Capítulo 5

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El sol comenzaba a salir por el horizonte, iluminando con su luz matinal el paisaje de Orario. El amanecer pilló a Bell en el patio detrás de la vieja iglesia, un pequeño jardín repleto de hierbas y piedras de los muros derruidos del edificio. Vestido solo con su camiseta y pantalones negros, Bell estaba parado enmedio del lugar, con sus espadas en las manos. El chico estaba entrenando, realizando diversas fintas y cortes al aire con los ojos cerrados, combatiendo enemigos en su mente, mientras practicaba sus movimientos.

Durante un largo rato, el chico se movió de un lado a otro. realizando ágiles movimientos con su cuerpo. Desde la distancia, el chico era observado por Hestia, que miraba impresionada las habilidades con la espada de su primer hijo. Ella no entendía mucho de combates, pero podía ver que su hijo era increíblemente hábil. Manejar dos espadas como esas con ambas manos era muy complicado, pues muchos espadachines practicaban durante años para usar con excelencia una sola espada. Pero aquí estaba Bell, cuyos movimientos con las espadas y su alta velocidad lo hacían parecer un torbellino de metal. Hestia estaba segura de que muchos aventureros de alto nivel ni podían llegar a equipararse al nivel de esgrima de Bell. De hecho, sus capacidades y movimientos parecían más propios de un aventurero de élite que de un novato con solo dos días como miembro de una Familia.

Bell acabó finalmente tras proseguir el entrenamiento un rato más. Hestia se acercó a él, con una toalla en sus manos.

-Ten Bell-kun- Dijo Hestia, pasándole la toalla a Bell para que este secara su sudor.

-Gracias, Kami-sama- Dijo el chico, pasando la toalla por su cara para limpiarse

-Debo decir que tus habilidades son increíbles, Bell-kun. Jamás había visto a nadie moverse así, y manejar unas espadas con esa destreza- Dijo Hestia, sentándose junto a Bell en un pequeño banco de piedra semiderruido.

-No es para tanto. Todavía me queda mucho por aprender y mejorar- Dijo Bell humildemente, levantando sus espadas hacia el cielo, mirándolas seriamente- Debo esforzarme más, si quiero alcanzar a mi padre y mi tío. Ellos fueron los que me enseñaron a luchar, los que me adiestraron y educaron, y me inculcaron que mi deber como espadachín es empuñar mis espadas para proteger a los débiles. Cada día entreno para poder ser como ellos, y superarles- Dijo Bell, mirando sus espadas con gesto serio y solemne

-Estoy segura de que lo lograrás, Bell-kun- Dijo Hestia, con una sonrisa. -Tu padre y tu tío deben ser increíblemente fuertes-

-Si que lo eran, Kami-sama, si que lo eran- Dijo Bell, con una sonrisa triste. Hestia, al ver esa expresión en el rostro de Bell, entendió que tal vez algo había pasado con sus familiares. Inmediatamente ella se sintió fatal por hacer recordar al chico algo triste, e iba a disculparse cuando el chico siguió hablando -Ellos me dejaron estas espadas en herencia. Yo era todavía un niño cuando ellos...ya no volvieron conmigo, y no podía empuñar estas espadas. Por eso, con ayuda de mi abuelo y mi tía, seguí entrenando, para ser lo bastante fuerte, y llevar con orgullo la herencia de mi padre al campo de batalla.

Hestia escuchaba atentamente la historia de Bell, sin poder evitar hacerse varias preguntas. ¿Quienes eran el padre y el tío de Bell? Debieron de ser muy poderosos, para haber conseguido que Bell fuera tan fuerte aunque este no tuviera falna. ¿Habrían sido soldados, generales, mercenarios, o antiguos aventureros? ¿Y en el último caso, a qué Familia habrían pertenecido? Hestia sentía mucha curiosidad al respecto, pero no quería presionar a Bell obligándole a contar cosas de su familia si él no quería. Jamás se perdonaría traicionar así la confianza de su hijo.

Por otro lado, estaban esas armas que Bell portaba. Aunque no era su campo, una de sus mejores amigas era la diosa Hephesto, considerada la mejor Herrera y experta en armas de todo el Plano Celestial. Tras haber pasado eones con ella, Hestia había aprendido bastante sobre armas, y por eso podía ver que esas espadas estaban hechas de un material extraño pero fuerte, distinto al Orichalcum, Adamantium y otros de los mejores metales del mundo. Y aunque no parecían armas mágicas, despedían una extraña energía que oír algún motivo llamaba la atención de la diosa. ¿Cómo su niño había conseguido unas armas así? Cada nuevo misterio dejaba de manifiesto que Bell no era un chico común.

La Leyenda del PretorianoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora