37. Una Visita Inesperada

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Abril

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Abril

Estoy en mi despacho haciendo tablas de estadísticas. Es aburridísimo, pero necesario para ver cómo marcha el equipo. Estamos clasificados para los cuartos de final de la Champions y en Liga vamos segundos, a la espera de un tropiezo de la Real Sociedad, que este año va líder de la clasificación. El Real Madrid ha remontado hasta un meritorio tercer puesto después del desastre del inicio de Liga. Y todo gracias a Marco Asensio, un gran acierto como entrenador.

Algo que yo ya sabía, y no porque sea mi padre, sino porque como entrenador es la hostia. 

Suspiro al pensar en los últimos días con Mario. Anoche me llevó a cenar a las afueras de Madrid, a un restaurante en plena sierra, y después me quedé a dormir en su casa. Cada vez paso más noches con él, y es así porque me lo pide, y joder, yo no voy a negarme. 

En las concentraciones nos respetamos, aunque el besito de buenas noches antes de irnos cada uno a nuestra habitación no nos lo quita nadie. Entre nosotros han cambiado mucho las cosas, hasta el punto de que hemos vuelto a cenar con Koke y Clara y, esta vez, ha sido diferente. Incluso Mario me ha dicho que se lo pasó muy bien con ellos. 

Algo que me alivia y si, me da hasta esperanzas. 

Esperanzas de algo más con él, algo un poco más sólido. Pero tengo paciencia. No quiero forzar nada ni que Mario se agobie, aunque últimamente de agobiado no tiene nada. En la mayoría de ocasiones es él quien me propone ir a sitios o hacer esto y aquello. Sonrío pensando en él hasta que el teléfono de mi despacho suena, sacándome de mis pensamientos.

—Dígame —digo, contestando muy alegre.

—Perdone que la moleste, señorita María. Soy Pedro, de recepción.

—Dime, Pedro.

—Hay aquí una señora que dice que es la madre de Mario Hermoso y quiere verlo.

Abro los ojos como platos y me llevo las manos a la boca, estupefacta. Lo último que esperaba esta mañana es que la madre de Mario apareciera en la Ciudad Deportiva. Nunca la he visto ni he escuchado hablar de ella. Mario nunca habla de su madre, y yo no pregunto. Recuerdo que cuando él tenía diecisiete años se fue a vivir con Marcos y Maya durante bastante tiempo, pero no sé nada más.

Y en nuestra casa o en la de mi tía Maya, no se habla de ello. 

—Es que no sé qué hacer, señorita, y como la plantilla aún está entrenando... —me dice él, notando en su voz lo nervioso que está. 

—No te preocupes, Pedro, ya me encargo yo. Voy para allá.

—Se lo agradezco, señorita.

—Y, Pedro... llámame María, por favor.

—Oh, sí, claro.

Salgo de mi oficina bastante inquieta. No tengo ni idea de qué hace la madre de Mario aquí. 

No logro olvidarme de tu boca (Cross 5)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora