POCHÉ
Desperté mucho antes de que sonara mi alarma. La ansiedad me había robado el sueño y, aunque intenté convencerme de que era solo un trabajo más, en el fondo sabía que no era cierto. Había algo distinto en esto, algo que me inquietaba y me emocionaba al mismo tiempo. Me preparé con esmero, eligiendo ropa que me hiciera sentir segura, profesional, pero también cercana. Quería proyectar confianza, pero no dureza. No con él, no con la familia Calle.
El cielo aún estaba gris cuando salí de casa. Caminé hasta la cafetería que Germán había elegido, repasando una y otra vez lo que iba a decir, cómo debía comportarme. No podía dejar que mis sentimientos se interpusieran, pero tampoco podía fingir que Daniela era una desconocida. El recuerdo de su rostro, de su voz, de la manera en que me miró la última vez que nos vimos, me acompañó durante todo el trayecto.
Al llegar, busqué con la mirada a Germán. Estaba sentado en una mesa junto a la ventana, con el ceño ligeramente fruncido, como si estuviera sumido en sus pensamientos. Cuando me acerqué, levantó la vista y una sonrisa cálida suavizó sus facciones. Me saludó con amabilidad, y sentí que, a pesar de la tensión, había una especie de confianza silenciosa entre los dos.
—¿Cómo estás, María José? Me alegra verte —dijo, y su tono era genuino, casi paternal.
—Muy bien, a mí también me da gusto verte —respondí, devolviéndole la sonrisa, aunque sentía los nervios recorrerme el cuerpo. —Dime, ¿para qué soy buena? —pregunté, intentando sonar ligera, pero la ansiedad se colaba en mi voz.
—Creo que ya lo sabes… —empezó a decir, pero en ese momento el mesero se acercó para tomar nuestro pedido. Aproveché la pausa para respirar hondo y calmarme un poco. Pedí un café, y Germán hizo lo mismo. Cuando el mesero se alejó, él retomó la conversación con una seriedad que me hizo enderezar la espalda.
—Necesito que cuides de mi hija, que seas su guardaespaldas. Tengo el presentimiento de que lo harás muy bien —dijo, justo cuando el mesero volvió con nuestras tazas.
—Gracias —le agradecí al joven, y aproveché para tomar un sorbo de café, buscando algo a lo que aferrarme. —¿Cuál de tus hijas? —pregunté, aunque en el fondo ya lo intuía.
—A Daniela —respondió, y en ese instante sentí que el café se me iba por el camino equivocado. Tragué demasiado rápido y empecé a toser, avergonzada por mi reacción.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Germán, preocupado.
—Sí, solo estaba muy caliente —mentí, sintiendo cómo me ardían las mejillas. No era el café, era la idea de cuidar a Daniela la que me ponía tan nerviosa.
—Okay, y bien, ¿aceptas ser la guardaespaldas de Calle? —insistió Germán, y me tomé unos segundos para pensar. Sabía que podía hacerlo, pero no estaba segura de si debía.
—Sí —respondí finalmente, aunque sentí que mi voz temblaba. —Pero tengo una pregunta —añadí, y él asintió, animándome a continuar.
—Claro, lo que quieras —parecía incluso emocionado por mi respuesta.
—¿Por qué yo? Lo pregunto porque mi jefe me dijo que no sería la única guardaespaldas. ¿Por qué me eliges a mí para cuidar a Daniela? —no estaba segura de por qué necesitaba saberlo, pero algo dentro de mí lo exigía. Tal vez, en el fondo, esperaba que fuera Daniela quien lo hubiera pedido.
—¿Por qué, te molesta? —cuestionó, observándome con atención.
—¡No! Solo es curiosidad —me apresuré a aclarar, y era cierto. No me molestaba, pero necesitaba entender.
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La Guardaespaldas [EDITANDO]
FanfictionDaniela tenía una vida normal como cualquier chica de su edad, hasta que los problemas comienza a llegar a su vida, cuando su padre recibe una amenaza de muerte y decide contratar a un guardaespaldas aunque su hija se niegue aceptar protección. Marí...
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