Mario hermoso está cansado de que las mujeres lo utilicen. En su vida hace mucho tiempo que no hay sitio para el amor. Después de un matrimonio fallido, juró que jamás volvería a casarse y mucho menos entregarle su corazón a nadie. Aunque a la única...
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Ya me molesta todo.
Las luces.
La gente.
La maldita música.
Llevo sin dormir en una cama más de nueve horas seguidas y mi cuerpo lo pide. Lo necesita.
—¿Y por qué no podemos irnos ya? —le pregunto a María, a quien tengo tomada de la cintura, apoyando mi barbilla en su hombro.
—Porque acabamos de llegar, Mario —contesta, regañándome—. Esta fiesta es para vosotros, para los ganadores de la Champions. Estaría feo que nos fuéramos tan pronto.
—Es que no quiero estar aquí —me quejo de nuevo, alzando la mano para acariciar su mejilla mientras me separo de su cuello, aunque no de ella.
—¿Y dónde quieres estar?
—Ya lo sabes —acerco mi boca a su oído y siento cómo su cuerpo se estremece cuando mis labios se deslizan por su cuello—. En nuestra cama. Desnudos. Haciendo lo que quieras.
—No sé ni para qué me molesto en preguntar.
—Me encanta lo mucho que me conoces, amor.
—Es que contigo eres muy obvio.
Hoy ha sido una jornada agotadora y llena de emociones. Primero, las visitas a la Comunidad y al Ayuntamiento para presentar la Champions; después, el cierre de la celebración en el Wanda. Estoy rendido. Solo pienso en que llegue el miércoles. María y yo nos vamos de vacaciones. No le he contado el destino, quiero que sea una sorpresa, y estoy seguro de que le encantará.
Hace un rato terminamos de cenar todo el equipo en un restaurante del centro y ahora estamos en una discoteca enorme celebrando el final de fiesta. María está espectacular con ese vestido negro ceñido. No puedo apartar la mirada: su figura, el corte del vestido, su escote... en realidad, todo en ella me tiene completamente atrapado.
Estamos acomodados en un sofá. Ella se sienta sobre mí y yo deslizo la mano por su muslo descubierto, disfrutando de cada segundo. Nos miramos fijamente y, casi sin darnos cuenta, sus labios encuentran los míos con urgencia. El beso es intenso, impaciente. Siento cómo su boca vuelve a la mía una y otra vez, y se me escapa un gemido ahogado. Enredo los dedos en su pelo y tiro suavemente para acercarla más, para profundizar el beso. La deseo con una fuerza que me sorprende; tengo hambre de sus besos, de su abrazo, de sentirla pegada a mí. María despierta en mí algo que nadie antes había conseguido despertar.
—Parecéis dos adolescentes enrollándoos en la parte oscura de la discoteca —se burla Saúl, sentándose a nuestro lado.
—¿No hay por ahí ninguna tía que se haya quedado hechizada con tu belleza? —le pregunto, gruñéndole y, sí, deseando que se vaya y nos deje solos para poder seguir besando a mi chica.
—La verdad es que no —responde Saúl, encogiéndose de hombros.
—Deberías pasearte por la parte de abajo y exhibirte. Seguro que alguna cae. Ser campeón de Europa da mucho morbo.