POCHÉ
Luego de que Paula nos obligara, casi a la fuerza, a vestirnos y arreglarnos en tiempo récord, apenas una hora, nos encontrábamos afuera del hotel, esperando el taxi que nos llevaría a la fiesta. El aire de la noche era fresco. Daniela me miró primero a mí, buscando complicidad, y luego dirigió su mirada inquisitiva hacia Paula.
—¿No habías pedido un taxi? —preguntó Calle, diciendo en voz alta lo que yo no me atrevía a preguntar.
—Sí, lo pedí para las ocho, no para las nueve —respondió Paula, Daniela pone los ojos en blanco con fastidio al escuchar a su amiga. —Ahora tenemos que esperar otro —murmuró, cruzando los brazos con resignación.
El silencio se hizo incómodo por un instante, hasta que Calle sugirió, con ese tono despreocupado tan suyo:
—¿Por qué no vamos caminando? No está lejos, ¿no?
—Son cuatro cuadras —respondió Paula, y yo negué con la cabeza, dejando claro que no pensaba caminar.
—Es peligroso —dije, sintiendo sus miradas sobre mí, como si estuviera exagerando. —Es mejor esperar.
—Vamos, María José, si esperamos unos minutos más, Paula nos mata —intentó convencerme Calle, bajando la voz hasta convertirla en un susurro cómplice cerca de mi oído—. Mira cómo nos mira.
Suspiré, derrotada por la presión de sus miradas y el miedo a ser la aguafiestas del grupo.
—Está bien —cedí, aunque la inquietud no me abandonaba.
Mientras caminábamos, mis pensamientos se arremolinaban en mi cabeza. Algo no me gustaba de todo esto. Paula y Daniela charlaban animadas, ajenas a la tensión que sentía en el pecho. Yo apenas podía concentrarme en sus palabras, enfocada en cada sombra, cada ruido, cada paso que dábamos hacia lo desconocido. De pronto, nos detuvimos frente a un callejón oscuro.
—Hay que darnos la vuelta —dije, mi voz sonó firme de lo que hubiera querido. —No vamos a cruzar por ahí...
—No, hay que cortar camino —insistió Daniela. Negué con la cabeza, sintiendo una opresión en el pecho.
—Es peligroso...
—En la mañana pasamos por aquí y no pasó nada —me interrumpió Calle, restándole importancia.
—Porque era de día —repliqué, con una obviedad que esperaba hiciera entrar en razón a las amigas. —En las películas siempre sucede algo malo en estos lugares —agregué, casi rogando que me escucharan. Daniela sólo sonrió, como si le hubiera contado un chiste. —Es en serio, Daniela. Ayúdame, Paula —le pedí, buscando apoyo.
—Okay, se pueden calmar. Seamos democráticas, votemos —propuso Paula, como si fuera la solución más lógica y madura, aunque dudaba de la imparcialidad del jurado. —Que levante la mano quien esté de acuerdo en cruzar el callejón.
Como era de esperarse, tanto Daniela como Paula alzaron la mano sin dudarlo.
—Ganamos —murmuró Daniela, sonriendo con satisfacción. Yo sólo pude rodar los ojos, resignada.
Nos adentramos en el callejón. Sentí cómo Daniela y Paula se pegaban más a mí, su supuesta valentía desmoronándose ante el silencio inquietante que nos envolvía. No estaba completamente oscuro, pero el silencio era tan denso que podía escucharse el eco de nuestros pasos. El aire olía a humedad y a algo más, algo indefinible que me ponía la piel de gallina.
Estábamos a punto de salir del callejón cuando los vimos: dos hombres recostados contra la pared, exhalando humo en la penumbra. El olor a cigarro era fuerte, casi asfixiante. Ellos no hicieron nada, sólo nos observaron con una sonrisa torcida que me heló la sangre. Instintivamente sujeté con más fuerza la cartera colgada de mi hombro donde guardaba el arma.
—Poché... —susurró Paula, acercándose aún más a mí, igual que Calle. Pasamos junto a los hombres, conteniendo la respiración, sin atrevernos a mirarlos directamente.
—Me dio un escalofrío —murmuró Daniela, aferrándose a mi brazo.
—Por esto no quería pasar por el callejón —les reclamé, la voz aún temblorosa.
—Prometo escuchaste desde este momento —dijo Paula. Daniela asintió, finalmente comprendiendo mi temor.
