Capítulo 20

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CALLE

Hoy desperté sintiendo un peso en el pecho, una desgana profunda que me envolvía como una manta fría. No quería ir a la universidad, no tenía ánimos para enfrentarme a la rutina ni a las miradas, pero sabía que no podía darme el lujo de faltar, apenas estábamos comenzando el semestre y, además, hoy me tocaba ser el chofer de María José. Era una responsabilidad que no podía evadir, aunque mi corazón estuviera en otra parte.

Al bajar las escaleras, la vi. María José ya estaba lista, impecable como siempre, con esa serenidad en el rostro que me hacía preguntarme si alguna vez algo la perturbaba de verdad.

—Hola —mi voz salió apenas como un susurro, cargada de timidez y un anhelo que no podía ocultar. —¿Estás lista? —pregunté, intentando sonar casual. Ella asintió en silencio, sin regalarme una sola palabra.

El trayecto en el auto fue un océano de silencio. No cruzamos palabra, y el aire se sentía denso entre nosotras, como si las cosas no dichas se sentaran en el asiento trasero, observándonos. Habíamos vuelto a esa distancia incómoda, a esa frialdad que tanto temía. No estaba enojada con María José, en realidad, estaba molesta conmigo misma. ¿Cómo había permitido que nos distanciáramos así? Podríamos estar más cerca que nunca, pero en cambio, éramos dos extrañas compartiendo un espacio reducido y un silencio ensordecedor.

Al llegar a la universidad, fuimos a buscar a Paula. La saludamos y nos dirigimos al aula. Paula se sentó a mi lado, mientras que María José eligió un asiento un poco alejado, como si necesitara marcar una frontera invisible entre nosotras. Durante la clase, intenté concentrarme en la voz del profesor, pero era imposible. Sentía la mirada de María José sobre mí, como una caricia que no me atrevía a devolver. Cuando giraba para mirarla, ella apartaba los ojos rápidamente, fingiendo interés en la pizarra, evitando cualquier contacto visual.

Me incliné hacia Paula y le susurré, apenas moviendo los labios:

—Paula, hoy vamos a tener una tarde de marineras.

Ella me miró, claramente confundida, arqueando una ceja.

—¿De qué estás hablando, Daniela? —preguntó en voz baja, cuidando que el profesor no nos escuchara.

—¿Aceptas o no? —insistí, buscando en su mirada un poco de complicidad.

—Sí, pero… ¿puedo llevar a alguien? —su sonrisa era traviesa, como si ya tuviera a alguien en mente.

—Claro, avisa también a los demás —murmuré, sintiendo una pequeña chispa de emoción ante la idea de compartir una tarde diferente.

La duda me carcomía por dentro: no sabía si debía invitar a María José. Lo que había pasado entre nosotras aún era una herida abierta, pero recordé la promesa que le había hecho a mi padre. Respiré hondo, intentando reunir el valor necesario para acercarme a ella, pero justo cuando me decidí, la vi sonreír al leer un mensaje en su celular. Esa sonrisa, tan ajena a mí en ese momento, me hizo retroceder.

—Olvídalo, no soy su niñera —susurré para mí misma, sintiendo una punzada de celos y tristeza.

Después de la universidad, Poché y yo regresamos a casa. Yo iba en busca de mi traje de baño, mientras que María José, supuse, se quedaría si no tenía otros planes. Cuando bajé, Paula ya me esperaba afuera, impaciente. Le pedí que condujera ella esta vez. Al llegar al muelle, no dudé ni un segundo en subirme al yate. Necesitaba el sol, el calor en la piel, algo que me distrajera de mis pensamientos. Me acomodé para broncearme, cerré los ojos y dejé que el murmullo del agua me arrullara, hasta que sentí la presencia de Poché.

La Guardaespaldas [EDITANDO]Stories to obsess over. Discover now