CALLE
No sé en qué momento pensé que era una buena idea subir a la terraza de ese edificio. Tal vez fue el miedo, o tal vez la necesidad de sentirme a salvo, aunque fuera en un lugar tan expuesto y solitario. El frío de la noche se colaba por mi abrigo, y el viento agitaba mi cabello mientras contemplaba la ciudad desde las alturas. Las luces titilaban a lo lejos, indiferentes a mi pequeña crisis existencial. Me sentía insignificante, como si mi presencia en ese lugar no tuviera mayor impacto en el mundo que el de una hoja cayendo en un bosque.
Mi plan de sobrevivir, de mantenerme a salvo de mis propios miedos, había fallado. Lo supe en el instante en que escuché una voz detrás de mí, rompiendo la quietud de la noche.
—¿Estás bien?
Me quedé congelada, incapaz de moverme. El corazón me latía tan fuerte que sentía que podía oírlo rebotando en mis costillas. En mi mente se formaron dos ideas absurdas y extremas: la primera, enfrentar a la persona que estaba detrás de mí, aunque no tenía ni idea de quién era ni de qué intenciones tenía; la segunda, lanzarme del edificio, como si eso fuera una opción real. Era ridículo, pero así de rápido pueden volverse caóticos los pensamientos cuando el miedo te domina.
—Oye, tranquila. Yo sé que la vida a veces es muy injusta, créeme que lo sé... pero todo tiene solución si confías en ti y en mí. Tal vez no tenga mucho sentido lo que te estoy diciendo, prácticamente soy una extraña para ti, pero créeme que esta vida me ha enseñado muchas cosas, tanto lindas como feas —escuché decir a la persona detrás de mí.
La voz era suave, casi dulce, pero también había en ella una firmeza que me hizo sentir, por un instante, que tal vez no estaba en peligro. Aun así, no podía evitar el temblor en mis manos ni el nudo en la garganta. No sabía si debía girarme para verla o quedarme quieta, esperando que todo fuera solo una mala broma de mi mente cansada.
—¿Quién eres tú? —fue lo único que pude preguntar, mi voz apenas un susurro tembloroso. Quise moverme para verla, pero aún no tenía el valor suficiente para hacerlo.
—Soy María José —se presentó, su tono seguía siendo sorprendentemente educado para una desconocida que acababa de irrumpir en mi noche de soledad. —Dame tu mano, ¿sí? —me pidió.
—¿Por qué? —pregunté, confundida y un poco más calmada, aunque todavía sentía la adrenalina recorriéndome el cuerpo.
—Porque quiero ayudarte —respondió como si fuera lo más natural del mundo.
—¿Ayudarme? —repetí, aún más confundida. —Yo no... —No pude terminar la frase porque, de repente, sentí cómo la chica tomaba mi mano y, con una fuerza inesperada, me jalaba hacia ella. Tropecé, perdiendo el equilibrio, y terminé impactando contra su pecho. Antes de que pudiera reaccionar, me abrazó y ambas caímos al suelo de la terraza.
—Ay —se quejó la chica de dolor, mientras yo, todavía aturdida, me encontraba encima de ella, observando cómo sus ojos se abrían y cerraban, como si intentara asegurarse de que seguía consciente.
Por un momento, todo fue confusión. El miedo se mezcló con la sorpresa y una pizca de vergüenza. Cuando finalmente procesé lo que había pasado, reaccioné de la única manera que sabía cuando me sentía vulnerable: a la defensiva.
—Oye, ¿qué te pasa? ¿Eres una idiota o qué? —dije, recuperando la voz y la compostura. Me levanté rápidamente, sintiéndome ridícula al darme cuenta de que había estado encima de ella.
—¿Por qué me insultas? Solo quise ayudarte —respondió mientras intentaba levantarse, frotándose el costado con gesto de dolor.
—¿Ayudarme a qué? —pregunté, cruzando los brazos y observando cómo se incorporaba con dificultad.
—A que no te tires, mira, yo sé... —No la dejé terminar. Ya entendía por dónde iba la cosa. Realmente esta chica estaba loca si pensaba que yo iba a hacer algo así.
—¡¿Qué?! ¿Tú crees que me iba a suicidar? —me reí, aunque en el fondo sentía una mezcla de incredulidad y alivio. Me sacudí el polvo de la ropa, tratando de recuperar la dignidad.
—¿No lo ibas a hacer? —ahora era ella la que parecía confundida.
—¡No! —dije, mirándola por primera vez con atención. Era joven, de cabello oscuro y ojos grandes de color verdoso que me miraban, llenos de preocupación. —No sé por qué pensaste eso —añadí, sin apartar la mirada.
—Lo siento, yo te vi en este lugar y no sé, pensé lo peor... Lo siento, lo siento, lo siento, lo siento —repitió una y otra vez, bajando la mirada. No pude evitar sonreír ante lo apenada que parecía.
—Tranquila, cálmate. Pero para la próxima, si ves a otra persona en una terraza, solo pregunta qué está haciendo antes de hacer el ridículo, ¿sí? —bromeé, tratando de aliviar la tensión.
—¡Oye! Solo pensé que... esto me pasa por intentar ayudar a una loca que está en el último piso de un edificio en plena oscuridad. Mejor me largo de aquí —dijo, negando con la cabeza. Me sorprendió escucharla llamarme loca, pero no pude evitar reírme.
—No, quédate. La que se tiene que ir soy yo. Tengo que hacer muchas cosas antes de tirarme de un edificio —respondí, cruzándome de brazos y sonriendo con ironía.
—Jajaja, qué graciosa. Mejor te hubieras lanzado —dijo, y por primera vez la vi sonreír. Había algo contagioso en su risa, algo que me hizo sentir menos sola.
—Pues gracias a ti no me caí del edificio ni al suelo, pero sí sobre ti —añadí, solo para molestarla un poco más. —Adiós, chica rara —me despedí, comenzando a bajar por las escaleras.
—Adiós... ¡idiota! —fue lo último que escuché antes de perderla de vista.
Mientras bajaba los escalones, sentí cómo la tensión de los últimos minutos se disolvía poco a poco. El corazón aún me latía rápido, pero ahora era por la adrenalina de la situación, no por el miedo. No podía evitar pensar en lo absurdo y, al mismo tiempo, en lo hermoso que había sido ese encuentro. Dos desconocidas, una noche cualquiera, en la terraza de un edificio feo, compartiendo un momento que, de alguna manera, nos había marcado a ambas.
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La Guardaespaldas [EDITANDO]
FanficDaniela tenía una vida normal como cualquier chica de su edad, hasta que los problemas comienza a llegar a su vida, cuando su padre recibe una amenaza de muerte y decide contratar a un guardaespaldas aunque su hija se niegue aceptar protección. Marí...
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