CAPÍTULO 41

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Leah

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Leah

—¿Estas mejor?

—Sí, supongo —respondo encogiendo mis hombros.

Estamos a punto de entrar de nuevo a casa de mis padres. Primero, porque al parecer soy masoquista, y segundo, porque mis hermanos insisten en que debo hablar con ellos y cuando no lograron convencerme, alegaron que todas mis cosas estaban aquí y que debía venir por ellas porque ellos no me las traerían.

Hijos de p...

En fin, terminé accediendo a venir ya que sin mi pasaporte y mis tarjetas no puedo hacer nada. No es que mi hermano me estuviera corriendo de su casa, solo que... ¡Soy una idiota! ¿Para qué vine aquí en un inicio? Nada de esto estuviera pasando. Suspiro cuando Leo abre la puerta con su llave y entramos.

No dramas.

No peleas.

No conflictos...

—Leah, tenemos que hablar —la voz de mamá logra su cometido al querer sacarme de mis pensamientos. Ya iniciamos mal.

—Solo vine por mis cosas, yo...

—Nada, tú y yo al despacho de tu papá —ordena.

En impresionante la forma en la que las personas afrontan sus equivocaciones. Es como si justificara su trato hacia mí con el simple hecho de que es mi mamá. Hay que hacer lo que sea que digan solo porque son nuestros padres, incluso...Si están equivocados.

—No.

—¿No? —pregunta con el ceño fruncido.

—Hace tiempo que no tienes poder sobre mí, y no pienso caer de nuevo, mamá —veo como sus palmas de vuelven puños cerrados— Voy a tomar mi maleta para irme y hacer como si nunca hubiera estado aquí ¿Ya lo olvidaste? Según tú, debía olvidarme de mi familia, y al parecer solo debía olvidarme de ti —arrastro la última palabra.

No quería llegar a estos extremos, pero si la frialdad que me faltó de niña la debo usar ahora pues, que así sea. Mi madre no dice nada, y oigo como mis hermanos tratan de reprenderla por su comportamiento hacia mí. Uno esperaría que tuviéramos un épico reencuentro, donde hiciéramos las paces para poder ser felices por siempre, pero no, el mundo real no funciona de esa manera, no siempre las cosas pueden funcionar aunque uno quiera.

Ni siquiera desempaqué. Solo guardo la poca ropa que tenía afuera y tomo las cosas de mi escondite. Bajo la maleta de la cama, y cuando me tumbo en la misma, mirando al techo, contengo las ganas de llorar que me han estado invadiendo desde que llegué.

No es normal, aunque yo estuviera más que afectada, no es normal que mis emociones estén tan descontroladas, no tiene sentido. Al igual de que en un momento me estoy muriendo de hambre y luego todo me repele.

Es extraño...

—Hija.

Levanto mi vista y la veo.

Inefable (Editando)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora