Capítulo 13

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POCHÉ

Después de lo que sucedió anoche con Daniela, apenas logré dormir. Mi mente no dejaba de dar vueltas, repasando cada palabra, cada mirada, cada roce que compartimos. Sentía el corazón pesado y ligero al mismo tiempo, como si estuviera colgando de un hilo invisible entre el miedo y la esperanza. Cuando por fin el sueño me venció, fue apenas un par de horas, y al despertar, el silencio de la casa me abrazó como un refugio. Todos los demás seguían en la cama, y por un instante sentí alivio. Al menos tendría unas horas para mí sola, para intentar ordenar el caos de emociones que me habitaba.

Los domingos solían ser mi tiempo libre, mi pequeño oasis para reconectar conmigo misma, pero hoy no quería regresar a casa. No quería enfrentarme a la rutina ni a las preguntas de siempre. Quería saber qué iba a suceder conmigo y con Daniela después de lo ocurrido. ¿Había cambiado algo entre nosotras? ¿O todo seguiría igual, como si nada hubiese pasado?

Me serví una taza de café, buscando en el calor de la bebida un poco de consuelo, cuando Ana entró en la cocina, interrumpiendo mis pensamientos.

—Buenos días, María José —me saludó con su voz suave, casi maternal.

—Hola, Ana. Hice un poco de café —le ofrecí, esforzándome por sonreír, aunque sentía los labios tensos.

—¿Cómo estuvo la fiesta? —preguntó mientras se servía un poco de café, observándome con esa mirada suya que parecía ver más allá de lo evidente.

—Increíble —respondí, y era cierto. Gracias a Daniela, la noche había sido increíble, mágica incluso, aunque ahora me doliera el pecho de incertidumbre.

—Con razón —comentó Ana, y la miré, confundida por su tono.

—¿Con razón qué? —pregunté, intentando sonar casual.

—Esa sonrisa —dijo, esbozando una sonrisa dulce, casi cómplice.

Sentí que mis mejillas ardían. Bajé la mirada y jugué con la taza entre mis manos.

—Siempre estoy feliz —murmuré, aunque ni yo misma me creía. Ana arqueó las cejas, escéptica.

—Apenas te conozco, pero sé que tu sonrisa no es sólo por esa fiesta. Tienes un brillo en los ojos que sólo tienen las personas que están enamoradas —dijo, y sentí que el corazón me daba un vuelco.

—¿Quieres un poco más? —intenté desviar la conversación, levantando la cafetera. Ana alzó su taza, mostrándome que aún tenía suficiente.

—¿Me dirás quién es el culpable de tu sonrisa? —preguntó, y su sonrisa era tan cálida que por un segundo quise confesarle todo.

—Nadie, sólo estoy...

No pude terminar la frase. Daniela entró en la cocina en ese momento, con una sonrisa que se desvaneció en cuanto me vio.

—Buenos días —fui la primera en saludar, intentando que mi voz no temblara.

—Buenos días, mi niña —Ana se acercó a Daniela y le dio un beso en la frente. —Poché hizo café, te ayudará con esa cara que tienes —dijo, y yo solté una risa silenciosa, agradecida por la distracción.

—Sólo quiero algo que me quite este dolor de cabeza —suspiró Daniela, frotándose las sienes.

—No sé, iré a buscar en mi recámara, creo que tengo algo que te ayudará —dijo Ana antes de salir, dejándonos solas en la cocina.

CALLE

Hoy desperté demasiado temprano para ser domingo. Quería seguir durmiendo, pero el dolor de cabeza era insoportable. Además, no podía dejar de pensar en lo que pasó anoche con María José. No sabía cómo actuar, no sabía si debía hablarle, si debía fingir que nada ocurrió. El miedo a enfrentarla era más fuerte que el dolor, pero al final, el dolor físico me obligó a bajar.

La Guardaespaldas [EDITANDO]Stories to obsess over. Discover now