POCHÉ
Después de cenar con los chicos y con Ana, sentí una inquietud que no me dejaba en paz. La conversación, las risas, incluso la comida, todo parecía difuminarse en el fondo de mi mente, eclipsado por un solo pensamiento: Daniela. No podía evitar preguntarme qué estaría haciendo, si pensaba en mí, si acaso sentía esa misma ansiedad que me recorría el cuerpo cada vez que la tenía cerca. Caminé por el pasillo en silencio, mis pasos amortiguados por la alfombra, y me detuve frente a su puerta. Noté que la luz de su habitación ya estaba apagada. Un suspiro escapó de mis labios, mezcla de resignación y alivio. No quería molestarla, así que me dirigí a mi cuarto, intentando convencerme de que era lo mejor.
Entré al baño y me dejé envolver por el agua caliente de la ducha, esperando que el vapor disipara mis pensamientos, pero el rostro de Daniela seguía ahí, nítido, imposible de borrar. Me sequé despacio, me puse el pijama y me metí en la cama, pero el sueño no llegaba. Cerraba los ojos y la veía sonreír, la escuchaba reírse de algo que yo había dicho, sentía el roce de su mano en la mía, aunque fuera solo en mi imaginación. Era como si mi mente se negara a dejarla ir, como si mi corazón latiera solo por ella en ese silencio nocturno.
Después de dar vueltas y vueltas, decidí que necesitaba un vaso de agua. Bajé las escaleras en penumbra, con la esperanza de que el movimiento me ayudara a despejarme, pero al llegar a la cocina, la vi. Daniela estaba allí, iluminada apenas por la luz tenue del refrigerador abierto, y mi corazón dio un vuelco tan fuerte que sentí que se me iba a salir del pecho.
—Hola —la saludé, mi voz temblorosa, un poco exaltada por la sorpresa de encontrarla allí.
Ella cerró la puerta del refrigerador y me miró, sus ojos brillando en la oscuridad. —Me asustaste —dijo, soltando una risa nerviosa que me hizo sonreír.
—Lo siento, no quería… solo vine por un vaso de agua —dije mientras buscaba a tientas un vaso en el estante, tratando de disimular mi nerviosismo.
—Descuida —respondió, regalándome una media sonrisa que me desarmó por completo. —¿Tú también no puedes dormir? —me preguntó, como si compartiéramos un secreto.
—Algo así… ¿y tú? ¿Por qué no puedes dormir? —tomé un sorbo de agua, intentando calmar la sequedad de mi garganta.
Daniela suspiró, bajando la mirada. —Creo que aún no tengo ganas de dormir —murmuró, y sentí que había algo más detrás de sus palabras, algo que no se atrevía a decir.
—¿Puedo sentarme? —pregunté, temerosa de invadir su espacio, pero deseando quedarme un poco más a su lado. Ella asintió, con una sonrisa cálida que me invitó a acercarme.
Me senté junto a ella, sintiendo la electricidad en el aire. —¿Te cayeron bien los guardaespaldas? —intenté iniciar una conversación, buscando romper el hielo.
—Son muy amables, principalmente Johan, ¿no es así? —comentó Daniela, y noté un brillo especial en sus ojos al mencionarlo.
—Sí, Johan es muy tierno —respondí, devolviéndole la sonrisa.
—¿Ya se conocían? —preguntó, frunciendo el ceño, como si hubiera notado algo en mi tono de voz.
—Sí, es un amigo… fue mi compañero de colegio —mentí, sintiendo un pinchazo de culpa.
—Wow, qué casualidad que estén aquí juntos otra vez —comentó, mirándome fijamente, como si buscara algo en mi mirada.
—Sí… —contesté, jugando nerviosamente con mi vaso, sintiendo que el silencio entre nosotras era tan frágil como el cristal que sostenía.
Daniela dudó un momento antes de hablar, su voz bajó de tono, volviéndose casi un susurro. —Mañana, después de la universidad, ¿me puedes acompañar a un lugar? —preguntó tímidamente, y mi corazón se aceleró. —O si quieres, puedo traerte a la casa…
—No, yo quiero acompañarte —la interrumpí, más rápido de lo que pretendía, pero era la verdad.
Ella sonrió, bajando la mirada, y murmuró: —Gracias. Voy a… intentar dormir, nos vemos mañana —dijo, poniéndose de pie, y supe que era una despedida, pero también una promesa. —Tú tienes que hacer lo mismo, mañana tenemos clase.
—Sí, ya voy… hasta mañana —le respondí, viendo cómo se alejaba, deseando que la noche no terminara nunca.
Cuando Daniela desapareció en el pasillo, me quedé un momento sentada, abrazando el vaso entre mis manos, sonriendo como una tonta. No podía dejar de pensar en lo tierna y hermosa que podía ser conmigo cuando se lo permitía. Me preguntaba por qué escondía ese lado dulce detrás de una coraza de frialdad y prepotencia. Sabía que había algo más, algo que no me dejaba ver, pero estaba decidida a descubrirlo.
Regresé a mi habitación con el corazón ligero, y por primera vez en mucho tiempo, sentí que podía dormir en paz. Hablar con Daniela sin discutir, sin malentendidos, me había dado una calma que no recordaba haber sentido antes.
********
A la mañana siguiente, la alarma sonó y me levanté con dificultad, aún medio dormida. Me metí al baño, me vestí rápidamente y bajé las escaleras, solo para que Calle me tomara de la mano y me arrastrara afuera. Al parecer, íbamos tarde y no había tiempo ni para desayunar.
Daniela me regañó por haberme demorado, y aunque normalmente habría protestado, esta vez solo asentí. Tenía razón, y además, su voz, incluso cuando estaba molesta, me resultaba extrañamente dulce.
Las horas en la universidad pasaron lentas, pesadas, como si el tiempo se hubiera detenido. No podía dejar de pensar en la invitación de Daniela, en lo que significaba, en lo que podría pasar. Finalmente, cuando las clases terminaron, Daniela y yo nos dirigimos al lugar al que me había pedido que la acompañara.
—¿Qué hacemos aquí? ¿De quién es esta casa? —pregunté con una sonrisa, admirando el lugar, que parecía sacado de un sueño.
—Es la quinta del papá de Paula —contestó, mirándome de reojo. —Y vamos a andar en caballos… ¿o tienes miedo? —preguntó, alzando las cejas con un gesto desafiante.
—No, pero nunca me imaginé que te gustaran los caballos —murmuré, sinceramente sorprendida.
Daniela sonrió, y por un instante vi en ella a una niña feliz, libre de todas sus máscaras. —Hay muchas cosas que no sabes de mí, créeme que te puedo sorprender, como ahora —dijo, guiñándome un ojo.
—Dime algunas —le pedí, deseando conocer cada rincón de su alma.
—Lo vas a saber cuando sea el momento. Por ahora, conformate con saber que me encanta montar, y espero que a ti también… no como Paula.
—¿A Paula no le gusta? —pregunté, riéndome, sintiendo que, poco a poco, Daniela me dejaba entrar en su mundo.
—No, por eso te pedí que me acompañaras —respondió Daniela, y no pude evitar sentir una punzada de decepción en su voz, como si hubiera esperado otra cosa, como si en el fondo quisiera compartir este momento solo conmigo y no con Paula. Me quedé mirándola unos segundos, intentando descifrar lo que realmente pasaba por su mente, pero ella solo me miró de reojo y sonrió, como si no quisiera que notara su vulnerabilidad. —¿Vamos a cambiarnos? —agregó, y su tono volvió a ser práctico, casi indiferente.
