Leah Moore es la perfecta definición de libertad e independencia. Aunque muchos la acusen de egoísta por haber abandonado todo para encontrar su felicidad.
Nathan Rymer es descarado y seguro de si mismo como nadie lo ha sido. La música es su pasión...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Leah
—Levántate.
—Vete al infierno —gruño mientras me aferro a las sábanas.
—Yo también te amo, preciosa —responde en tono burlón— No sé si recuerdas que cierta señorita me dio el permiso de interferir en su sueño...
—Permiso revocado —se ríe para luego quitarme la sábana del rostro y comienza a dejar besos por mi muy adormecido rostro— No vas a endulzarme con eso. Te amo, pero dormir es una prioridad, no lo digo yo, lo dice la ciencia.
Se aleja enarcando una ceja.
—¿Conque la ciencia, eh? —bostezo mientras me giro al lado contrario.
—Eh, sí, ya sabes, ochos horas y así... y siendo el responsable de que no cumpliera con esas ocho horas, estás en la obligación de dejarme descansar.
—Tenemos que ir a casa de tus padres, debemos ir por tus cosas, no podemos perder el vuelo.
—Eres dueño del jet. Que se espere.
—Creo que te estoy malcriando.
Sonrío contra la almohada y me giro, sentándome en la cama. Envuelvo la sábana sobre mi pecho para cubrirlo.
—Dame dos minutos, mi rey.
—Así me gusta, obediente.
Lo miro con ojos entrecerrados mientras él se levanta riendo por mi expresión y me informa que preparará el desayuno mientras me espera. Me levanto sonriendo como idiota enamorada hasta llegar al baño, donde me encargo de volver a ser una persona decente.
No tengo rastro de ojeras a pesar de que es cierto que no me dormí muy temprano ayer. Mi cabello está hecho un desastre de nudos, los cuales me encargo de peinar para desenredarlos. Por suerte no tengo rastro de baba, eso hubiera sido vergonzoso, no por que lo haga con frecuencia, sino porque Nate me hubiera visto.
Al quedar un poco complacida con mi aspecto me apresuro a terminar con mis necesidades para al final cepillar mis dientes. Creo que al estar acostumbrada a siempre ducharme con agua caliente, me pasa factura cuando, al vestirme, siento mucho calor. Pero esto es normal en un clima texano. Salgo de la habitación y me dirijo al lugar en donde Nate se encuentra preparando el desayuno. Lleva unos simples vaqueros que obviamente le quedan increíbles, acompañados de una camisa negra.
—Buenos días —le digo y me acerco a él para darle un beso.
Dejó lo que hacía y me correspondió, tomándome de la cintura. Él finaliza el beso cuando ninguno de los dos puede respirar bien, muerde mi labio inferior antes de que nos separemos.
—Buenos días —me sonríe sin apartar su mano de mi cintura.
—¿Qué cocinaste?
—¿Te gustan los huevos revueltos? —asiento y me libera para que pueda sentarme.