Capítulo 5

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CALLE

Después de salir del edificio, cada vez que pensaba en ello no podía evitar reírme de la chica, de María José. Era tan linda, con sus ojos verdosos y esa pequeña estatura que la hacía aún más atractiva de lo que ya era. Su cabello azul, rebelde y brillante, me venía a la mente como un destello cada vez que cerraba los ojos. Me sorprendía a mí misma riendo sola en la calle, recordando su expresión avergonzada después de aquel encuentro tan torpe. No podía evitarlo. Había algo en ella, en su forma de mirar, en su risa nerviosa, que me hacía sentir una especie de cosquilleo en el estómago.

Llegué a mi departamento completamente agotada. Había caminado más de lo habitual y, para colmo, tenía que empacar mi maleta. Odiaba viajar temprano, pero no me quedaba otra opción. El vuelo era a primera hora y si no me organizaba bien, terminaría olvidando algo importante, como me había pasado tantas veces antes. Miré la habitación, el desorden habitual de ropa y libros apilados en la esquina, y suspiré. No tenía ganas de hacer nada, pero la responsabilidad me ganó. Fui sacando prendas del armario, doblándolas de cualquier manera y metiéndolas en la maleta. No sé cuánto tiempo tardé, pero cuando terminé, me tumbé en la cama con la esperanza de dormir aunque fuera un par de horas.

La estúpida alarma sonó una y otra vez, rompiendo el silencio y recordándome que mi momento favorito, dormir, había terminado. Me levanté de la cama con una lentitud casi dolorosa, arrastrando los pies hasta el baño. No tenía mucho tiempo, así que me duché lo más rápido posible, dejando que el agua fría intentara despertarme. Me miré al espejo y apenas me reconocí: ojeras marcadas, el cabello enredado y la expresión de alguien que preferiría estar en cualquier lugar menos ahí. Por suerte, había puesto la alarma justo en la hora límite, así que no tenía tiempo para desayunar ni maquillarme. Estaba segura de que en ese momento era lo más parecido a un zombie.

Tomé la maleta, revisé que tuviera el pasaporte y el boleto, y pedí el Uber. Le agradecí mentalmente al conductor por su puntualidad. El trayecto al aeropuerto fue silencioso, apenas si podía mantener los ojos abiertos. Cuando llegué, los demás pasajeros ya estaban abordando. Una vez más, me había salvado de perder un vuelo. Me senté en mi asiento, acomodé la maleta de mano y, sin pensarlo dos veces, cerré los ojos y me dejé llevar por el sueño. El vuelo se me pasó en un suspiro; no recuerdo ni el despegue ni el aterrizaje, solo el dulce descanso que tanto necesitaba.

Al llegar, el bullicio del aeropuerto me despertó. Salí arrastrando la maleta y, entre la multitud, vi a Juliana, mi hermana. No pude evitar sonreír. Hacía semanas que no la veía y, aunque a veces me sacaba de quicio, la había extrañado. Caminé hacia ella y, cuando estuve lo suficientemente cerca, grité:

—¡Juliana!

Ella se sobresaltó, casi dejando caer su bolso. Su expresión de susto fue tan graciosa que no pude contener la risa.

—Dios, ¿qué te pasa? Pudiste haberme causado un infarto —se quejó, llevándose la mano al pecho y respirando profundamente.

—Si vieras la cara que acabas de poner —dije, riéndome aún más fuerte.

—No es gracioso, pensé que… —se quedó callada de repente, su rostro se tornó serio y preocupado.

—¿En qué pensaste? —le pregunté, intrigada por su cambio de ánimo.

—Nada, solo no lo vuelvas a hacer. Odio las bromas —contestó finalmente, después de unos segundos. —Ven, dame un abrazo.

Rodé los ojos, pero me acerqué para abrazarla. Sentí su calidez y, por un momento, me sentí en casa.

—Okay, te extrañé —confesé en medio del abrazo, y escuché su risa.

—Igual yo. Hay que irnos, papá nos está esperando —dijo, sonriendo y asintiendo con la cabeza. —No sabes lo intenso que ha estado estos días. No vuelvas a dejarme tanto tiempo sola con él.

La Guardaespaldas [EDITANDO]Stories to obsess over. Discover now