Asentí, aunque por dentro me sentía un poco desplazada, y la seguí en silencio hasta la pequeña cabaña donde guardaban los cascos y los chalecos. Me puse la ropa de montar con las manos temblorosas, tratando de no pensar demasiado en lo que acababa de escuchar. Cuando salimos, el aire fresco del campo me golpeó en la cara y me ayudó a despejarme un poco. Caminamos juntas hacia el establo, y sentí cómo la tensión entre nosotras se iba disipando poco a poco, reemplazada por una especie de emoción infantil ante la idea de montar a caballo.
Al llegar, el olor a heno y a tierra húmeda me envolvió. Daniela se adelantó con paso seguro y, sin dudarlo, eligió el caballo más grande y fuerte, el que el encargado nos aseguró que era el más rápido de todos. Yo, en cambio, me detuve a observar a los caballos, preguntando por sus nombres. El muchacho que nos atendía se encogió de hombros y me dijo que no tenían nombres, que podíamos ponerles uno si queríamos.
—¿Cómo se va a llamar tu caballo? —le pregunté a Daniela, mirándola con curiosidad, deseando ver un poco de su mundo interior en esa elección tan sencilla.
Ella me miró divertida, como si la pregunta le pareciera absurda, pero al mismo tiempo le arrancara una sonrisa genuina. —Café —respondió, y su sonrisa se ensanchó, iluminándole el rostro de una forma que pocas veces le había visto.
La miré, un poco confundida por la sencillez de su respuesta. —¿Qué? ¿Café? —pregunté, sin poder evitar reírme.
—Sí, me gusta el café —dijo encogiéndose de hombros, como si fuera la cosa más obvia del mundo. Asentí, contagiada por su alegría.
—¿Y el tuyo? —me preguntó, mirándome con esos ojos que parecían querer descubrir todos mis secretos.
—Dulce de leche —respondí sin pensarlo demasiado, y sentí que el nombre me representaba, que era una pequeña confesión de mi parte.
—¿Dulce de leche? —repitió Daniela, arqueando una ceja, divertida.
—Sí, me gusta el dulce —le contesté, repitiendo su justificación, y ambas nos reímos, como si por fin hubiéramos encontrado un pequeño punto de encuentro entre nuestras diferencias.
Montamos a nuestros caballos, y enseguida noté la diferencia: el mío era tranquilo, pausado, parecía disfrutar del paseo tanto como yo, mientras que el de Daniela era impetuoso, lleno de energía, y apenas ella le dio la orden, salió al trote con una velocidad que me dejó atrás en cuestión de segundos.
Calle, divertida, empezó a burlarse de mí y de mi caballo, y su risa resonó en el aire, ligera y contagiosa.
—¿Por qué tan lenta? —me preguntó, riéndose abiertamente, disfrutando de la ventaja.
—No voy lenta… eres tú la que va tan rápido —le respondí, fingiendo estar ofendida, aunque en el fondo me hacía gracia verla tan feliz.
—¿Jugamos una carrera? —me propuso, con voz de niña pequeña, sus ojos brillando de emoción.
—No sé, Calle… mi caballo no es tan veloz como el tuyo —dije mirando a Dulce de leche, acariciándole el cuello con ternura—. No estamos hechos para correr.
—¿Tienes miedo, María José? —me provocó, con una risa burlona que me hizo sonrojarme.
—No, pero mi…
—La que pierde cumple un castigo —me interrumpió Daniela, aprovechando su ventaja, y vi en su rostro esa chispa competitiva que tanto la caracterizaba.
—Bien —acepté, aunque no muy convencida. Algo en su mirada me hizo querer seguirle el juego, aunque supiera que iba a perder.
Nos pusimos en la línea de salida improvisada, y sentí la adrenalina recorrerme el cuerpo, mezclada con nervios y emoción.
—¿Estás lista? —me preguntó Daniela, mirándome con una sonrisa desafiante.
—Nací lista —le respondí, intentando sonar segura, aunque por dentro sentía mariposas en el estómago.
—Bien. Lista en tres, dos, uno… —y antes de que pudiera prepararme del todo, ya estábamos corriendo.
Daniela tomó la delantera de inmediato, su caballo parecía volar sobre el campo, mientras que el mío avanzaba a su propio ritmo, sin prisa, como si no entendiera la urgencia de la competencia. Intenté apurarlo, pero era inútil. Daniela estaba cada vez más lejos, y sentí una mezcla de frustración y risa ante la situación.
—¡Calle, más lento! —grité, esperando que me escuchara, pero ella solo se reía, disfrutando de la libertad y la velocidad.
De repente, algo cambió. Vi cómo Daniela perdía el control, su caballo empezó a desbocarse y mi corazón se detuvo por un segundo. Todo pasó muy rápido: la vi tambalearse, gritar mi nombre, y luego caer al suelo con un golpe seco que me heló la sangre.
—¡Daniela! —grité, saltando de Dulce de leche antes de que se detuviera por completo. Corrí hacia ella, el miedo apretándome el pecho, sintiendo que el mundo se reducía a ese instante, a su cuerpo tendido en el suelo.
Me arrodillé a su lado, temblando. —¿Estás bien? —pregunté, mi voz apenas un susurro, llena de angustia.
—Sí… —murmuró, pero al ver su rostro supe que no era cierto. Sus ojos estaban llenos de dolor, y su respiración era entrecortada. —Mi tobillo… mi tobillo me duele —dijo, y vi cómo intentaba no llorar.
—Déjame ver, te quitaré la bota —le dije, tratando de sonar calmada, aunque por dentro estaba hecha un manojo de nervios. Daniela asintió, mordiéndose el labio, y empecé a quitarle la bota con el mayor cuidado posible.
—Ay, ay, ay… me duele —se quejó, apretando los ojos.
—Ya está… ¿En qué estabas pensando? —le pregunté, intentando aliviar la tensión.
—Ese es el problema, Poché, no estaba pensando —murmuró Daniela, y sus palabras me llegaron al alma, como una confesión silenciosa de todo lo que le pesaba por dentro.
—Y mira cómo terminaste… —le dije, acariciándole suavemente el tobillo. —Te haré unos masajes, ¿estás de acuerdo?
—Sí, pero despacio —me pidió, y asentí, comenzando a masajear su tobillo con mucho cuidado, sintiendo cómo confiaba en mí, cómo me dejaba entrar en su espacio más vulnerable.
—Tienes una torcedura y está un poco inflamado —mencioné mientras seguía con el masaje, notando la atenta mirada de Calle sobre mí. —No es grave, sobrevivirás.
—¿Eres doctora? —preguntó con una sonrisa, intentando restarle importancia a lo que sentía.
—No, pero sé de primeros auxilios. Tú deberías saberlo también —comenté, tratando de distraerla del dolor.
—¿Me pasas tu media? —le pedí, señalando sus largas medias. Calle asintió, un poco confundida, y se las quité con cuidado. —Es para inmovilizarlo un poco —le expliqué mientras lo hacía, improvisando una venda para darle estabilidad.
Daniela me observaba en silencio, su respiración aún agitada. —No sé cómo caí, nunca me había pasado esto —comentó, mirando lo que hacía con su tobillo, y por un momento vi en sus ojos un destello de miedo, de inseguridad.
—Tranquila, a veces suceden accidentes —dije con una media sonrisa, intentando tranquilizarla.
—¿Cómo aprendiste a andar así? —me preguntó, y sentí su curiosidad genuina, como si quisiera conocer un poco más de mi historia.
—Tal vez por las clases de equitación que tuve cuando era niña —mencioné, y vi cómo Daniela se sorprendía, como si de pronto descubriera una parte de mí que no conocía. —¿Entonces gané? —pregunté alzando las cejas, buscando devolverle la sonrisa.
—No, claro que no —respondió, negando con la cabeza, pero sus ojos brillaban de gratitud. —Pero me ayudaste, así que solo por eso ganaste hoy.
—Bien, me parece lo justo —dije, terminando de inmovilizar su tobillo, y en ese momento sentí que, a pesar de todo, habíamos ganado algo más importante: la certeza de que podíamos cuidarnos la una a la otra.
—¿Me ayudas a pararme? —me pidió Daniela, su voz era apenas un susurro, cargada de dolor y una vulnerabilidad que pocas veces dejaba ver. Me apresuré a colocarme a su lado, ofreciéndole mi brazo con delicadeza, sintiendo el peso de su cuerpo apoyarse en mí.
—Recarga tu brazo sobre mi hombro, yo te ayudo —le indiqué suavemente, procurando que se sintiera segura. Daniela, obedeció sin protestar, y durante un instante sentí que la distancia entre nosotras se desvanecía, que en ese pequeño gesto había una entrega silenciosa, una aceptación de que podía cuidarla.
El trayecto de regreso a la casa, aunque no era largo, se sintió eterno. Caminábamos despacio, casi a paso de tortuga, cada movimiento de Daniela era un pequeño esfuerzo, y yo estaba atenta a cada una de sus reacciones, a cada mueca de dolor que intentaba disimular. El silencio se llenó de una extraña complicidad, de miradas y gestos que decían más que cualquier palabra.
Al fin llegamos, y con cuidado la ayudé a sentarse en el sofá, acomodando unos cojines para que pudiera apoyar la pierna.
—Me duele todo el cuerpo —murmuró, dejándose caer contra el respaldo, como si de pronto el cansancio y el dolor la hubieran alcanzado de golpe.
—Claro que te va a doler, si te caíste del caballo —le recordé, intentando restarle gravedad, pero por dentro me sentía inquieta, preocupada por ella.
Daniela miró el reloj, frunciendo el ceño. —Tenemos que regresar antes de que sea muy tarde —comentó, como si la responsabilidad fuera lo único que la mantenía distraída del dolor.
—Pero si ya es tarde —le señalé, mirando por la ventana cómo la luz del atardecer se desvanecía entre los árboles.
—¿Te quieres quedar acá? —me preguntó, sorprendida, como si la idea de pasar la noche juntas en ese lugar fuera algo que no se le hubiera ocurrido.
—Sí, ¿tiene algo de malo? —cuestioné, un poco confundida por su reacción. En realidad, la idea de quedarme allí, lejos de todo, a solas con ella, me resultaba extrañamente reconfortante.
—No, pero mañana tenemos la universidad —me recordó, y tenía razón, pero en ese momento la universidad me parecía un asunto tan lejano, tan insignificante comparado con lo que estaba sintiendo.
—Pero no va a pasar nada si faltamos un día, ¿o sí? —pregunté, porque en el fondo deseaba que esa noche no terminara, que pudiéramos quedarnos allí, juntas, sin el peso de las obligaciones.
Daniela dudó un instante antes de responder. —Creo que no, pero tengo que avisar a mi papá —mencionó, y noté un leve temblor en su voz, como si le preocupara lo que pudiera pensar su padre.
—Okay, yo le llamo —me ofrecí, queriendo aliviarle al menos esa carga. Daniela me miró, sorprendida, pero terminó asintiendo.
Me alejé un poco para hacer la llamada, sintiendo la mirada de Calle en mi espalda. Marqué el número de Germán, y esperé unos segundos hasta que contestó.
—Hola —dijo su voz al otro lado, y sentí un nudo en la garganta.
—Señor, soy María José —murmuré, alejándome un poco más para que Daniela no escuchara la conversación.
—¿Poché? ¿Dónde están? —preguntó, y noté la preocupación en su tono. —No sabes lo preocupado que estaba.
—Lo siento, Germán, por eso le llamaba… estamos un poco lejos de la ciudad, creo que no llegaremos a dormir… estamos cansadas —comencé a explicar, eligiendo cuidadosamente mis palabras. No quería preocuparlo más contando lo del accidente. —Estamos en una quinta, de la amiga de Daniela —añadí, sabiendo que mi explicación era torpe.
—¿Qué hacen ustedes por ahí? —preguntó, y supe que ya sabía de qué lugar hablaba.
—Vinimos a montar a caballo, Daniela me pidió, solo estoy haciendo lo que me pidió usted —le susurré lo último, esperando que entendiera.
—Está bien, solo cuida a Daniela, por favor —me pidió con un tono que mezclaba alivio y cansancio.
—¿Sucedió algo? —me atreví a preguntar, sintiendo la preocupación crecer en mi pecho.
—Sí, mañana te explico —murmuró con un suspiro, y supe que había algo más, pero no insistí.
—Está bien, adiós —me despedí, colgando el teléfono con un suspiro.
Regresé al sofá, donde Daniela me esperaba con la mirada fija en mí.
—¿Qué te dijo mi papá? —preguntó, intentando leerme el rostro.
—Nada, solo te manda un beso de buenas noches —bromeé, tratando de aligerar el ambiente.
Daniela rodó los ojos, pero no pudo evitar sonreír. —¿Cuál es mi castigo? —cuestionó con un suspiro, y noté que le costaba admitir la derrota. —Aparte de estar contigo.
—Créeme, Daniela, que estar conmigo no es un castigo para ti —le respondí, acercándome un poco más, disfrutando de la cercanía. —¿Sabes cocinar? —pregunté, cambiando de tema.
—Algo —dijo, mirándome con una mezcla de curiosidad y desconfianza. —¿Qué quieres que haga?
—Haremos, yo te ayudaré a cocinar —comenté, y Daniela sonrió, como si la idea de compartir esa tarea la animara un poco. —Pero primero hay que bañarnos —añadí, y ella alzó las cejas, divertida.
—No, no lo que… —me apresuré a aclarar, sintiendo el rubor subir a mis mejillas.
—Tranquila, Poché, buscaremos ropa en la habitación de Paula —respondió, y ambas nos reímos, dejando atrás por un momento el dolor y el cansancio.
Daniela buscó ropa en el armario de Paula, y cuando encontramos algo que nos podía servir, fuimos a bañarnos por separado. El agua caliente me ayudó a relajarme, a dejar atrás la tensión del día, y cuando bajé, me encontré a Calle ya en la cocina, cortando verduras con una concentración que me enterneció.
—¿Necesitas ayuda? —pregunté, acercándome a ella, observando cómo movía el cuchillo con torpeza.
—No, solo me falta cortar esto y ya —respondió, aunque noté que se apoyaba más de la cuenta sobre la encimera.
—No deberías estar parada por mucho tiempo —murmuré, preocupada por su tobillo. Daniela, terca como siempre, intentó ignorar mi advertencia, pero en un descuido terminó cortándose el dedo.
—Auch ¡Mierda! —se quejó, llevándose la mano a la boca y mirándome con ojos suplicantes. —Me corté…
—Déjame ver —dije, tomando su mano con suavidad para examinar la herida. —No es tan profunda, pero hay que desinfectar… ¿dónde está el botiquín?
—No sé, tal vez en el baño —contestó Daniela, mirando horrorizada su dedo, como si de pronto todo el dolor del día se hubiera concentrado allí.
La miré con ternura, sintiendo una oleada de cariño por esa mujer fuerte y vulnerable a la vez, y supe que, pase lo que pase, siempre querría estar a su lado, cuidándola en cada caída, en cada pequeño accidente, en cada momento compartido.
—Voy a buscarlo —dije, saliendo apresurada de la cocina, sintiendo la urgencia de ayudarla, de no dejarla sola ni un segundo más de lo necesario. Caminé por el pasillo, abriendo puertas, revisando cada rincón de la casa, hasta que finalmente encontré el botiquín en el último baño, escondido detrás de una pila de toallas. Lo tomé entre mis manos y regresé casi corriendo, con el corazón latiéndome fuerte, no solo por la prisa, sino por la mezcla de emociones que me desbordaban.
Al llegar, Daniela me miró con una mezcla de alivio y nerviosismo, su dedo aún sangrando ligeramente. Me arrodillé frente a ella, abriendo el botiquín con manos temblorosas.
