Capítulo 29

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Tras dejar atrás el Calabozo, Bell y Lili se dirigieron juntos hacia el Gremio. Atrás dejaban a los bastardos que Bell había aniquilado, esos cerdos que se habían atrevido a poner sus manos sobre su linda soporte.

En todo momento, la pequeña pallum iba pegada a Bell, agarrada a su brazo, avanzando con el rostro cabizbajo y ensombrecido, repleto de angustia, miedo y tristeza. No había forma de reprocharle ese estado de ánimo a la joven. Habían estado a punto de violarla, algo muy duro para toda mujer, fuera de la raza que fuera. El propio Bell sentía su furia despertar cada vez que veía la tristeza en el rostro de su soporte, y lo embargaba el deseo de matar a Soma y al resto de su maldita Familia. No tenía duda alguna de ello: Sería capaz de matar a cualquiera, incluso a un dios, si se atrevían a dañat o hacer llorar a cualquiera de sus seres queridos, y Lili, a pesar de no conocerla de hace mucho, no era la excepción, pues había llegado a apreciar bastante a la joven y linda pallum. Por ello, en todo momento caminó con la pallum agarrada a su brazo, mientras con el otro cargaba la mochila de cristales de Lili, que se había acordado de recoger del lugar del ataque. No iba a dejar que el fruto del esfuerzo de ambos se perdiera por la intromisión de esos desalmados.

Durante todo el camino, la gente, civiles y aventureros por igual, se quedaban observando, con curiosidad y al mismo tiempo cierta incomodidad, al peliblanco, pues las ropas del chico estaban cubiertas de sangre, y presentaba varias heridas, de pequeña importancia pero de generosa cantidad. Era la primera vez que se veía a White Tiger salir así tras una de sus intensas cacerías, de modo que hubo muchos que se preguntaron que le había pasado al chico, pero nadie se atrevió a preguntar por curiosidad. La expresión seria e internamente furiosa del chico, poco común en el siempre alegre muchacho, mandó escalofríos a muchos. Bell no prestó atención a las miradas o cuchicheos a su alrededor, no estaba de humor para prestarles atención, aunque si pudo notar que Lili se sentía incómoda por todas las miradas sobre ellos, de modo que apretó ligeramente el paso, mientras dirigía una mirada y sonrisa tranquilizadora a la pallum, que al verla logró relajar la tensión en la chica, aunque esta no desapareció del todo.

De ese modo, en pocos minutos llegaron al Gremio, donde al igual que en el exterior, los allí presentes observaron con curiosidad el estado del chico, con la pallum a su lado, mientras estos se dirigían hacia la recepción. Eina, que estaba trabajando en su puesto habitual, levantó la mirada curiosa al escuchar los murmullos de la gente en el Gremio, y observó asombrada aparecer frente a ella a Bell y a Lili, con el primero envuelto en sangre.

-¡Bell-kun, por los dioses, ¿que ha pasado, estás bien!?- Preguntó la chica preocupada

-Si, no te preocupes Eina-san, esta sangre no es mía, digamos que he tenido un encuentro con un grupo muy grande de monstruos, pero nada importante, en serio- La semielfa asintió, aunque no del todo convencida, sobre todo por que observó curiosa que la pallum, que siempre solía esperar a Bell en uno de los sofás del hall mientras éste entregaba los cristales, no se separaba de Bell, agarrada a su brazo mientras tapaba su cuerpo con su capa. Además, la expresión en el rostro mortificado de la chica mostraba miedo y tristeza, como si acabara de pasar por una mala experiencia. Había visto muchas veces esa expresión en varios aventureros al volver del Calabozo todos estos años.

Donde antes había molestia y sospecha al mirar a la pallum, ahora había preocupación y cierta culpa, sobre todo después de que Hestia le contara lo que la joven había pasado toda su vida bajo la sombra de Soma y sus lacayos. Debía haberse imaginado que esos bastardos tratarian de esa forma a la única chica de su Familia. La mayoría de aventureros no solían tratar bonito a las pocas mujeres que se unían a las Familias, salvo en contadas ocasiones.

-¿Bell-kun, ha pasado algo?- Si ya le preocupaba la sangre en la ropa de Bell y el estado anímico de Lili, la seriedad atípica en el rostro del siempre sonriente chico realmente llamo su atención, despertando las alarmas de la semielfa.

La Leyenda del PretorianoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora