Capítulo 28

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POCHÉ

La sorpresa para Daniela ya estaba lista, perfectamente orquestada gracias a la complicidad de Mario y, en el último momento, de Paula. No me avergüenza admitir que tuve que recurrir a su ayuda cuando sentí que mis ideas se quedaban cortas, que mis manos temblaban ante la posibilidad de que algo saliera mal. Mario, con su conocimiento casi instintivo de la ciudad, fue mi brújula en este pequeño viaje. Sin él, jamás habría encontrado ese rincón tan especial, ese lugar que parecía existir solo en mis sueños y que ahora, por fin, podía compartir con ella.

Mientras conducía, sentía el pulso acelerado, casi doloroso, en el pecho. Daniela, sentada a mi lado, no paraba de lanzarme miradas curiosas, de intentar arrancarme alguna pista. Me preguntó, con ese puchero irresistible que siempre me desarma, si podía decirle a dónde íbamos. Negué con la cabeza, saboreando el secreto, disfrutando de ese pequeño poder que tenía sobre ella, aunque solo fuera por unos minutos más.

—No... —empecé a decir, pero ella ya se preparaba para protestar. Me adelanté, recordándole que ella tampoco me había contado nada sobre su propia sorpresa la última vez. Daniela se recostó en el asiento, resignada, aunque no del todo derrotada.

—Una pista —me pidió, cruzándose de brazos, fingiendo estar molesta, pero yo podía ver el brillo de la expectativa en sus ojos.

—Un bosque —respondí rápidamente, sin darme tiempo a dudar. No iba a arruinar la sorpresa por ceder ante su ternura.

—¿Bosque? —repitió, claramente confundida. Asentí, observando su rostro con atención, buscando cualquier señal de disgusto o incomodidad. Por un instante temí que no le gustaran los bosques, que hubiera cometido un error. Pero enseguida su expresión cambió, y la emoción se asomó en su voz cuando preguntó si ya estábamos por llegar. —De hecho, ya llegamos —suspiré, sintiendo una oleada de alivio recorrerme mientras aparcaba el auto. —Es una cabaña que renté —agregué, siguiendo la dirección de su mirada, que se posaba curiosa sobre la pequeña construcción de madera entre los árboles.

—¿Cómo? —preguntó, aún procesando la sorpresa, antes de bajarse del auto.

—Me ayudó Mario —confesé, cerrando la puerta tras de mí. Daniela me miró, los ojos abiertos de par en par, sorprendida y divertida a la vez. —¿Entramos? —le propuse, extendiendo mi mano.

—Por supuesto —respondió, tomando mi mano con fuerza, como si temiera que todo aquello fuera un sueño del que pudiera despertar en cualquier momento. —Es hermoso, y que comenzaba a odiar a Mario —añadió, riendo, y no pude evitar unirme a su risa, sintiendo cómo la tensión se desvanecía.

Al cruzar el umbral de la cabaña, me vi reflejada en la sorpresa de Daniela. Ambas nos quedamos quietas, sonriendo como niñas ante la promesa de una noche diferente. Gracias a Paula, la mesa estaba preparada para una cena romántica, con velas encendidas y un aroma delicioso flotando en el aire. Todo era perfecto, incluso más de lo que había imaginado.

—¿Te gusta? —pregunté, la voz temblorosa de emoción.

—¿Estás bromeando? Esto es hermoso —respondió, y su sonrisa iluminó la habitación más que cualquier vela.

La Guardaespaldas [EDITANDO]Stories to obsess over. Discover now