—Okay, esto te va a doler un poco —le advertí, mirándola a los ojos, buscando su permiso antes de tocarla. Empecé a limpiar la herida con delicadeza, pero aun así, Daniela soltó unos pequeños quejidos, apretando los labios para no gritar. Sentí una punzada de ternura y culpa, así que empecé a soplar suavemente sobre la herida, intentando aliviarle el ardor, como si ese gesto pudiera protegerla de todo lo malo.
Cuando terminé de limpiar su herida, le coloqué un curita, mis dedos rozando su piel con una suavidad casi reverencial. Me quedé unos segundos más de lo necesario, observando sus manos, sus uñas, la forma en que me miraba, como si en ese instante nada más existiera.
—Es muy difícil —murmuré, sin poder evitar que mi voz temblara, atrapada entre el deseo y el miedo.
Daniela me miró, sus ojos fijos en los míos, como si intentara descifrar el verdadero significado de mis palabras. —¿Qué es muy difícil? —preguntó, su voz baja, íntima, como si temiera romper el hechizo que nos envolvía.
Sentí cómo el aire se volvía más denso entre nosotras, cómo cada centímetro que nos separaba era una barrera casi imposible de cruzar.
—Es difícil tenerte tan cerca y no desear besarte —confesé en un susurro, mis labios tan cerca de los suyos que pude sentir su respiración mezclarse con la mía. La miré, buscando en sus ojos una señal, una respuesta, y cuando vi el mismo deseo reflejado en su mirada, no pude resistirme más. Me incliné y la besé.
Nunca había sentido algo así. El mundo desapareció, y por un instante solo existíamos ella y yo, unidas en ese beso que era al mismo tiempo una promesa y una rendición. Todo mi cuerpo temblaba, mis manos buscaban su rostro, su cuello, queriendo memorizar cada detalle, cada sensación. Me perdí en ella, en el sabor de sus labios, en la calidez de su piel, en la certeza de que nada más importaba.
Pero de pronto, Daniela se apartó, rompiendo la magia de golpe. —No hagas eso, Poché —murmuró, alejándose, su voz cargada de miedo y confusión.
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. —Calle, no sabes lo mucho que luché por todo lo que estoy sintiendo por ti, pero ya no puedo más —confesé, mi voz quebrada, y volví a buscar sus labios, incapaz de contener el deseo, la necesidad de sentirla cerca.
Esta vez, su respuesta fue breve. Me besó de vuelta, pero enseguida se apartó, evitando mi mirada. —Ayúdame a preparar la mesa, ¿sí? —me pidió, cortando el beso, su voz ahora distante, como si necesitara poner una barrera entre nosotras.
—Okay —contesté, confundida, sintiendo un nudo en la garganta. Daniela se puso de pie sin mirarme, y por un momento no supe si estaba molesta, asustada, o simplemente abrumada por todo lo que había pasado. Me quedé allí, con el corazón en la mano, preguntándome si había ido demasiado lejos, si tal vez el amor que sentía por ella era demasiado intenso, demasiado real.
La observé moverse por la cocina, cojeando ligeramente pero fingiendo normalidad, y sentí una mezcla de ternura y tristeza. Quise acercarme, abrazarla, decirle que todo estaría bien, pero no encontré el valor. Así que, en silencio, empecé a poner la mesa, esperando que el tiempo, o quizás una palabra suya, pudiera devolvernos la calma y la complicidad que habíamos compartido tan solo unos minutos antes.
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La Guardaespaldas [EDITANDO]
FanfictionDaniela tenía una vida normal como cualquier chica de su edad, hasta que los problemas comienza a llegar a su vida, cuando su padre recibe una amenaza de muerte y decide contratar a un guardaespaldas aunque su hija se niegue aceptar protección. Marí...
![La Guardaespaldas [EDITANDO]](https://img.wattpad.com/cover/155536269-64-k620867.jpg)