Capítulo 2

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Una pequeña iglesia en ruinas era el lugar donde Hestia llevó a Bell. Después de salvar a Hestia, apareció un grupo de soldados de patrulla, dirigidos por un aventurero de la Familia Ganesha, atraídos por el barullo de la pelea. Bell y Hestia le explicaron lo que había ocurrido, y los guarduas se llevaron a aquellos tipos, y el aventurero pidió disculpas a Hestia y agradeció a Bell su servicio a la ciudad, a lo que el chico peliblanco contestó que no era nada, y que solo hizo lo que debía hacerse. Después, Hestia le preguntó a Bell si tenía sitio donde quedarse, y Bell le comentóp que se hospedaba en la Anfitriona de la Fertilidad. Como era ya muy tarde, Bell decidió acompañar a su diosa a su hogar y quedarse con ella, para no dejarla sola; ya se pasaría mañana a recoger sus cosas al local de Mía.

Hestia llevó a Bell a un sector de la ciudad repleto de casas sencillas y viejas, construidas de forma desordenada en calles con múltiples giros e intersecciones, que mareaban y hacían perderse a cualquiera que no conociera la zona. Era la Calle Dédalo, la parte más pobre y antigua de Orario, construido por el legendario arquitecto a imagen y semejanza de un gran laberinto, motivo por el cual se conocía al lugar por el nombre de Laberinto de Orario. Hestia llevó a Bell a través de varias calles, hasta las ruinas de un edificio que antaño era una pequeña iglesia, abandonada hace años y con sus muros cubiertos de enredaderas y musgo.

 Hestia llevó a Bell a través de varias calles, hasta las ruinas de un edificio que antaño era una pequeña iglesia, abandonada hace años y con sus muros cubiertos de enredaderas y musgo

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-¿Vives aquí, Kami-sama?- Dijo Bell con una gota de sudor bajando por su cabeza y una sonrisa nerviosa

-Si, este lugar me lo dio una diosa amiga mía, para poder vivir por mi cuenta mientras buscaba una familia- Dijo Hestia, desviando el rostro, avergonzada -Se que es poca cosa, más bien, una cochambre, pero es lo único que tengo, lo siento. Posiblemente estés decepcionado. Que una diosa viva en un cuchitril cómo este tesulta patético- Dijo Hestia, cabizbaja. Bell, con una sonrisa, colocó su mano sobre la cabeza de Hestia, acariciándola con suavidad, lo que sacó un sonrojo de la diosa

-No te preocupes, el lugar es lo de menos, lo importante es estar juntos. Vayamos dentro, quiero ver nuestro nuevo hogar- Hestia puso una gran sonrisa ante la humildad y pureza de Bell; cada vez adoraba más a su primer hijo.

Ambos entraron a la iglesia, y Hestia llevó a su hijo por una escalera hasta el sótano del lugar, donde entraron en una estancia de techo bajo y de paredes de piedra. El lugar era húmedo y algo frío, con pocos muebles, una cama, una mesa y un par de sillones viejos y un sofá, y estos estaban viejos y desgastados. A pesar de la sencillez del lugar, en él se respiraba un aire cálido y acogedor, la sensación de estar ingresando en el hogar. Bell supuso que se debía a la bondad y calidez hogareña que desprendía el aura de Hestia. Después de todo, era la diosa del hogar.

-Me gusta, es un lugar bonito- Hestia lanzó un suspiro de alivio, contenta por qué a Bell le gustara.

-Bueno, se hace tarde. Bell-kun, voy a colocarte mi falna- Dijo Hestia, acercondase a un viejo sofá verde y sentándose en él.

La Leyenda del PretorianoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora