Capitulo 2

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CALLE

Hoy el despertador sonó mucho antes de lo que me habría gustado. Sentí el peso de la realidad cayendo sobre mí como una manta fría: las vacaciones habían terminado, y con ellas, la sensación de libertad y ligereza que solo se experimenta lejos de las obligaciones. Me quedé unos minutos mirando el techo, intentando convencerme de que levantarme era una buena idea, pero la nostalgia ya se había instalado en mi pecho. Era mi último día en Bogotá, mi ciudad natal, y aunque estaba emocionada por regresar a Los Ángeles para mi último año de universidad, una parte de mí se resistía con todas sus fuerzas a dejar atrás los días tranquilos, las calles familiares, los abrazos de mi abuela y el sabor de la comida casera.

Me arrastré fuera de la cama con una lentitud casi dolorosa. Cada paso hacia el baño era una pequeña batalla contra el sueño y la tristeza. El agua fría de la ducha me ayudó a despejarme, aunque no logró borrar ese nudo en la garganta que me acompañaba desde la noche anterior. Mientras me enjabonaba, repasaba mentalmente todo lo que dejaría atrás: las risas en la mesa, los paseos por el parque, las conversaciones interminables con mis amigas de la infancia. Sabía que, una vez en Los Ángeles, todo eso se convertiría en recuerdos lejanos, en fotos guardadas en el celular y mensajes de voz que intentan acortar la distancia.

Después de vestirme, fui a la cocina y preparé un desayuno sencillo, pero reconfortante: café negro, pan tostado con mantequilla y un poco de fruta. Me senté frente a la ventana, mirando cómo la ciudad comenzaba a despertar. El cielo estaba despejado y el aire tenía ese frescor típico de la mañana bogotana. Me prometí que no iba a desaprovechar ni un solo minuto de este día. Quería absorber cada detalle, cada aroma, cada sonido, como si pudiera guardarlos en un frasco para abrirlos cuando la nostalgia me atacara en el futuro.

Decidí comenzar a empacar mis cosas antes de que la pereza me venciera. Abrí la maleta y fui guardando la ropa, los libros, los pequeños recuerdos que había acumulado durante las vacaciones. Cada prenda, cada objeto, era un pedacito de mi vida aquí, y mientras los acomodaba, sentía que una parte de mí se quedaba atrapada entre las cremalleras. Cuando terminé, me senté en la cama y respiré hondo, intentando calmar la ansiedad que me provocaba el inminente regreso.

No quería quedarme encerrada en la habitación, así que me cambié, me abrigué bien y salí a caminar por las calles. El aire frío me despejó la mente y me ayudó a reconectar con la ciudad. Caminé sin rumbo fijo, dejando que mis pies me llevaran a los lugares que más amaba. Me encontré con unos amigos en la entrada del cine, habíamos planeado ver una película juntos como despedida. La sala estaba casi vacía y, para ser sincera, la película fue una de las más aburridas que he visto en mi vida. Pero no me importó. Lo importante era estar con ellos, compartir risas, palomitas y miradas cómplices que decían más que mil palabras.

Al salir del cine, nos abrazamos fuerte. Sabíamos que pasarían meses antes de volver a vernos.

—Adiós —les dije, forzando una sonrisa mientras sentía que los ojos se me llenaban de lágrimas.

Caminé sola por la avenida, buscando un restaurante donde pudiera comer una pizza. El lugar que elegí estaba justo enfrente de un edificio feo, de esos que parecen haber sido olvidados por el tiempo y la ciudad. Sin embargo, la terraza tenía cierto encanto, una vista privilegiada de las luces de Bogotá y el cielo estrellado.

Me senté en una mesa junto a la baranda y pedí mi pizza favorita. Mientras comía, me permití perderme en mis pensamientos. Recordé los veranos de mi infancia, las tardes de juegos en el parque, las historias que mi abuela me contaba antes de dormir. Todo eso parecía tan lejano, casi irreal, como si perteneciera a otra vida. Sentí una punzada de tristeza, pero también gratitud por haber tenido la oportunidad de vivir esos momentos.

Cuando terminé de comer, miré el reloj y supe que era hora de regresar al apartamento. Sin embargo, al observar el camino que debía tomar, me arrepentí de no haber regresado antes. La calle estaba oscura y apenas había luz en los edificios cercanos. El miedo se apoderó de mí, ese miedo irracional a la oscuridad que nunca me ha abandonado del todo. Imaginé mil escenarios en mi cabeza, todos ellos sacados de películas de terror: un asaltante escondido en la sombra, un extraño siguiéndome, un grito que nadie escucharía. Sentí cómo el corazón me latía con fuerza en el pecho y supe que no sería capaz de cruzar por ahí.

Busqué una alternativa y mi mirada se posó en el edificio que había observado antes. Decidí subir a la terraza y esperar allí el Uber que iba a pedir. Subí las escaleras con el corazón en la garganta, pero al llegar arriba, el miedo comenzó a disiparse. La vista era espectacular. La luna brillaba con fuerza y las estrellas salpicaban el cielo de destellos plateados. Me senté en el borde de la terraza y respiré hondo, dejando que la belleza de la noche me envolviera. Por un momento, me sentí en paz, como si el mundo se hubiera detenido solo para mí.

Sin embargo, mi valentía duró poco. De repente, escuché un ruido a mis espaldas. Sentí cómo el miedo volvía a apoderarse de mi cuerpo, paralizándome. Cerré los ojos, esperando lo peor. El silencio se hizo denso, casi insoportable, hasta que una voz suave y dulce rompió la tensión.

—¿Estás bien? —preguntó alguien, con una calidez que me hizo abrir los ojos de inmediato.









La Guardaespaldas [EDITANDO]Stories to obsess over. Discover now