—¿Falta mucho aún? —pregunté, agotada de caminar y de la tensión acumulada.
Después de unos minutos más, que se me hicieron eternos, por fin llegamos a la fiesta. Pero al entrar, lo último que parecía era una fiesta. Todas las personas estaban sentadas en mesas, en parejas, conversando en voz baja. Nos miramos entre nosotras, confundidas y sorprendidas.
—Parece un restaurante —murmuró Daniela, observando el lugar con decepción. —¿Qué clase de fiesta es esta? No hay música —siguió quejándome, incapaz de ocultar su desilusión.
—Tal vez llegamos temprano —sugerí, intentando buscarle el lado positivo. —¿Estás segura de que este es el lugar? —pregunté después de unos segundos, y yo sólo pude encogerme de hombros, sintiendo que la noche apenas comenzaba y ya estaba llena de incertidumbre.
—Sí, es el lugar que me pasaron —respondió Paula, aunque en su voz noté una pizca de duda, como si por primera vez se cuestionara la información que le habían dado. Sus ojos recorrieron el salón hasta que señaló una mesa libre al fondo—. Por allá hay un lugar —dijo, y sin esperar respuesta, comenzó a caminar con paso decidido. Daniela y yo la seguimos, agradecidas de poder sentarnos después de la caminata y el susto del callejón. Apenas tocamos las sillas, sentí una oleada de alivio, como si la madera bajo mi cuerpo me anclara a la realidad.
—Llamaré a mi amigo —nos anunció Paula, sacando su teléfono y desapareciendo casi de inmediato entre la multitud, dejándonos solas en ese ambiente tan extraño, tan ajeno a lo que imaginábamos sería una fiesta.
—Esto es muy raro —murmuró Daniela, su voz temblando apenas, pero lo suficiente para que yo sintiera que no era la única incómoda.
—Sí —asentí, compartiendo su inquietud. —Al menos podríamos pedir algo de cenar, tengo... —no alcancé a terminar la frase porque, de pronto, una campana sonó con fuerza, cortando el aire como un cuchillo. Daniela pegó un pequeño salto, sobresaltada, y antes de que pudiera reaccionar, una chica apareció de la nada, la tomó del brazo y la arrastró hacia otra mesa. Me quedé helada, viendo cómo se la llevaban, y me puse de pie de inmediato, la alarma latiendo en mi pecho.
—¡Espera! —intenté seguirla, pero una joven de cabello corto, tatuada y con una sonrisa descarada, se interpuso en mi camino y me obligó a sentarme de nuevo.
—Hola, tú sí que eres de mi estilo —murmuró, acomodándose en el lugar que segundos antes ocupaba Daniela. Me vi obligada a sentarme también, atrapada por la extraña autoridad de su presencia.
—Perdón, pero esta silla está ocupada —intenté mantener la calma, aunque mi voz sonaba más tensa de lo que hubiera querido. De reojo, busqué a Calle, esperando que ella pudiera ayudarme a salir de esta situación absurda.
—Me llamo María José, pero puedes decirme Matu —dijo la chica, ignorando por completo mi comentario y sonriendo como si nada importara.
—Bien, Matu, este es el asiento de mi amiga —repetí, esta vez con más firmeza, mientras buscaba a Calle con la mirada, deseando que viniera en mi rescate.
CALLE
No entendía absolutamente nada de lo que estaba ocurriendo. Una mujer joven, con una energía arrolladora, me empujó suavemente pero con decisión, llevándome a otra mesa. Sentí que perdía el control de la situación, que era una pieza más en un juego cuyas reglas desconocía. Busqué a Poché con la mirada —ella estaba de pie, hablando con otra chica, y nuestros ojos se encontraron por un instante. Supe en ese momento que ella estaba tan confundida como yo.
—Hola, siéntate —me pidió la joven, sonriendo como si todo esto fuera lo más normal del mundo.
—Hola... —alcancé a decir, pero la voz de Poché me llamó desde el otro lado de la sala, devolviéndome a la realidad.
No lo dudé. Me levanté y caminé hacia donde estaba ella, dejando a la joven sola. Al ver el rostro de María José, confirmé que compartíamos la misma mezcla de desconcierto y molestia.
—Perdón, pero este es mi lugar —le dije a la mujer que ahora ocupaba mi asiento, tratando de sonar educada, aunque por dentro hervía de frustración.
