Capítulo 8

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CALLE

Había entrado a ver a Juliana, mi hermana, después de todo el caos y el miedo de las últimas horas. Verla ahí, dormida pero estable, me devolvió un poco de la paz que había perdido. Me quedé sentada a su lado, observando la respiración tranquila que subía y bajaba su pecho, y por un momento sentí que el mundo podía volver a ser seguro. Cuando salí de la habitación, lo primero que noté fue la ausencia de María José. Un vacío extraño me recorrió el pecho, como si me faltara algo que no sabía que necesitaba.

Mi papá me estaba esperando en el pasillo. Se notaba cansado, pero al mismo tiempo aliviado. Cuando me acerqué, me sonrió y me dijo que María José se había ido, pero que le había pedido que se despidiera de mí. No pude evitar sonreír ante ese gesto. Después de cómo me había comportado con ella, después de mi frialdad y mis respuestas cortantes, ella había estado ahí, ayudándome, acompañándome, preocupándose por mí. Quise verla al menos una vez más, darle las gracias de verdad, mirarla a los ojos y decirle que, aunque no la conocía, su presencia había significado más de lo que podía admitir.

—Sabes, nunca le había visto tú amiga —dijo mi papá, con una sonrisa traviesa. —Se portó muy linda contigo —alzando las cejas, esperando que le respondiera algo más.

Me quedé mirándolo, sin saber muy bien qué decir. No era mi amiga. No podía llamarla así, no todavía, aunque algo dentro de mí deseaba que lo fuera.

—No es mi amiga —fui sincera, aunque vi en sus ojos que no le convencía mi respuesta.

—¿Entonces qué es? —preguntó, divertido, como si estuviera jugando a adivinar un secreto. —Ella me dijo que era tu amiga —abrí los ojos, sorprendida.

—Pues te mintió —dije, y vi cómo su expresión cambiaba a una mezcla de confusión y curiosidad. —No es mi amiga, ella estaba en la fiesta. Cuando recibí la llamada, ella estaba conmigo. Al ver cómo estaba, se ofreció a acompañarme, nada más —expliqué rápido, como si necesitara justificarme antes de que él imaginara cualquier cosa.

—Daniela, respira —me pidió, y obedecí, soltando el aire que no sabía que estaba conteniendo. —Para ser una desconocida, se preocupó mucho por ti —comentó, y no pude evitar reírme ante su insistencia.

—¿Qué quieres decir? —pregunté, aunque temía la respuesta.

—No sé, dímelo tú —contestó, riéndose. —¿Por qué tienes esa cara?

—Porque me parece increíble tu pregunta —le respondí, tratando de sonar indiferente. —¡Es una desconocida para mí! —recalqué, como si decirlo en voz alta fuera a convencerme a mí misma.

—Con ese comentario me lo estás confirmando —puse los ojos en blanco, frustrada. —Dime, ¿quién se preocupa por una persona que apenas conoce? —insistió, y sentí que no estaba preparada para esa conversación.

—No lo sé, pero lo que sé es que ella no es nada mío y no lo será. Por favor, cambiemos de tema —le pedí, casi rogando. No entendía por qué María José ocupaba tanto espacio en nuestra conversación, en mi mente, en mi pecho.

—Está bien, pero… ¿ella te cae mal? —me preguntó, mirándome con auténtica curiosidad.

Suspiré, cansada de la insistencia, pero también cansada de mentirme.

—No me cae mal, solo no la conozco y ya —dije, esperando que eso fuera suficiente para cerrar el tema. —Ahora dejemos de hablar de ella, por favor —le rogué, sintiendo que si seguía hablando de María José, algo dentro de mí iba a romperse.

—Está bien —cedió, aunque noté la sonrisa en su rostro, como si supiera algo que yo aún no podía admitir. —Mejor ve a descansar, yo me quedo con tu hermana.

La Guardaespaldas [EDITANDO]Stories to obsess over. Discover now