CALLE
María José nos había despertado cuando el cielo aún estaba cubierto de un azul oscuro, casi negro, y el silencio de la madrugada era tan denso que sentía que cualquier movimiento podía romperlo. Recuerdo que al principio me quejé, medio dormida, pero en el fondo le agradecía a María José su insistencia. Si dependiera de Paula y de mí, probablemente hubiéramos seguido durmiendo, perdiendo el vuelo y arruinando todo el viaje antes de empezar. Pero ahí estábamos, arrastrando maletas y bostezos, con los ojos hinchados y la emoción apenas contenida bajo la superficie del cansancio.
El vuelo transcurrió entre risas y confidencias susurradas. Paula y yo nos sentamos juntas, compartiendo auriculares y miradas cómplices, mientras que a Poché le tocó sentarse junto a un señor que apenas levantó la vista de su periódico. Cuando finalmente aterrizamos, la ciudad nos recibió con ese aire vibrante y desconocido que sólo tienen los lugares nuevos. Tomamos un Uber y, mientras el coche avanzaba entre avenidas y edificios, sentí cómo la ansiedad y la expectativa se mezclaban en mi pecho.
Al llegar al hotel, entramos arrastrando nuestras maletas, el eco de nuestras voces llenando el lobby. Paula, siempre tan organizada, se adelantó al mostrador y habló con la recepcionista con esa seguridad que a veces me asombra.
—Hola, tenemos una reserva a nombre de Paula Galindo, otra con María José Garzón y la última con el nombre de Daniela Calle —explicó Paula, con una sonrisa amable.
La recepcionista tecleó unos segundos y luego levantó la vista, con el ceño ligeramente fruncido.
—Sí, hay una reserva a nombre de Paula Galindo y otra con el nombre de Daniela Calle —confirmó, pero su voz se volvió más baja—. Pero no hay una reserva con el nombre de María José —murmuró, dejándonos a todas perplejas.
Sentí cómo el ambiente se tensaba de golpe. María José se adelantó, su voz cargada de incredulidad y una pizca de nerviosismo.
—¿Cómo? Debe haber un error —dijo, su tono casi suplicante—. Revísalo, por favor.
La recepcionista volvió a revisar, pero negó con la cabeza, repitiendo con una calma irritante:
—Lo siento señorita, pero no hay una con ese nombre.
Poché, intervino una vez más su voz temblando entre la confusión y la angustia.
—¿Cómo? Si yo hice la reserva —preguntó, mirándonos como si esperara que alguna de nosotras pudiera resolver el misterio.
La chica tecleó de nuevo, sus dedos bailando sobre el teclado.
—Alguien llamó para cancelarla —dijo finalmente, con voz neutra.
María José se inclinó hacia el mostrador, la preocupación pintada en su rostro.
—¿Me puedes decir el nombre de la persona? —preguntó, casi en un susurro. La recepcionista asintió, revisando una vez más.
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La Guardaespaldas [EDITANDO]
Fiksi PenggemarDaniela tenía una vida normal como cualquier chica de su edad, hasta que los problemas comienza a llegar a su vida, cuando su padre recibe una amenaza de muerte y decide contratar a un guardaespaldas aunque su hija se niegue aceptar protección. Marí...
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