—No escogemos lugares, ya terminó tu turno, busca otro asiento —respondió ella, sin siquiera mirarme, manteniendo su atención fija en Poché con una sonrisa que me resultó insoportable.
—¿Te puedes levantar, por favor? Vine a cenar con mi amiga —le pedí, intentando no perder la paciencia ante la absurda explicación.
—Estamos en una cita rápida y, obviamente, no me voy a levantar —replicó con un tono de superioridad que me hizo apretar los dientes.
—¿A qué te refieres con una cita rápida? —pregunté, genuinamente confundida. La mujer soltó un suspiro, como si le costara trabajo explicarme algo tan evidente.
—Me refiero a que una persona tiene una cita con otra por cinco minutos. Después de que suena la campana, se hace el intercambio —explicó, como si estuviera hablando con una niña pequeña.
—¿Entonces tenemos cinco minutos para conocernos? —preguntó María José, mirándome como si buscara una salida. —Me llamo María...
—¿Es en serio, Poché? —interrumpí, indignada, sintiendo que la situación se me escapaba de las manos. —Quiero irme de este lugar —dije, casi suplicando, como una niña cansada de un juego que no entiende.
—Déjala que hable —intervino la mujer tatuada, con una autoridad que me incomodó aún más.
—Oye, chica, ella vino conmigo y ahora nos tenemos que ir —le expliqué, intentando sonar firme. —Vamos, Poché.
—Está bien, adiós, Matu —se despidió ella, con una sonrisa amable, como si nada de esto fuera extraño.
María José se puso de pie y juntas nos dirigimos a la salida, dejando atrás el murmullo de conversaciones forzadas y el tintineo de la campana que marcaba los turnos de esa absurda cita rápida. Salimos al aire fresco, y por un momento sólo caminamos en silencio, hasta que no pude contenerme más.
—No puedo creer lo que acabas de hacer —le reproché, aún procesando todo lo que había pasado.
—¿Qué? Pero no hice nada, gracias a ti —respondió, y no pude evitar notar el orgullo en su sonrisa, como si hubiera ganado una pequeña batalla.
—Esa mujer te estaba coqueteando y tú no hiciste nada para impedirlo —insistí, sintiendo una punzada de celos que me sorprendió.
—¿Estás celosa? —preguntó, arqueando las cejas con una sonrisa traviesa. Me quedé callada, sin saber qué responder. —Estoy soltera...
—Vamos a buscar a Paula —la interrumpí, necesitando cambiar de tema antes de que mi corazón me traicionara aún más.
Encontramos a Paula afuera, justo en la esquina, hablando animadamente por el celular. Nos quedamos a unos pasos de distancia, esperando a que terminara la llamada. Yo sentía todavía el pulso acelerado por la extraña experiencia en el restaurante anterior; podía notar que María José también estaba inquieta, aunque intentaba disimularlo. Cuando Paula colgó, se acercó a nosotras con una sonrisa, ajena a todo lo que habíamos vivido.
—¿Por qué salieron? —preguntó, con esa ligereza que le era tan natural, como si nada pudiera perturbarla.
Poché, aún con la emoción a flor de piel, fue la primera en responder, su voz vibrando de entusiasmo, como si lo que acabábamos de vivir fuera una anécdota divertida y no una situación incómoda.
—No te imaginas lo que acaba de pasar —dijo, casi riendo. Paula la miró con una mezcla de curiosidad y desconcierto. —Calle estuvo ce...
No la dejé terminar. Sentí el calor subir a mis mejillas, la vergüenza todavía fresca en mi memoria.
—Pasé la vergüenza de mi vida —la interrumpí, incapaz de soportar que Poché lo contara a su manera.
Paula frunció el ceño, preocupada de verdad por primera vez en la noche.
—¿Qué sucedió? —preguntó, su tono más serio.
—Te cuento luego. ¿En qué lugar es la fiesta? Porque definitivamente este no es —pregunté, deseando dejar atrás el episodio lo antes posible.
Paula soltó una pequeña risa, como si todo fuera parte de una broma privada.
—No, no lo es. La fiesta queda en la otra esquina —murmuró, señalando hacia una puerta iluminada al fondo de la cuadra. —Vamos.
