5.

2.4K 180 12
                                        

El sol se estaba poniendo sobre Drifmark; los días de luto pautados aún no habían terminado, por lo que aún la familia no se había separado, cosa que indudablemente iba a suceder.

Valaena miraba el horizonte desde una de las ventanas del castillo. Desde el incidente que había dejado a Aemond sin un ojo, la tensión en el castillo era constante. El aire era denso, nadie quería hablar, por si alguna de esas palabras pudieran ser tomadas a mal. Viserys intentaba mantener una paz inexistente, no lograba comprender como su propia sangre no podía tener siquiera una cena sin desatar un conflicto. La niña sabía que su familia estaba rota desde hacía mucho tiempo, que nada de lo que hicieran podía reconciliarla.

Incluso Val, que siempre había intentado ser conciliadora, había dejado de hablarle a sus hermanos, les había exigido que fueran a ver a Aemond, que le pidieran disculpas por lo que le habían hecho, pero ninguno quiso hacerlo. Por tal motivo, la niña decidió que no les hablaría más.

Su madre y Daemon habían decidido casarse en secreto y pronto se irían de Rocadragón. Esa noticia había dejado a Valaena con un nudo en el estómago; sentía que su mundo se estaba desmoronando, no quería alejarse de su abuelo, pero menos quería hacerlo de Aemond. Estaba consciente de que no los dejarían permanecer juntos, pero creía que al menos tendría un poco más de tiempo.

Esa noche, no podía pensar en otra cosa más que en Aemond. No había visto a su tío  desde la noche en la que había perdido su ojo. Sabía que estaba en su habitación, recuperándose, y había oído rumores de que la herida le dolía terriblemente; ella intentó verlo, pero los guardias no le habían permitido ingresar a la habitación. Se sentía culpable por no haberlo podido visitar. Pero esa noche no podía quedarse quieta. Necesitaba verlo. No iba a seguir soportando paciente las negativas a su deseo de entrar a aquella habitación.

Esperó hasta que el castillo se sumió en el silencio, cuando solo se oía el murmullo del viento a través de las ventanas y el distante crujido de las vigas de madera. Luego, Valaena salió de su habitación, caminando por los pasillos oscuros con cuidado de no hacer ruido. Sus pasos eran ligeros, apenas rozando el suelo de piedra fría, mientras mantenía su aliento contenido, temerosa de ser descubierta. Las antorchas parpadeaban en las paredes, proyectando sombras danzantes que hacían que su corazón latiera más rápido con cada crujido o movimiento repentino.

A medida que avanzaba, sus ojos se adaptaban a la penumbra, y podía sentir el peso de la noche sobre ella, como si el castillo mismo respirara, observándola. El aroma del humo de las antorchas mezclado con el olor a humedad del viejo castillo llenaba sus pulmones. Sus manos estaban frías, pero su determinación ardía dentro de ella.

Llegó a la puerta de la habitación de Aemond y se detuvo frente a los guardias.

—El rey Viserys me pidió explícitamente que visitara a mi tío. ——dijo con una voz firme, aunque su corazón latía con fuerza. Lo dijo con tanta seguridad que hasta ella misma se lo creyó por un momento. Los dos guardias que custodiaban la entrada a la habitación se miraron, titubeando.

—Nadie nos ha informado nada princesa. —le respondió uno de ellos.

—¿Acaso me está llamando mentirosa? —el hombre palideció, aunque era una niña, era la princesa y llevarle la contraria o decir algo fuera de lugar podía costarles muy caro. —¿Quieren despertar al rey y preguntarle en persona? —colocó las manos sobre su cadera en forma de jarra.

Los hombres volvieron a mirarse y luego abrieron la puerta.
Se quedó un segundo allí, dudando. No sabía si era correcto lo que estaba haciendo, pero sentía que era necesario. Respiró hondo y cruzó el umbral.

—¿Quién es? —se oyó la voz de Aemond, más áspera de lo que recordaba.

—Soy yo, Val —respondió ella en un susurro. —¿Puedo entrar?

La Sangre del Dragon ~ Valaena Velaryon ~ Aemond Targaryen Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora