En la preparatoria había una zona prohibida. Hacía más de 50 años, días después de ser inaugurado, un edificio se quemó por la mala instalación eléctrica y la mano de obra barata. Se llevó mucho dinero, y la administración de entonces no supo qué hacer. Las siguientes administraciones decidieron dejarlo pasar, y lo único que hicieron fue poner una cerca y cintas de "PROHIBIDO EL PASO", aunque eso, lejos de alejar a los alumnos, los llamaba con más fuerza. El viejo edificio se hizo punto de reunión, allí los chicos iban a fumar, a beber, todo lo divertido que se hace lejos de la mirada de los adultos.
Claro que los maestros sabían lo que allí sucedía, era un secreto a voces, pero muchos se cansaban de ir a sacar a los alumnos, así que esperaban el descanso para hacer una vigilancia raquítica.
Allí estaban Israel y Augusto, sentados contra la cerca, mirando el edificio, mirando la camisa roída que ondeaba en la cima como una bandera.
—Estoy harto de él —dijo Israel bajando la mirada a su mano, donde sostenía el cigarro encendido.
—Es tu madre, no?
—Mi madre murió; Philip quiere ser mi madre, pero ni siquiera se le acerca a los talones.
—Lo intenta —apagó el cigarro y encendió otro, con la misma cara aburrida—, cocina, limpia, y te recorta el cabello, —le dio una sonrisa cínica— ¿eso te gusta, no?
Israel se pasó la mano por el cabello, como si intentase borrar el toque de Philip en él.
—Mi padre quiere que le dé ese gusto, no lo hago por mi cuenta.
Augusto rio con ligereza y sinceridad, sin notar la mirada de odio en Israel, que lanzó el cigarro a una de las paredes del edificio. La bachicha, como una luciérnaga herida, quedó entre los escombros, junto con tres botellas vacías.
—Odio a Philip —encendió otro.
—¿Y se lo has demostrado? —preguntó con una sonrisa.
No hubo respuesta. Poco a poco escucharon acercarse pasos que se enmudecían en el pasto hasta que daban con una ramita que crujía bajos sus zapatos. Un metro antes de llegar al edificio, el pasto dejaba de crecer, sólo había tierra y piedras sueltas.
Los pasos se detuvieron frente a la cerca.
—Augusto, Israel, salgan, la clase terminó.
A lo lejos sonó la campana del cambio de clases.
—Mamá está aquí —se burló Augusto en un susurro, apagando el cigarro en el piso. Israel se puso de pie, sacudiéndose el pantalón.
—Vámonos —dijo, y se acercó a una de las tablas más grandes, quitó la tranca, y abrió, como si fuese una puerta. Allí estaba Philip.
—Tu padre dijo que no debes faltar a ninguna clase —repitió Philip con seriedad, pero su voz suave no le permitió ser tan severo como deseaba.
Israel no le respondió, lanzó el cigarro al edificio y caminó seguido de Augusto, dejando atrás al profesor, que los siguió unos pasos atrás.
—También dijo —continuó Philip— que tienes que dejar de fumar.
Israel se detuvo, mirándolo con furia.
—¡Ya cállate, no soporto tu voz! —gritó.
Siguió su camino, dejando muy atrás a Philip.
***
—Otra vez faltaste a la clase de tu madre.
Israel miraba los libros perfectamente acomodados en el librero de la oficina de su padre.
—Estuve con Augusto en el edificio quemado —respondió sin darle importancia.
—Fumando.
—Tú también fumas; ¿éste libro es nuevo?
—Es un regalo.
—¿De Philip?
—No, de una amiga; ¿por qué te saliste de la clase?
El muchacho miró a su padre.
—¿Por qué Philip dejó de dar clases en la secundaria?
—Quería estar cerca de ti, te quiere mucho.
—¡Yo no! Yo lo quiero lejos de mí.
—¿Por qué no quieres a Philip?
La oscuridad de la esquina donde estaba el asiento de Vicente, le daba un aire de suspenso, como si fuese el personaje misterioso de una mala película de policías. O como un villano. Lo delataba la leve luz que entraba por la cortina de la ventana que daba a la calle, detrás del barandal, y el humo del cigarro que apagó en el cenicero.
—Abre la ventana.
El muchacho obedeció, y el humo comenzó a dejar la oficina.
—¿Porqué no quieres a Philip? —repitió.
Israel miró un auto pasar, y mirándolo con la misma altivez, dijo:
—¿Tú lo quieres?
Vicente miró a su hijo. Israel se giró hacia él, recargado en la ventana, observando la sonrisa ganadora de su padre.
—Si no lo quisiera ya me hubiese separado de él, hijo; yo amo a Philip.
—¿Y los golpes?
Vicente se giró, su atención se concentró en los papeles frente a él.
—Papá…
—Tengo que hacerlo —lo interrumpió—, él se gana cada golpe.
—¿Cómo? ¿Por qué?
—¿Eso te molesta? ¿Verle los ojos morados?
Israel le quitó la mirada a su padre.
—Odio a Philip, —levantó la voz— córrelo de la casa.
—No —finalizó Vicente al ponerse de pie—; vámonos, tengo hambre.
Padre e hijo caminaron al estacionamiento, donde, cerca del auto, ya estaba Philip, saludándolos con una sonrisa.
—Hola, Vicente.
Su sonrisa, pensó Israel, esa miradita de idiota… Quisiera romperle la cara…
No, interrumpió sus pensamientos, él no se atrevería nunca a tocarlo, aunque no lo apreciaba.
Subieron al auto y de inmediato Israel se puso los audífonos. Observó a sus padres hablar; vio de pronto a Philip nervioso, a Vicente, extrañamente calmado, hasta que detuvo el auto y sujetó a su esposo por el cabello, azotándole la cara contra el tablero tres veces, empujándolo después contra la ventanilla.
Te odio, Philip, te odio.
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Philip
Fiksi UmumPhilip es un profesor de Literatura, casado con Vicente, un profesor de Matemáticas. Parece tener una vida idílica con su marido, pero la verdad es que Vicente lo golpea a la mínima provocación. Y de esto sólo el hijo de Vicente, Israel, es testigo...
