Quiero olvidar algo inolvidable

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-¡Joder! A ver si tenemos cuidado, ¿no? -me grita alguien en- furecido. Yo levanto la mirada. ¿Quién coño se habrá creído esta cretina? Me topo de frente con unos ojos marrones enormes y con unas pestañas infinitas. Ella me mira con una chulería desespe- rante, y yo siento unas ganas impresionantes de... bajo la mirada hasta sus manos. Su fruncida camisa fucsia tiene una gran mancha a la altura del estómago, sostiene una taza de café del Starbucks medio vacía en la mano izquierda y con la derecha se separa la camisa del cuerpo. Yo sonrío: «Eso por idiota». Luego me acuerdo.
-¡Mierda! ¿Por qué no has tenido cuidado tú, eh? ¡Coño! Me has manchado el libro.
-¡Y tú mi camisa!
-¡Ah, claro! Que vale más una camisa de mierda que un buen libro, ¿no? -ella me atraviesa cada vez más colérica. Veo cómo sus mejillas se encienden poco a poco. Me resulta graciosa, es tan patética y... atractiva. ¡Joder! Esta tía realmente es guapa. ¡Joder! Pero ¿qué dices?
-Mira, mira, mira... -comienza a trabarse a causa del mosqueo que lleva encima.
-¿Qué miro? Por mucho que me esforzase, no vería más allá de la típica niñata superficial y materialista que se cree que, por tener un culo tremendo, puede conquistar el mundo -sí, sí que puede.
-Pero ¿y tú quién te crees para hablarme así?
-¿Perdone? ¿Es usted el señor Rodríguez? -interrumpen. Yo asiento-. Soy Roberto Méndez. Disculpe que les interrumpa, pero me gustaría que lo hiciésemos cuanto antes, voy muy justo de tiempo -comenta, manteniendo el secretismo. Yo no sé qué contestar, llevo alrededor de un mes intentando mentalizarme para este momento, y lo había conseguido. Pero ahora no sé qué decir, es la decisión de mi vida. ¿Cuánto tiempo habré deseado acumu- lar el valor suficiente para hacer esto? Y ahora, ahora que lo tengo, no sé qué hacer. «¡Imbécil, eres un imbécil!». El hipnotizador me mira, luego a ella. Yo sigo el rumbo de su mirada, y de pronto, marrón, mucho marrón. Me pierdo en sus ojos, siento como si estuviese en el borde de un abismo y estuviese a punto de caer, ella me empuja, me empuja hacia el no. No, no, no. Me taladra la cabeza poco a poco. «Te gusto». «Te gusto». «Te gusto». Que no, que no me gustas, estúpida. «Te gusto». Una vez más, ella que se va, Méndez que me mira. Mi vida y... mi vida. ¿Por cuál decidirme? ¿Sabes esos momentos que tan solo duran un segundo y se te ha- cen eternos, o esos otros que se te hacen tan sumamente cortos y decisivos, sin tiempo para pensar? Este es uno de ellos.
-No, no necesito su ayuda.
-Pero... -y yo desaparezco en busca de esa extraña, detrás de mi futuro. Cojo el libro de hipnosis y lo tiro en la primera pape- lera que encuentro, me vuelvo a voltear para mirar a Méndez por última vez antes de desaparecer engullido por aquella marabunta humana. ¿Cómo renunciar a ello? En este momento, todo está claro, y me parezco tan idiota... Tal vez necesite un par de ojos marrones y enfurecidos sobre mí para renunciar a dichas decisio- nes, tal vez necesite de su chulería para frenar, para aflojar una marcha. Qué idiota, definitivamente he sido un idiota al pensar en ello. ¿Cómo cometer esa idiotez? ¿Cómo pagar por olvidar esa sensación, el amor?

Noemi A.G

Un libro y un caféDonde viven las historias. Descúbrelo ahora