Burbuja de cristal

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Y ahí estabas tú. Mirando distraído por la ventana el caer de las hojas de aquel octubre.

—Un capuchino, por favor —decías todos los días al entrar a la cafetería, justo antes de sentarte en tu mesa de siempre.

Admiraba tu esencia, tu carácter, todos aquellos pensamientos que se revolvían en tu pequeña cabecita loca. Sin saber cómo, construía puentes hacia islas imaginarias donde el abrigo de los árboles nos ofrecía a ambos un cómodo cobijo. Nada era imposible, tan solo había que desearlo con la suficiente vehemencia.

Y me miraste, con esos ojos color miel que me estremecían desde lo más profundo de mi ser, sin poder evitarlo. Desde que te vi el primer día, encontrarnos ante una taza de café se había vuelto también mi rutina.

Nuestras miradas se cruzaron y una débil y misteriosa sonrisa cruzó tu cara. Bastaba solo una mirada para comprender cualquier movimiento, cualquier idea, cualquier desviación de nuestras mentes en aquel laberinto de colores ocres y olores otoñales.

Y a menudo me sorprendía a mí misma imaginando cómo sería tener tus dedos entrelazados con los míos. Qué sentiría al oír tu voz recitando mi nombre. Cuándo llegaría el momento de unir nuestros labios. Y que el mundo dejase de girar sobre sí mismo, olvidándonos por un instante de nuestra efímera y frágil existencia, entregándonos a todos aquellos instintos desatados que una vez con tanto anhelo contuvimos.

Y entonces te fuiste. Te alejaste tan rápido que por un breve instante me quedé ahí plantada, inanimada, absurda como una niña vestida de arlequín.

Toda nuestra existencia pasó ante mis ojos por un momento, desafiándome a pronunciar el adiós final. Pero no pude doblegarme ante la cruel expectativa de un mundo sin ti. No en ese momento, ni tan siquiera en aquel lugar.

Y corrí, siguiéndote por calles y avenidas cubiertas por un cielo gris cenizo que amenazaba tormenta. Y corrí, sin importarme todas las personas, puestos y árboles que obstaculizaban mi camino y me desmoralizaban cruelmente a mi paso. Y corrí, hasta que no quedó ni un solo recoveco en pie que no gritase a los cuatro vientos tu nombre.

Y entonces caí en la cuenta. Nunca podría encontrarte en aquel laberinto de frágil estructura pero poderosos sentimientos. Nunca podría haberme sentado contigo en aquellos bancos que, al mediodía, susurraban historias de tiempos pasados en lugares remotos. Nunca podría haber creado aquel maravilloso paraíso hecho únicamente para los dos.

¿Y por qué? Porque tú nunca estuviste allí.

Intentaste abrir las verjas que te separaban del jardín eterno, pero te fue imposible. Tus ojos nunca se cruzaron con los míos. Ni el eco pudo repetir mi nombre en lo más alto de los acantilados cuando tú lo pronunciaste.

Porque yo estaba atrapada. Cerrada a cal y canto en una burbuja, desgarrada y rota en una pequeña pero irrompible burbuja de cristal..

Haidee

Un libro y un caféDonde viven las historias. Descúbrelo ahora