En el interior del Calabozo, más concretamente en el piso 12, un aventurero de ropajes negros y dos espadas estaba aniquilando hordas de monstruos a masalva. Daba igual si eran orcos, Silverbacks, Imps...todos caían como hojas secas ante una tormenta. Era algo común cuando ese chico visitaba los Pisos Superiores, una auténtica matanza continuada.
No obstante, el día de hoy, Bell mostraba una capacidad de lucha sin precedentes. Su velocidad, su destreza, su precisión...todo era inigualable. Ni un solo monstruo conseguía siquiera rozarle, pues tal era su velocidad. Solo podían sucumbir ante sus afiladas hojas, que cortaban su carne como si fuera fina seda. Y eso teniendo en cuenta que, por consejo de Riveria, no podía usar temporalmente su magia. Realmente no es que no pudiera literalmente, era más bien que no debía hacerlo, pues su uso desmedido de la magia durante su estancia en la Mazmorra de Arquitecto le provocó un colapso a causa del estrés mental que suponía la invocación continua de numerosos hechizos, y por indicación de la hechicera elfa, debía abstenerse de forzar su núcleo mágico durante un periodo de unos tres días aproximadamente, si no quería correr el riesgo de sufrir otro colapso.
También por ello tampoco estaba usando su habilidad de Tesoro del Valhalla, pues aunque requería una cantidad ínfima de maná, necesitaba tener toda la concentración posible para usarla, y su mente aún sufría los efectos adversos del estrés acumulado, lo que le impedía concentrarse lo suficiente como para invocar sus armas almacenadas en pleno combate. Menos mal que siempre llevaba sus espadas al hombro. Además, aunque Lili le caía muy bien, no la conocía aún lo bastante como para mostrar esa habilidad que muy pocos conocían, pues llamaría demasiado la atención de los extraños el que supieran que poseía una habilidad dimensional única que le permitía invocar y almacenar armas instantáneamente y de forma indefinida.
El propio Bell, aunque su cuerpo estaba algo cansado tras su paso por la Mazmorra, se sentía más fuerte que otras veces, motivado en parte por su rápida ascensión de estado. Ni el mismo se esperaba llegar a obtener toda esa evolución en sus stats, pero no iba a negar que se sentía satisfecho y pletórico por ello. Era también bueno saber que todo ese esfuerzo en aquel duro y peligroso lugar no había sido en vano. Y comparado con esos monstruos que había enfrentado allí, los habituales enemigos del Calabozo se le tornaban muy fáciles de derrotar.
Siendo sincero, una parte de él se sentía culpable. Subir en experiencia en tan poco tiempo, cuando otros tardaban años, esforzándose sin parar todo ese tiempo, le hacía pensar que era un tramposo. No sentía que estuviera jugando limpio, como si el poder fortalecerse en esas Mazmorras le estuviera dando un privilegio que los demás no tenían.
Sin embargo, tras pensarlo detenidamente un poco más, llegó a la conclusión de que era una tontería pensar así. No se podía decir que le estuvieran regalando ese poder: Había prácticamente arriesgado su vida luchando allí, contra monstruos que hubieran acabado con aventureros mucho más fuertes y experimentados que el, y en una situación más complicada, por que al menos, en el Calabozo, siempre tenías la opción de poder huir de allí, o que alguien corriera en tu ayuda, fueran aliados u otro grupo de aventureros que estuviera en la zona.
En la Mazmorra, no tenía ese privilegio. El Calabozo seguía siendo parte del mundo real; la Mazmorra era otra dimensión, de la que solo se podía salir una vez que el monstruo que ese lugar dominaba era derrotado. No había otra forma de salir de allí sino era derrotándolo, era dominar la Mazmorra o morir en el intento. Y allí, no tenía ninguna ayuda salvo la de Lucero o los consejos de Arquitecto. Nadie iría a ayudarlo, estaba solo. Y al menos, en el Calabozo podías obtener botín de los monstruos al recoger sus cristales o ítems, lo que daba algo de significado a la lucha contra ellos. En la Mazmorra, los monstruos no dejaban botín. Solo obtuvo un arma al derrotar al Jefe de la Mazmorra, que ya era algo, además de la experiencia dejada por los enemigos caídos.
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La Leyenda del Pretoriano
FanfictionBell es un habilidoso joven de 15 años que viaja a Orario para cumplir su sueño de ser un héroe. Allí, tras vagar por la ciudad sin ser aceptado por no ninguna familia, es acogido por la diosa Hestia. Desde ese momento comenzará la historia del mayo...
