61. La suerte es mia

2.6K 135 14
                                        

Diciembre

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

Diciembre

Silencio.

Es lo único que hay ahora mismo a mi alrededor. Y me da miedo.

Miedo porque es la primera vez en un mes que no se oye nada. Ni un grito. Ni un sollozo. Nada. 

Pongo la mano con cuidado sobre el pecho de mis bebés, aliviándome al comprobar que respiran. Es otra de mis obsesiones. Vigilar que lo hagan.

Estoy más de cinco minutos mirándolos, y para cuando me decido a alejarme de sus cunas, un intenso escalofrío recorre todo mi cuerpo y me dejo caer en el suelo, bien cerca del sofá.

Hay muchas cosas por medio que son de ellos, y yo también estoy hecha un desastre. No me da tiempo ni a ordenar la casa, y mucho menos a ducharme tranquilamente. Necesito cortarme el pelo ya. Y además tengo que empezar a preparar la cena porque Mario está a punto de llegar del partido que ha jugado fuera.

Miro a mi alrededor: la ropa de los niños tirada por todas partes, las minicunas, el cambiador, la ropa que acabo de recoger del tendedero y que todavía tengo que doblar. Entonces me acuerdo de que también tengo que poner otra lavadora. 

De repente siento como si me faltara el aire. Me echo a llorar. No tengo fuerzas para nada. No sé cuánto tiempo llevo así, porque ni siquiera me doy cuenta de que Mario acaba de entrar por la puerta. Cuando me ve, viene corriendo hacia mí, muy preocupado.

—¡María! ¿Qué te pasa? ¿Están bien los niños? —pregunta mientras me sujeta de los brazos y se deja caer a mi lado en el suelo.

—Oh, Mario... —me abrazo a él con fuerza y dejo que me rodee con sus brazos, dándome justo lo que siempre necesito: calma y seguridad.

—Pecosa, ¿qué pasa? Cuéntamelo, por favor —Mario me acaricia la mejilla con suavidad, mirándome con mucha preocupación.

—Estoy cansada —le digo sin dejar de llorar—, muy cansada. No me da tiempo a hacer nada. Tengo que hacer la cena, recoger la ropa, planchar, limpiar... no puedo, Mario, no puedo más. Me siento inútil...

—Ay, María... —Mario me seca las lágrimas con los dedos—. Mucho estabas tardando en venirte abajo. Cariño, no te preocupes por todo eso, de verdad. Eso es lo de menos.

—Mario, si no me da tiempo ni a ducharme. Hoy ni siquiera he podido hacerlo. Esto es agotador. Me siento fatal. Cada vez que los oigo llorar el corazón se me acelera y salgo corriendo para ver cómo están... no puedo con todo...

—Y no tienes por qué poder con todo, María. Esto es duro, ya lo sabíamos. Pero no siempre va a ser así. ¿Por qué no me lo habías dicho antes?

—Porque no quiero agobiarte. Tienes que descansar. Si luego no rindes en el entrenamiento o en el campo... sería lo que te faltaba, con lo bien que te está yendo.

No logro olvidarme de tu boca (Cross 5)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora