Philip no se movía. Generalmente tenía malos sueños y brincaba en la cama, despertando por la madrugada, descubriendo que había llorado en sueños, y aún lloraba en silencio unos minutos, incluso horas. Por la mañana se miraba al espejo, usaba cremas, gotas, maquillaje, lo que hiciera que esas horas de insomnio no se notasen, y él se viera fresco como una rosa. Tan fresco como su marido lo requería.
Pero hoy no puede moverse. Él sabe que la mitad de su cuerpo no le sirve, y quizá no volverá a servir tan bien como siempre. Un auto lo golpeó, lo recuerda bien como la mirada psicópata de Vicente, que con el propósito de matarlo, había puesto a Israel en peligro. Israel.
Su corazón comenzó a acelerarse, y un pitido lejano sonó, mientras él se sentía más desesperado. ¿Dónde estaba? ¿Dónde estaba Vicente? ¿DÓNDE ESTABA ISRAEL? No podía estar con Vicente, Vicente lo había amenazado con hacerle las peores atrocidades a su hijo, y ahora que él no había pagado, seguro las haría realidad. E Israel estaba triste, discutieron, algo sobre Ismael, pero no podía ser, Israel sólo era un niño, tan bueno, él no golpearía a nadie, no es violento, es bastante tranquilo… Israel no se atrevería a dañar a alguien.
Un ruido pequeño lo interrumpe, y un haz de luz lo ilumina a él y los aparatos que le ayudan a respirar.
—Hola, Philip.
Philip, con el cuello ortopédico, logra ver la sombra de Vicente. Tiene el deseo de correr lejos de él, pero no puede. Sólo observa. Vicente parece no sostenerse bien, usa un bastón porque ahora sí lo necesita.
—¿Cómo te sientes? Claro, no puedes hablar, tienes un tubo en tu boca —se burló, acercándose, tocando su frente con las yemas de sus dedos—, ¿eso no te excita?
“Quiero ver a Israel”, suplica con la mirada.
—Fuiste muy estúpido al escapar, y mucho más al llamar a la zorra de tu hermana, pero —le echa el cabello hacia atrás— voy a perdonarte; sí, no me mires así, te perdonaré —se inclinó y le besó la frente—, siempre que prometas volver a casa conmigo.
“Gracias por quererme tanto… Te amo, Vicente.”
—Lloras, pero que ridículo, siempre sabes cómo arruinar los momentos con tu carácter tan patético, pero lo tomaré como un sí; recupérate, Philip, yo volveré pronto a casa, con Israel; te esperaremos, amor.
“Gracias.”
Vicente salió, cerrando la puerta.
—Señor Pacheco —llamó una enfermera enojada—, ¿qué hace fuera de su habitación?
—Métase en sus asuntos.
—Le meteré mi asunto en el trasero si no vuelve a la cama.
—Una enfermera malhablada, que gracioso.
—Vaya a su habitación —exclamó molesta, y Vicente obedeció riendo.
Al final del pasillo, en las sillas de espera, aún dormía Israel, con su cabeza en las piernas de Víctor, que escribía en su celular, mirando a Vicente.
***
—“Un ser cruel que asesinaría con gracia el alma inocente.”
—¿Qué le parece esa línea?
—Combina muy bien; en pocas palabras explica a un perfecto villano.
—Es el protagonista.
La doctora se sorprendió al escuchar a Víctor. Israel comida un almuerzo que Víctor había traído de un negocio fuera del hospital. Lo miraba, preguntándose si quizá había vivido una infancia como la de Augusto.
Augusto.
—Señor Víctor…
—Felicia quiere que me llames tío —dijo sin mucho ánimo.
—¿Podría prestarme dinero para llamar?
Víctor le dio una tarjeta, e Israel se alejó por un pasillo, hasta una pared donde sólo había un raquítico árbol floreado.
Metió la tarjeta y llamó.
Augusto, recostado en su cama, envuelto en la oscuridad y una colcha despertó al oír el celular. Contestó sin ver, creyendo que era su tío Tristán.
—Funeraria Marchamalo; si no hay clientes los creamos.
—Augusto.
—¿Tú? Acabo de malgastar mi chiste.
Colgó. El celular sonó diez veces más, pero nadie contestó, así que se rindió. Volvió donde Víctor, que leía un folleto sobre exámenes cardiovasculares.
—Quiero ir a mi casa —dijo el muchacho—, estoy cansado, tengo hambre.
Víctor no lo miró, estaba de espaldas a él.
—Felicia quiere que te quedes con nosotros mientras Felipe se recupera.
—Quiero ir a mi casa —insistió.
—La doctora dice que Felipe se quedará al menos seis meses, si las operaciones van bien.
—Quiero ir a…
Víctor se volvió molesto. Ver su rostro inexpresivo cambiar a un gesto tan brusco, lo silenció de repente.
—Ya te oí, y si eres listo, vas a obedecer; escucha, yo no soy como Felicia, o “Philip”, no tengo paciencia con niños extraños, así que obedece o te obligaré.
Israel no sintió miedo. Víctor no era aterrador, sino imponente.
—Sí, tío.
***
Víctor se llevó a Israel, haciendo una parada en la casa del muchacho. Entraron con la llave que Philip escondía siempre en la puerta.
Era extraño volver allí, Israel sintió que habían pasado tantos días aunque sólo llevaba una noche afuera. La puerta del armario en el pasillo de la lavadora aún estaba abierta, pero no se acercó.
—Ve por tu ropa, —ordenó Víctor— y si encuentras tus papeles y los de Felipe, tráelos.
Mientras Israel subía, Víctor entró a la cocina, revisando cada lugar. El refrigerador prácticamente no tenía nada, sólo dos “tupperware” con más moho que comida. Había un cuchillo en el lavabo con un hilo de sangre seca. En la alacena encontró dos frascos con etiqueta verde en las que habían escrito «vomitivo». Víctor observó los frascos, preguntándose qué tipo de relación podían tener Vicente y Philip.
Israel bajó con su mochila al hombro.
—Mi papá —sobresaltó a su tío, que cerró la alacena— tiene todos los papeles bajo llave.
Víctor y él subieron a la oficina de Vicente. En el escritorio había un cajón con candado que Víctor observó unos segundos antes de darle una patada que abrió el cajón.
—Toma lo necesario y vámonos.
Israel lo miró sorprendido. ¿Cómo podía una persona ser tan irresponsable? Era obvio que no pensaba en la consecuencias, no pensaba en que Vicente podría reñirle al ver el golpe, o acusarlo de robo.
Pero eso no parecía importarle a Víctor.
—Vámonos —llamó desde el pasillo—, tengo que llevarte al departamento.
Tomó una carpeta con su nombre, otra con el nombre de Philip, y salió.
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Philip
Ficción GeneralPhilip es un profesor de Literatura, casado con Vicente, un profesor de Matemáticas. Parece tener una vida idílica con su marido, pero la verdad es que Vicente lo golpea a la mínima provocación. Y de esto sólo el hijo de Vicente, Israel, es testigo...
