Capítulo 15

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Todo era oscuridad, una oscuridad total, que cubría todo de un manto de sombras, agobiante y asfixiante. Bell vagaba entre esa oscuridad, a ciegas en un mundo de sombras eternas. No veía nada, pero el chico continuaba su camino, avanzando sin parar en ese mar de oscuridad. No supo cuánto tiempo vagó, pues parecía que llevaba toda la vida en ese lugar, pero también solos unos instantes al mismo tiempo. Ni el tiempo ni el espacio parecían existir en aquel lugar, pues Bell andaba sin la sensación de estar pisando nada con sus pies. Nada sentía, veía u oia en aquel abismo de oscuridad eterna; era un lugar ausente de vida o forma, pero de alguna forma el chico no sentía temor, en ese mundo puro compuesto de absolutamente nada, se sentía una extraña sensación de paz.

Tras pasar lo que al chico le parecieron largos años, y a la vez solo unos segundos, Bell comenzó a oír extraños sonidos a su alrededor, gritos lejanos y susurros entre las sombras. Conforme avanzaba, los sonidos y voces se hacían más claros: Bell pudo reconocer los gritos de dolor y el entrechocar de las armas de mil campos de batalla, los lamentos de los padres, las viudas y huérfanos, el alarido de dolor y muerte de incontables hombres que caían en el combate, los llantos y angustia de infinito número de mujeres y niñas esclavizadas y violadas.

Aquellos sonidos creaban en Bell una gran mezcla de sensaciones y sentimientos, predominando la tristeza, el miedo, la culpa y el arrepentimiento. Aún sin ver sus manos o sentir su piel, el chico se llevó las manos a la cabeza, intentando dejar de oír esas voces y lamentos, pero estas resonaban con fuerza en su cabeza.

Con el avance del tiempo, imágenes comenzaron a aparecer en su cabeza, como destellos de un pasado lejano: Ciudades y pueblos envueltos en un mar de llamas, campos y colinas rebosantes de incontables cuerpos de hombres envueltos en armaduras, sobre lagos de sangre, largas filas de figuras femeninas, adultas e infantiles, avanzando encadenadas de manos y pies y llorando, presas del miedo y la angustia. Como los sonidos en su cabeza, estas cruzaban la mente del chico una tras otra, aumentando el tormento de Bell.

-Nada escapa del pasado, hijo de hombre, los recuerdos, aún hirientes como dagas ardientes, permanecen en nuestra mente y alma, hasta que nuestro tiempo termina- Una voz resonó en la cabeza de Bell, destacando sobre la cacofonia causada por los tormentosos recuerdos.

El chico intentó olvidar y deshacerse de esos recuerdos, donde el joven pudo ver de primera mano la crueldad y maldad del corazón de los hombres.

-No lo puedes negar chico, es el mal primordial que habita en el hombre, negarlo es como negar la salida del sol al amanecer, forma parte de vosotros, incluso de ti- Dijo una nueva voz

-¡No, yo jamás cometí algo así, jamás osé poner un dedo sobre alguien indefenso, intenté ayudarlos!- Exclamó el peliblanco en su mente

-Pero también mataste, ¿no es cierto? Arrebataste numerosas vidas durante años- Una tercera voz resonó en el interior de Bell

-¡Eso era distinto, era el campo de batalla, era matar o morir! Jamás empuñé arma alguna contra algún inocente o desarmado, solo derrame sangre durante la batalla!-

-Aún así nadie te ordenó hacerlo, fue tu propia decisión- Afirmó la segunda voz

-¡No tuve otro remedio, no fue por gusto, lo hice por mi familia!-
-¿Crees que esos hombres que mataste eran distintos a ti, que no tenían esposas, hijos, hermanos y padres que deseaban también proteger y que esperaban su regreso?-

-Lo sé- Pensó Bell suspirando -Se lo que hice, maté a muchos que no se merecían vivir, escoria asesina y violadora, pero sé que también segué muchas vidas de hombres que se vieron obligados a vivir el infierno de la guerra, que lo único que querían era proteger a sus familias y volver con estas. Jamás podré perdonarme sus muertes, es algo que cargaré conmigo siempre-

La Leyenda del PretorianoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora