Parte 1.1

784 37 18
                                        


—Ese es Israel —señaló un muchacho del último año. Otro chico miró a Israel, de 15 años. Israel llevaba la mochila colgada en el hombro izquierdo, mientras manipulaba con la mano derecha el celular con los audífonos puestos, y con la otra mano se echaba el cabello castaño hacia atrás, recordando molesto que estaba recién recortado.

—Pregúntale —dijo un compañero—, no te mentimos.

—¡Hey! —llamó el muchacho, pero tuvieron que alcanzarlo en los primeros escalones, haciendo que se quitara un audífono. Desde la pequeña bocina susurró "Mago de Oz". Israel sabía qué querían. Estaba harto del acoso ignorante.

—¿Tú eres Israel Pacheco? —preguntó un alumno.

—Sí —respondió con hastío.

—Dicen que tu padre es el profesor de Matemáticas.

—Sí —dijo lacónico.

—Y que tu madre —reprimió una risa— es el de Literatura —rio por lo bajo, al igual que sus otros dos compañeros.

—Sí.

—¿Y tú? ¿Cuándo vas a conseguirte un novio, "mariposita"?

—Ya no hay hombres para mí, tu madre se asegura de que sean hetero's, y ni siquiera cobra.

Israel subió hasta la plataforma que llevaba a los siguientes escalones cuando el chico entendió su respuesta, pero se detuvieron ante la presencia en la cima del profesor de Matemáticas, Vicente Pacheco, con una mirada intimidadora escondida bajo una sombra aún más oscura que su cabello. Israel ya lo conocía, no le temía como los demás. Su miedo era diferente.

Vicente tenía una voz melodiosa pero oscura que solía arrastrarse hasta alcanzar a sus alumnos por las piernas, haciéndolos temblar, aun cuando sus palabras eran para premiar algún trabajo. Era peor cuando estaba enojado; entonces su voz trepaba hasta el vientre, escarbaba en él, entraba al cuerpo, abriéndose paso como afilados colmillos, y que salían por el pecho hasta cubrir el rostro, ahogando a los alumnos que no lo obedecían.

—Me alegra —dijo con cinismo— que lleguen de buen humor.

Los tres alumnos temblaron. Israel pasó al lado de su padre, sin mirarlo, pero Vicente lo alcanzó por el antebrazo, haciendo que se quedara a su lado. Israel subió el volumen de la música.

—Buenos dí-días, profesor Pacheco —tartamudeó uno de los chicos.

—¿Conocieron a mi hijo? —hizo un ademán elegante señalando al chico. Tenían los mismos ojos, la misma boca; un obvio parecido, excepto por el color de cabello— Espero que no lo molesten, ustedes son lo suficientemente maduros para imaginar las consecuencias.

—S…sí, profesor.

—Perfecto, vayan al salón, iré en un momento.

Cabizbajos, los chicos continuaron subiendo mientras Vicente se volvía hacia su hijo, quitándole un audífono.

—Si te vuelven a molestar, avísame.

—Sí, papá.

—Ahora ve a ver a mamá, y esta vez quédate en clase, bien?

Sin responder, Israel se dirigió al salón.

Papá pudo escoger a cualquiera, pensaba, pero escogió al peor, al único maldito afeminado tan patético que es un insulto a la palabra… Pudo casarse con algún otro maestro, con un abogado, un arquitecto, un donnadie, pero no…

Entró al salón sin llamar antes.
—Buenos días, Israel.

…escogiste a este jodido de mierda.

Y aquí está Philip de nuevo, siempre con un semblante enfermizo, a pesar de estar sonriendo, y con un brillo débil en sus ojos. Todos sus alumnos le tienen un cierto apreció a pesar de esto.

El muchacho no respondió el saludo, fue a sentarse en el asiento final, lejos de la ventana.

—Hola, Isra.

A su lado estaba Augusto, un muchacho extraño, que parecía burlarse de él todo el tiempo, pero era quien más lo apoyaba; más de una vez le había dado una paliza a quien llamase "afeminado" a su amigo.

—Llegas tarde, otra vez —susurró Augusto—, ¿estabas con papá?

—Me encontré con unos idiotas.

—Más ignorantes del Distrito Viejo —rio, llamando la atención de su amigo.

—Todos vivimos en el Distrito Viejo.

—Pero no todos somos ignorantes; sin embargo, dales una oportunidad, cuando eran jóvenes los homosexuales no se casaban; vivían juntos y adoptaban una camada de perros, como las solteronas adoptan gatos.

—No me gusta cómo me miran, pareciera que el fenómeno soy yo.

—Un fenómeno criado por dos monstruos —miró su libro y rio de nuevo.

Lo odiaba, pero Augusto no lo miraba de manera rara, incluso a veces ni siquiera lo miraba. Eso lo hacía soportable.

—Silencio —pidió el maestro sin mirarlos, escribiendo en el pizarrón.

Cállate, carajo, pensó con odio Israel, mirando a Philip.

—Tu madre te llama la atención —susurró Augusto cerrando el libro—, ¿quieres ir a fumar?

Sin responder, Israel se puso de pie, e imitado por Augusto, salió sin avisar. Philip los miró, pero no dijo nada.

Continuó escribiendo.

PhilipDonde viven las historias. Descúbrelo ahora