo harás; tanto agradecérmelo en un futuro como obedecer en un presente. Y si no es por las buenas... Será por las malas.
Tan pronto como terminó de pronunciar la última palabra, emprendió camino hacia la puerta sin siquiera echarnos una última mirada o, por lo menos, despedirse. Enseguida le agarré la mano a Pablo, quien se secaba las lágrimas rápidamente, avergonzado de aquella situación y de llorar frente a mí. Ni siquiera se me ocurrió nada para consolarlo: estaba en shock. No entendía qué era lo que iba a suceder en ese momento, y mucho menos sabía cómo actuar.
—No te preocupes, Laia —dijo Pablo, una vez terminó de llorar. Acto seguido, me dio un beso en la frente—. Lo solucionaremos.
A mí solo me venía a la cabeza una cosa:
—No puede echarme del país... ¿Verdad?
Pablo hizo silencio y no me hizo falta nada más para comprenderlo todo. Claro que podía. Era el hombre con más poder de la ciudad y si quería me hundía la vida. Decidimos con tan solo una mirada que lo mejor era no hablarlo en ese momento, que si hacíamos como si no fuera a pasar, tal vez el dolor sería menos. Si comentábamos lo que había sucedido... ambos nos derrumbaríamos. Iniciamos camino hacia clase, donde nuestros compañeros nos recibieron como siempre.