Parte 2.8

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(Hola, si saltaste el capítulo anterior, aquí te tengo un resumen: Vicente llegó tarde y enojado, golpeó a Philip, y luego lo hizo hacerle sexo oral, para recordarle que sólo él lo amaría. Philip pensó en que estaba solo: sus padres fallecieron, su hermana mayor no habla con él, y a sus tíos y primos no los ha visto desde que Vicente lo "salvó" de su primo mayor.
Así que sólo tiene a Vicente.
Bien, pueden seguir leyendo. Gracias, y una disculpa.)

🍁🍁🍁

—Buenos días.

Israel vio a Philip, alegre, sirviéndole el desayuno a Vicente, que miraba su celular, ausente.

—Siéntate, Israel —dijo Vicente sin mirarlo, tranquilamente.

—¿Qué quieres desayunar? —preguntó Philip— Hay…

—Lo que sea está bien —atajó Israel, sentándose.

Siempre es así, pensó Israel, no entiendes, verdad, Philip? Él no te ama, él quiere matarte a golpes; ¿por qué sigues aquí? Eres… Yo… ¡Te odio, Philip, te odio!

Al terminar el desayuno, los tres subieron al auto de Vicente, rumbo a la preparatoria. Philip disimuló bien los golpes, sobre todo porque la mayoría no fue en su rostro, radiante por la felicidad de volver a dar clases, la segunda cosa que más amaba en su vida, pensó mirando a Vicente.

Pero hoy, sin saberlo, el encuentro que tendrá este día, será un paso para lograr lo que en verdad desea; ser feliz.

Pero todo cambio viene precedido de un temblor, a veces, de un terremoto...

—¡Philip!

El profesor de Literatura sonrió a la profesora de Química, Andrea, que se acercó al verlo entrar a la sala de maestros. Vicente le sonrió a su marido, y lo empujó levemente del hombro.

—Hola, Andrea —respondió Philip.

—¿Cómo estás? Supe que estuviste en cama toda la semana, ¿ya te sientes mejor?

—Sí, gracias, fue sólo un pequeño virus, ya estoy mejor.

—Un virus malvado —rio—, no te permitió conocer a Alerón Bonaparte, es tan atractivo para su edad, y muy bueno con las palabras; ah! Mira —tomó de su bolso un libro grueso de pasta dura, haciendo sonreír a Philip—, es tuyo, lo firmó para ti.

—¿De verdad? —dijo hojeándolo emocionado.

—Sí, le dije que tienes todos sus libros, y se emocionó, dijo que le hubiese gustado conocerte, por eso te envió este libro.

—Gracias, Andrea, muchas gracias.

—Yo le dije a Vicente que se formara —miró a Vicente, que le entregó una taza con café a su marido—, pero dijo que no, ¿sabes? Estaba muy ocupado en el "stand" de Editorial Porrúa.

—Esos son los mejores —dijo Vicente.

Philip dio un sorbo a la bebida, descubriendo que no tenía azúcar. Después de tantos años seguía sin gustarle, pero la siguió bebiendo a pequeños sorbos.

Los tres hablaron un rato más hasta que comenzaron las clases, así que salieron, observando a los alumnos que corrían para llegar antes que los profesores.

—Casi lo olvido —dijo Andrea a Philip—, hay un alumno nuevo, es un poco…inusual; su padre pidió que le permitamos decir lo que piensa, darle por su lado.

—Está mal de la cabeza —interrumpió Vicente—, no parece muy listo, pero su padre insistió en que viniera a ésta preparatoria.

—Hay que tenerle paciencia.

Andrea se quedó en el edificio principal, y Philip y Vicente llegaron al segundo, cada uno dirigiéndose a su salón.

—…así que —decía Augusto a unos compañeros, incluidos Israel e Isma— cuando comenzó a gritar, ella le cortó la garganta, y sólo así se quedó tranquilo —río, mientras la mayoría lo miraba con algo entre asco y confusión. Israel no hizo ningún gesto, pero Isma sonrió con inocencia.

—Dijiste —reclamó una chica, molesta— que era una historia graciosa.

—Sí, es graciosa, "sólo así se quedó tranquilo", porque ese niño era desobediente e inquieto, eso es gracioso.

—No es gracioso —dijo un muchacho—, dices que esa mujer asesinó a su hijo, eso es horrible.

—Vaya, ustedes no saben nada de historias graciosas, mojigatos aburridos; mi padre —miró a Isma— se sabe un montón iguales a esa.

—Es muy buena historia —respondió Ismael captando la atención del grupo—, excepto el final, aunque es gracioso para quien le gusta el humor negro.

—Eso es, humor, ese niño sabe de lo que hablo.

La puerta se abrió, y todos fueron a sus lugares, cuando Isma levantó la mirada, y sonrió emocionado.

—Siéntense, por favor —dijo Philip—, comencemos la clase con un ejercicio.

Mientras Philip escribía en el pizarrón blanco, y todos buscaban la hoja en el libro, Ismael observaba al maestro. Cada movimiento en su cuerpo, en su cabello cuando miraba las notas en su mano, el vuelo de la ropa, su mano delgada que no parecía detenerse, sus letras redondas, como de un libro romántico, como una carta de amor. Ismael imaginó tantas cosas con la caligrafía del maestro, hasta que escuchó su voz de nuevo.

—Tú debes ser Ismael Remarque.

—¿Qué? —balbuceó el muchacho levantando la mirada. Philip estaba a su lado.

—Soy Philip Monterroso, profesor de Literatura, ¿estás en la Tierra?

La broma hizo reír a las chicas. Augusto sonrió intercambiando miradas con Israel, que estaba serio.

—Sí, sí, profesor —susurró Isma.

—Bienvenido a la clase, entonces; dime, ¿te gusta leer?

—¡Sí! —casi gritó— Sí, me gusta mucho, cuando crezca seré escritor.

—Eso es perfecto, ¿y qué libro te gusta?

—El Jinete del Dragón.

—¿Ese no es un libro para niños, profesor? —preguntó un muchacho.

—Sí —respondió Philip—, pero es un buen libro que se puede leer a cualquier edad; Ismael —se dirigió al chico que no dejaba de mirarlo—, pon atención, por favor.

—Sí —suspiró Isma.

Philip le sonrió a Isma y regresó al escritorio, abriendo el libro, explicando la lección. Israel no lo miró, tenía sobre el libro una revista para aprender a tocar la guitarra, mientras Augusto leía otro libro.

Así pasó la clase.

PhilipDonde viven las historias. Descúbrelo ahora