—Vendré a verte, todos los días.
—¿De verdad?
—Sí, pero no llores, tienes que ser valiente.
—Te quiero.
—Yo también, Vic…
—Vicente.
El hombre abrió los ojos y lo primero que vio fue la misma ventana de hospital, mostrándole un cielo que comenzaba a oscurecer.
Miró a su izquierda, y allí vio a su hijo, y a su marido.
—¿Dónde estoy? —preguntó Vicente.
—En el hospital —respondió Philip.
—¿Qué hago aquí?
—Tuvimos un accidente, lo recuerdas? Una camioneta nos golpeó.
Llantas marcando el pavimento, la sorpresa, la ira, el vidrio que se rompió.
—Sí, ya recuerdo —respondió.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Israel.
—Bien, sí, creo.
Un doctor sonriente entró, seguido de la enfermera de Jorge.
—¿Cómo se siente, señor Pacheco?
—Como si un auto me hubiese golpeado.
—Buen humor, eso está bien; señor Pacheco, tiene una herida de 42 centímetros en la pierna izquierda, la cosimos, pero perdió mucha sangre, así que su hermano le donó…
—¡Qué hermano! —gritó furioso intentando incorporarse— ¡Yo no tengo hermanos!
—No somos hermanos —explicó Philip—, estamos casados.
—Ah, —sonrió el doctor— error mío, disculpe —miró a Vicente y lo obligó a acostarse de nuevo—, no vi su anillo…
—¡Claro que no lo vio! —gritó Vicente— ¿Recuerda que tuve un accidente?
—Yo me encargaré de buscarlo —dijo Philip.
Vicente entonces lo miró unos segundos, y luego, aún más furioso, le gritó al doctor:
—¿Dijo que perdí mucha sangre?
—SÍ, señor —respondió el doctor revisando las puntadas.
—La sangre…
—Sí, su marido le donó la sangre que necesitaba.
—No…
—Se recuperará pro…
—¡No quiero la sangre de ese tipo en mí!
—Tranquilo, es su marido.
—¡No lo quiero! ¡Ábrame las venas y saque ese veneno!
—Ja, que gracioso es su marido —dijo a Philip—; puede hablar con él unos minutos, los dejaré a solas.
El sonriente doctor salió junto con la enfermera.
—Que mierda —dijo Vicente furioso—, sólo esto me faltaba.
—Te darán de alta pronto —bajó la voz.
—Quiero irme en este momento.
—Pero…
—¡Esto es tú culpa! ¡Arréglalo!
—Mi culpa, ¿por qué?
—Tú me hiciste enojar, fuiste una distracción, ¡pude morir, inepto!
—No quería que eso sucediera —dijo preocupado—, yo… Perdóname, Vicente, prometo…
—¡No prometas nada! ¡Lárgate de aquí, inútil! ¡Haz algo bueno y lleva a mi hijo a casa! Cocina, limpia, y lárgate de mi vista, idiota, inútil, maldito, tú… ¡Philip!
Philip e Israel salieron de la habitación, cerrando la puerta, y en silencio salieron del hospital hasta un sitio de taxis. El recorrido a casa fue silencioso, incluso sin cruzar miradas en ésta, una de las últimas tardes de lluvia de la temporada otoñal.
Al llegar a casa, Israel caminó lento hacia las escaleras.
—¿Quieres cenar algo? —preguntó Philip.
—No tengo hambre —respondió sin mirarlo.
—Pero no has comido, el doctor te dio unas pastillas por si te dolía tu mano, no puedes tomarlas con el estómago vacío.
—¿Y a ti que te importa si me hace daño, o no, Philip?
—Sí me importa.
Israel lo miró molesto.
—Mi padre está en el hospital por culpa tuya, ¿quieres quedar bien conmigo con una de tus insípidas comidas? ¡Eres un idiota, Philip!
—Yo no…
—Si en verdad quieres hacer algo por mí, ¡trae a mi papá en este momento!
Silencio.
Israel le dio la espalda y subió. Philip fue a la sala, dejándose caer en el sofá. Se quedó allí, en la oscuridad, sin darse cuenta en qué momento se quedó dormido.
Israel bajó unos minutos después. Había estado tumbado en su cama mirando su vendaje, hasta que comenzó a dormitar, sin embargo, un rugido de su estómago lo despertó, así que bajó, encontrándose en una casa oscura, a excepción de la lámpara con pantalla azul que Philip había comprado hacía unos años, y que a él le gustaba, por el tono claro con que pintaba la luz. Calma.
Entró a la cocina, se hizo un sándwich y fue a la sala, encendiendo una lámpara al otro lado del sofá donde Philip dormía.
El plan de Ismael era que yo debía de ser una buena persona con Philip para que se defendiera, pero es un idiota, además de ser hipócrita; casi hace que maten a mi padre, que es algo tan jodido como querer tomar el lugar de mi madre. Ismael no conoce al verdadero Philip; si lo conociera, no lo defendería tanto. Si mi padre lo golpeó ese día en la biblioteca, es porque se lo merecía. Papá hace las cosas por una razón, no por que así lo quiera.
Philip despertó, levantando la mirada.
—Israel —sonrió y bostezó—, ¿cómo te sientes? ¿Te duele el brazo?
Pero el muchacho sólo lo miraba. Tenía los ojos de Vicente, el peso y frío mirar como una barra de acero que donde cae rompe huesos, y en este caso, esa mirada rompió la sonrisa de Philip, que bajó la mirada.
—Me alegra que estés comiendo —susurró Philip—, parece que ya estás mejor.
Antes de que Israel le respondiera, Philip se puso de pie.
—Iré a acostarme —dijo sin mirarlo—, ya todo está cerrado, sólo apaga las lámparas; que pases buena noche.
Subió, y lo único que quedó, fue el rumor de sus pisadas y el de la puerta al cerrarse.
Aunque hablar con Philip me tranquiliza. Él prepara toda la comida sólo para mí, siempre me pregunta si algo me gusta o no… Estoy confundido… Quisiera saber qué hacer… Qué hago ahora.
Apagó la lámpara.
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Philip
Ficción GeneralPhilip es un profesor de Literatura, casado con Vicente, un profesor de Matemáticas. Parece tener una vida idílica con su marido, pero la verdad es que Vicente lo golpea a la mínima provocación. Y de esto sólo el hijo de Vicente, Israel, es testigo...
