Capítulo 11

4.9K 284 73
                                        

Tras ayudar a una pequeña semielfa perdida y rescatar a sus amigos de unos bandidos, Bell acompañó a los pequeños a su hogar, un orfanato que según los pequeños se encontraba en la calle Dédalo. Durante el trayecto, los niños bombardearon a Bell con preguntas sobre sus aventuras en el Calabozo, que Bell respondió encantado. No podía decirles que no a esos niños tan lindos.

Tras un rato caminando, llegaron a una zona de Dédalo repleta de casas bajas y en mal estado. Aunque nunca había pasado por ahí, Bell supo que se encontraba en una de las zonas más pobres y antiguas de Dédalo.
Enseguida, llegaron frente a una gran iglesia, muy vieja y en mal estado, aunque aún en pie. A Bell le recordó a la iglesia donde vivía junto a su diosa, aunque esta era de mayor tamaño y no estaba en ruinas, aunque al ver algunas grietas en sus paredes y muros y las ventanas rotas parecía haber pasado mejores días.

 A Bell le recordó a la iglesia donde vivía junto a su diosa, aunque esta era de mayor tamaño y no estaba en ruinas, aunque al ver algunas grietas en sus paredes y muros y las ventanas rotas parecía haber pasado mejores días

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

(No he encontrado imágenes de la iglesia al completo.)

Enfrente de la puerta de la iglesia había una mujer adulta, de cabello negro atado en la parte posterior y ojos verdes, que vestía ropas holgadas de monja de color gris y blanco.

Enfrente de la puerta de la iglesia había una mujer adulta, de cabello negro atado en la parte posterior y ojos verdes, que vestía ropas holgadas de monja de color gris y blanco

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

La mujer parecía realmente preocupada, buscando nerviosa con la mirada de un lado a otro.

-¡Hermana María!- Los niños llamaron a la mujer, corriendo hacia ella. La mujer, al oír a los niños, giró la mirada hacia ellos, y su rostro adquirió una expresión de alivio y alegría.

-¡Niños!- Roux y sus amigos se lanzaron a abrazar a la mujer, que recibió a los pequeños estrechándolos entre sus brazos -¡Estaba muy preocupada al ver que no aparecías, cuanto me alegro que estéis bien!- La mujer parecía a punto de echarse a llorar en cualquier momento.

-Lo sentimos, no queríamos preocuparte, Hermana María- Dijo Fina agachando su cabeza por la culpabilidad, gesto que imitaron sus amigos.

-No pasa nada, cielo, lo importante es que estáis bien. Eso es lo único que importa- María acarició el rostro de los niños, que sonrieron felices al contacto. Unos metros alejado, Bell observaba con una sonrisa a los niños reunirse con la mujer que los cuidaba. A la legua se veía que era una buena persona que amaba a los pequeños y se preocupaba por ellos.

La Leyenda del PretorianoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora