Leah Moore es la perfecta definición de libertad e independencia. Aunque muchos la acusen de egoísta por haber abandonado todo para encontrar su felicidad.
Nathan Rymer es descarado y seguro de si mismo como nadie lo ha sido. La música es su pasión...
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Leah
—Cuando no estoy durmiendo, estoy follando con Nate. No soy una embarazada problemática —admito a Shane haciendo que ruede los ojos.
Es raro aceptar que estoy embarazada, y más si la barriga aún no se me nota. Llevo de nuevo la fritura a mi boca, sonriéndole a Shane antes de tomar la Coca-Cola que me dio. Él cree que debería dejar un poco la comida chatarra por el bebé, y le aseguré que sería la última vez. No se queja, pero me mira con ojos entrecerrados.
—¿Ni siquiera vomitaste?
—Nop, soy afortunada.
—O seguro el bebé está esperando el mejor momento para hacer su entrada triunfal, con vómito incluido —hace una teoría.
No, mis bebés están tratando muy bien a su mami.
—¿Puedo preguntarte algo? —cambio de tema cuando recuerdo por qué vine a visitarlo.
Asiente distraídamente, mientras sigue concentrado en su tabla de diseño. También tengo una, de hecho Shane me enseñó cómo usarla y me dio pequeños cursos para aprender un poco. Él nunca niega compartir sus conocimientos sobre... pues lo que sea en realidad. Cada que puede está enseñando o aprendiendo, es parte de su personalidad y la verdad es que me gusta mucho que sea así de dedicado. Aunque no se fue por la rama de enseñanza, como sus padres, él ha heredado ese talento y esa pasión.
—¿Me puedes dar el número del detective privado que contrataste hace tiempo? —su ceño se frunce y quita la vista del equipo, para mirarme.
—¿Para qué lo quieres?
—Para pedirle una cita ¿Cómo que para qué? Necesito buscar a alguien y quiero a alguien de confianza. Como ya ha trabajado contigo creí que me lo recomendarías —le explico mientras dejo caer mi cuerpo en el sofá.
—A ver, es muy bueno en su trabajo, y más por el tema de la discreción. A lo que me refiero es a qué...es decir ¿A quién quieres buscar?
—A una amiga que no veo desde hace años.
—Va, no podrías ir como una persona normal y buscarla en una de sus redes sociales y mandarle un mensaje.
—¡Ya lo intenté! No aparece. Es como si estuviera fuera del mapa, y eso hace que me preocupe.
—Pero... —trata de decir.
—¡Me siento culpable! Después de la graduación perdí todo contacto con ella. La última vez que la vi, ella se fue en un vuelo a buscar a su único familiar vivo, dijo que era su tía, hermana de su madre. La trabajadora social logró ponerlas en contacto —suspiro— Prometió ponerse en contacto conmigo, pero eso nunca pasó.
Hurgo en la bolsa de frituras y no encuentro nada. Me frustro aún más, por lo que me levanto de golpe.
—Primero que nada, cálmate y deja de llorar que todo estará bien. Esos cambios de humor no le hacen bien al bebé, tienes que estar serena, en calma —se quita los lentes y los deja sobre la mesa. Levanta sus manos hacia mí en señal de paz y frunzo el ceño al no entender de qué está hablando. Cuando me doy cuenta de que estoy llorando suelto un maldición. Son las hormonas, por el embarazo. Tal vez mis bebés no están provocando vómito ni mareos, pero si ando muy sensible.