Poché y yo asentimos, y comenzamos a seguirla, agradecidas de dejar atrás aquel lugar tan extraño. Mientras caminábamos, sentí cómo la tensión se iba disipando poco a poco, reemplazada por una nueva expectación. Al llegar, la verdadera fiesta se desplegó ante nosotras: luces tenues, música vibrante, gente riendo y bailando, el aire impregnado de promesas y emociones.
Buscamos una mesa y nos sentamos, todavía recuperándonos de la confusión anterior. Paula, siempre la más sociable, se ofreció a ir a la barra a buscar algo de tomar. Nos quedamos solas, y no pude evitar mirar a Poché, queriendo saber lo que ella pensaba de todo esto.
—¿Cómo se llamaba la chica esa? —le pregunté, la curiosidad mezclada con una pizca de celos que no me atrevía a admitir. Necesitaba ponerle nombre a esa sensación incómoda.
—¿Quién? ¿Matu? —respondió con una sonrisa traviesa, como si disfrutara de mi incomodidad. Rodé los ojos, sintiendo un leve fastidio.
Antes de que pudiera decir algo más, Paula regresó con dos vasos en la mano. Me ofreció uno, y dudé por un segundo antes de aceptarlo, recordando la tensión de la cita rápida.
—Gracias —murmuré, sintiendo el frío del vaso en mis manos. No pude evitar preguntar, bajando la voz—: ¿Por qué no tomas?
Poché me miró con sinceridad, su respuesta tan simple como honesta.
—El alcohol no es lo mío, además tengo el estómago vacío —asentí, comprendiendo.
La noche fue avanzando, y poco a poco la incomodidad se fue transformando en diversión. Paula estaba hablando animadamente con un chico que no conocíamos, pero parecía no importarle. Poché y yo conversábamos, riendo de lo absurdo de la situación anterior. Por un momento, sentí que todo estaba en equilibrio, que nada podía salir mal.
Hasta que la vi. Matu, la chica del restaurante, apareció entre la multitud y se dirigió directamente hacia nosotras. Sentí un nudo en el estómago.
—¿Poché? —dijo, su voz segura, abriéndose paso entre la gente.
—Genial —murmuré, mirando a Poché, que me devolvió la mirada antes de girarse hacia su nueva amiga.
—¿Matu, qué haces aquí? —preguntó con una sonrisa, y noté cómo volvía a tomar el vaso que había dejado a un lado.
—Vine con unos amigos —respondió Matu, su tono insinuante. —Creo que el destino quiere que nos encontremos —puse los ojos en blanco, incapaz de ocultar mi fastidio. —¿No se molestan si me siento con ustedes?
—Bueno, yo creo... —empecé a decir, pero Poché me interrumpió antes de que pudiera rechazarla.
—Claro, siéntate —dijo, y Matu sonrió ampliamente antes de acomodarse junto a nosotras. Ellas dos comenzaron a hablar animadamente, mientras yo me limité a terminar mi trago, sintiéndome de sobra.
En ese momento, Paula regresó y se inclinó hacia mí, su voz un susurro cómplice en mi oído.
—Creo que voy a traer más mojito, lo necesitas —asentí, agradecida de que alguien notara mi incomodidad. Paula se fue a la barra, dejándome sola con Poché y Matu.
—¿Vives en esta ciudad? —escuché que Matu le preguntaba a Poché, su interés evidente.
—No, soy de Bogotá, pero ahora vivo en Los Ángeles. Sólo estoy por aquí por unos días —respondió Poché, y me sorprendió lo fácil que le resultaba abrirse con una desconocida.
—Wow, yo también soy de Bogotá —dijo Matu, como si el universo hubiera conspirado para unirlas.
Sentí que no podía soportarlo más. La incomodidad me llenó el pecho y me levanté de golpe.
—Creo que voy a ir al baño a vomitar —dije, intentando sonar casual, aunque sabía que mi voz temblaba.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Matu, con una preocupación que me pareció casi falsa. Poché comenzó a reírse, y sentí que el mundo giraba a su alrededor.
—Sí —respondí, forzando una sonrisa antes de dirigirme al baño, deseando que el agua fría me devolviera la calma.
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La Guardaespaldas [EDITANDO]
FanfictionDaniela tenía una vida normal como cualquier chica de su edad, hasta que los problemas comienza a llegar a su vida, cuando su padre recibe una amenaza de muerte y decide contratar a un guardaespaldas aunque su hija se niegue aceptar protección. Marí...
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