CAPÍTULO XLIX

120 15 0
                                        

Reika sentía lástima por el príncipe Jungwon, si bien no lo conocía bien y no estaba muy segura sobre lo que había sucedido con el muchacho para llevarlo a tal estado de tristeza, igualmente le afectaba verlo así. Exactamente no sabía a qué se debía, sí se sentía triste o identificada con la soledad del chico, o sí sentía lástima por él por tener que cargar con el peso de manejar todo un reino desde tan corta edad, o sí simplemente era por la idea de que posiblemente tendría que pasar el resto de su vida a su lado le gustará o no. Fuera como fuera, igual tenía que admitir que ella se encontraba preocupada por Jay y supuso que si obtenía información sobre él para darle al joven príncipe, posiblemente eso lo pondría de buen humor y lo ayudaría a sentirse mejor.

Reika se encontraba escalando la montaña Aserrat para ir a sus aguas encantadas y preguntar sobre el viaje del príncipe Jay. Apenas entró a la Cueva, corrió hasta donde se escuchaba el ruido del agua caer. Observó el lugar con adoración en la mirada y al llegar a la cascada, le hizo una reverencia a sus mágicas aguas.

—Oh poderosas aguas de Aserrat, les pido que por favor me muestren al príncipe Park Jongseong de Nostriel. —Las aguas hicieron caso a su petición y en cuestión de segundos estás se volvieron un mágico espejo, cuya imagen reflejó a Jay.

El muchacho caminaba con dificultad entre una nube de arena, su rubia cabellera estaba protegida con un turbante que cubría la mayor parte de su rostro; llevaba una sucia camisa arremangada hasta los codos, sus pantalones y sus botas se encontraban desgastados, y sus brazos y cuerpo estaban cubiertos de nuevas cicatrices y golpes.

Detrás de él caminaban varios hombres y mujeres, quienes en realidad eran menos de los que habían partido aquella lejana mañana de Erontios. Todos avanzaban con evidente cansancio y tristeza, sin rumbo fijo entre la cálida y asfixiante arena.

Luego de unos segundos, Jay detuvo su andar, entrecerró los ojos y entre aquella nube de arena, fue capaz de ver algo que por un corto segundo le hizo sentir alegría.

—¡Por aquí! ¡Una cueva! —tras decir eso, él y sus soldados comenzaron a correr hacia la que parecía ser su salvación.

Cuando el último hombre entró, el chico también lo hizo. Se quitó la asfixiante máscara del rostro para dejarlo al descubierto. Se había cortado el cabello de la nuca y el que se encontraba arriba de sus orejas, el resto estaba sujeto en una coleta; su tez se encontraba bronceada y en uno de sus ojos llevaba un vendaje con una evidente mancha de sangre.

—¿Cuántos hombres quedan? —preguntó a una chica bajita y llena de cicatrices que se encontraba a su lado.

—Perdimos a varios cuando entramos al territorio, el resto fueron comida de los ranikums, ahora somos cerca de unos cien. —El chico asintió al oír esto.

Echó un vistazo encontrándose con los cansados y aterrorizados ojos de sus soldados, quienes sentían próximo su fin.

—Descansen soldados. Apenas termine la tormenta de arena seguiremos con nuestro camino —ordenó el príncipe.

Algunas personas se acercaron a él.

—Disculpe general, varios hombres se preguntan cuál es su plan. Hemos recorrido estas tierras austeras por varios días sin encontrar nada más que terribles horrores y muerte. —Jay suspiró ante sus palabras, pues él se hacía la misma pregunta todos los días.

El rubio estaba harto y cansado de toda aquella expedición, quería dar media vuelta y regresar a Erontios; notificar sobre la pérdida de tiempo y vidas que había sido aquella misión, atenderse a las consecuencias del Rey Kingyo y hacerle saber a todo Hypen que no había nada que los pudiera salvar de la guerra en esas tierras. Pero hacer eso significaba sellar el destino de todos los reinos y deshacerse de la última esperanza que tenía la gente. Ese pensamiento y aquel extraño presentimiento que tenía sobre qué había algo más en esas áridas tierras, eran lo único que lo mantenían ahí.

Cursed-Blessed {Enhypen}Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora