Interludio: no te rindas

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Diana abrió los ojos. Reconoció el lugar en el que se encontraba al instante. Era nostálgico, acogedor. Le traía buenos recuerdos, de su madre, su padre. Su infancia...

No fue hasta que se sentó sobre la camilla en la que estaba acostada que se percató de la presencia de Mikey, quien la observaba desde otra camilla, sentado, alejado, pero a la vez, lo sentía tan cerca.

La habitación en la que estaban era bastante grande, llena de estantería con pociones, mesas, camillas y libros viejos por doquier. El lugar se veía descuidado. Grietas en las paredes, raíces creciendo a sus anchas, suciedad y polvo. Sin embargo, la camilla de Diana estaba limpia.

¿Él la limpió para ella?

—No encontré el camino hacia donde sea que se supone que debes hacer la ceremonia. —Mikey fue el primero en hablar. Evitaba el contacto visual, como si estuviera avergonzado— pero encontré este sitio. Una de esas serpientes te mordió, me di cuenta hasta después de rescatarte. Con una poción de aquí logré eliminar el veneno. No era para nada mortal, solo te hacía permanecer adormecida y paralizada.

Diana recordó que la serpiente la había mordido en el pecho, justo después de que se enroscara en su cuerpo. Entendió porqué Mikey parecía avergonzado, pero no preguntó cómo fue que se dio cuenta.

No pudo evitar sonrojarse al pensar que él tuvo que subirle más de lo que debería su camisa para ver esa mordedura.

—Gracias... —fue lo único que dijo.

—Por cierto, ¿qué es todo esto? —preguntó Mikey, cambiando de tema.

Diana vio a su alrededor e hizo una pausa antes de responder.

—Solía ser un hospital secreto, desde la edad media hasta hace algunos años —explicó— los Cavendish siempre atendían a los heridos en las guerras, sin importar si eran o no de la comunidad mágica, incluso si eran del bando enemigo... Mis padres fueron los últimos en hacer uso del lugar. Ellos a veces me traían, me enseñaban medicina mágica. Pero a algunos no les gustaba eso, por lo que siempre se mantuvo en secreto.

Mikey asintió, comprendiendo. Luego, él se levantó de la camilla y caminó hacia Diana. Se inclinó para estar a su altura y la miró directo a los ojos.

—No podemos perder más tiempo. No puedes permitir que Daryl gane —dijo con tono firme— ¿Puedes caminar?

Diana se intentó poner de pie, pero apenas se sostuvo unos segundos. Cayó sentada de nuevo en la camilla. No sentía casi las piernas, y le costaba moverlas.

—Eso suponía —dijo Mikey— tardará unos minutos más en que todo el veneno sea eliminado de tu organismo. Aún así, como dije, no podemos perder más tiempo.

Se dio la vuelta y se agachó frente a Diana. No hicieron falta palabras, pues ella entendió a la perfección lo que le estaba proponiendo. Con un poco de dificultad, se subió a la espalda de Mikey. La levantó con suma facilidad, como si pesara lo mismo que una pluma.

Diana sentía su rostro caliente, su respiración agitada. Los latidos de su corazón aumentaban con cada segundo y sus manos temblaban ligeramente.

Mikey caminó hacia afuera. Primero, pasaron por un oscuro pasillo, mucho más estrecho y menos ostentoso que los primeros por lo que él había tenido que cruzar.

Llegaron a una sala enorme con forma circular. Un pilar gigantesco en el centro se alzaba imponente. No era una estatua ni nada especialmente vistoso, pero su solo tamaño intimidaba. Estanterías repletas de libros cubrían las paredes junto con plantas y raíces que habían crecido a lo largo de los años. Gran parte del techo era de cristal, por lo que la única luz que entraba era la tenue iluminación de la luna.

El Primer, Único e Inigualable Brujo Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora