POCHÉ
Después de hacer el ridículo con esa chica —que, por cierto, nunca me dijo su nombre— caminé de regreso a mi apartamento con una mezcla de vergüenza y cansancio. La ciudad, a esas horas, parecía otra. Las luces de los faroles proyectaban sombras largas y extrañas sobre las aceras vacías, y el silencio era tan denso que podía escuchar el eco de mis propios pasos. No sé por qué había perdido tanto tiempo deambulando por la calle; tal vez necesitaba ese aire frío en la cara, o tal vez no quería enfrentarme tan pronto a la soledad de mi habitación. Cuando finalmente llegué, el reloj marcaba las dos de la mañana. Sentí un alivio extraño al saber que no tenía que preocuparme por levantarme temprano al día siguiente. Por primera vez en mucho tiempo, podía dormir hasta la hora que quisiera, sin alarmas, sin obligaciones inmediatas.
Entré directo al baño. Todavía sentía el polvo y la suciedad de la caída que había tenido hacía apenas una hora, y el agua caliente me pareció un bálsamo. Cerré los ojos bajo la ducha y dejé que el agua arrastrara no solo la suciedad, sino también la tensión de la noche. Me pregunté, mientras el vapor llenaba el pequeño cuarto, por qué siempre terminaba metida en situaciones absurdas. ¿Qué buscaba realmente aquella mujer cuando subió a esa terraza? ¿Un poco de emoción, una pausa en la rutina, o simplemente un lugar donde perderme y dejar de pensar?
Al salir, me puse mi pijama favorita, esa de algodón suave y luego me metí en la cama, esperando que el sueño llegara rápido, pero el baño me había despejado tanto que ahora el insomnio se instalaba cómodamente en mi almohada. Me di mil vueltas, intentando encontrar una posición que me ayudara a dormir, pero mi mente no dejaba de repasar lo que había pasado. No podía evitar recordar el ridículo que había hecho con aquella chica. Me sentía una tonta, pero también, de alguna manera, divertida. Había algo en ella que me resultaba intrigante: sus ojos café, profundos y cálidos, y sus labios, que desde lejos parecían tan suaves que me daban ganas de tocarlos, aunque eso fuera lo más loco que pudiera pensar en ese momento.
Me sorprendió la intensidad con la que su imagen se había quedado grabada en mi mente. Tal vez era por la adrenalina del momento, o tal vez porque, en el fondo, sentía una conexión inexplicable con esa desconocida. Me pregunté si alguna vez volvería a verla, si la ciudad, tan grande y caótica, nos cruzaría de nuevo en algún rincón inesperado. Después de mucho luchar contra mis propios pensamientos, finalmente el cansancio venció y me quedé dormida, aunque mi sueño fue ligero y fragmentado, como si mi subconsciente no quisiera dejarme descansar del todo.
No sé cuánto tiempo había pasado cuando el sonido estridente del celular me arrancó bruscamente del sueño. Busqué el aparato a tientas, medio dormida, deseando que el ruido cesara antes de volverme loca. Contesté la llamada sin siquiera mirar quién era, mi voz aún cargada de sueño y malhumor.
—Hola, quien seas... hable ya —dije, sin disimular el fastidio. No entendía por qué alguien me molestaba a esas horas.
—Okay, tranquila —respondió una voz familiar, acompañada de una risa burlona. Era Vale, mi hermana menor, que siempre encontraba la manera de aparecer en los momentos menos oportunos—. Solo quería decirte que papá ya compró los boletos —anunció, y yo intenté abrir más los ojos, pero simplemente era imposible. El sueño me pesaba como una losa.
—Hola, Vale. ¿De qué boletos estamos hablando? —pregunté, mientras me frotaba los ojos una y otra vez, intentando sacudirme la niebla del sueño.
—Ay, hermana, a veces me pregunto si naciste así o solo te haces —suspiró. Puse los ojos en blanco, aunque sabía que no podía verme—. El vuelo para Los Ángeles.
—Te dije que era sorpresa —le recordé, sabiendo que había sido una pésima idea confiarle ese secreto a Valentina.
—Papá lo descubrió —se defendió, pero yo conocía bien ese tono.
—¿Lo descubrió o le contaste? —insistí, medio divertida, medio resignada.
—Ambas opciones son correctas —contestó como si nada, con esa frescura que siempre la caracterizaba—. En fin, tu vuelo sale pasado mañana a las siete de la mañana —eso logró despertarme por completo.
—¡¿A las siete de la mañana?! Y me avisas a estas horas —me quejé, sintiendo cómo la ansiedad comenzaba a instalarse en mi pecho.
—Me olvidé, ¿sí? —dijo, restándole importancia—. ¿Por qué mañana? ¿No hay un vuelo más tarde? —definitivamente mi día estaba comenzando de la peor manera.
—No, y deja de quejarte —me regañó—. Tengo sueño, así que nos vemos mañana, adiós —estaba segura de que lo hacía a propósito, solo para molestarme.
—Adiós —dije, suspirando, mientras escuchaba el clic del teléfono al colgar.
Me quedé sentada en la cama unos minutos, tratando de procesar la noticia. El viaje a Los Ángeles era algo que había estado posponiendo en mi mente, como si al no pensarlo pudiera retrasar el momento de partir. Pero ahora era real: en menos de dos días estaría de nuevo en esa ciudad, con sus avenidas interminables, su cielo siempre azul y su gente apurada. Me sentía dividida entre la emoción y la tristeza, entre las ganas de empezar algo nuevo y el miedo a dejar atrás lo que conocía.
Decidí levantarme y lavarme la cara para despejarme. El agua fría me ayudó a despertar del todo, y mientras me miraba en el espejo, vi el reflejo de una chica cansada pero decidida. Preparé un café fuerte y me senté a planear el día. Tenía que empacar mis cosas, organizar los papeles del viaje y avisar a mi jefe que estaría disponible en Los Ángeles si surgía algún nuevo cliente a quien cuidar. La rutina me ayudó a distraerme, a no pensar demasiado en lo que estaba dejando atrás.
Pasé toda la mañana en casa, empacando y desempacando, intentando decidir qué llevar y qué dejar. Cada objeto tenía una historia, un recuerdo, y me costaba desprenderme de ellos. Guardé ropa, libros, algunos dibujos y cartas que había recibido de mis amigos. Me pregunté si volvería a verlos pronto, si las promesas de mantenernos en contacto resistirían la distancia y el tiempo.
Cuando terminé de empacar la primera maleta, llamé a mi jefe para avisarle de mi viaje. Su voz al otro lado del teléfono sonaba distante, casi indiferente, pero me aseguró que me llamaría si surgía algún trabajo en Los Ángeles. Colgué sintiéndome un poco más sola, como si el mundo siguiera girando sin mí.
El cansancio me venció y decidí tomar un descanso. Me tumbé en el sofá y cerré los ojos, dejando que el silencio de la casa me envolviera. No sé cuánto tiempo dormí, pero cuando desperté, el sol ya comenzaba a ocultarse. Sentí un vacío en el estómago y pedí una pizza. Mientras esperaba el pedido, me senté junto a la ventana y saqué mi cuaderno de dibujo.
No sé por qué, pero solo podía pensar en la chica de la terraza. Sin darme cuenta, empecé a dibujarla: sus ojos grandes y expresivos, su cabello castaños, la forma en que fruncía el ceño cuando estaba confundida. Había algo en ella que me intrigaba, algo que no podía explicar.
Mientras dibujaba, me di cuenta de que la imagen de esa chica se había instalado en mi mente como una melodía pegajosa. No podía dejar de pensar en ella, en lo absurdo y hermoso de nuestro encuentro. Me pregunté si ella también estaría pensando en mí, si recordaría mi cara, mi voz, mi torpeza. Me sentí ridícula por obsesionarme con una desconocida, pero al mismo tiempo, había algo reconfortante en saber que, aunque fuera por un instante, había compartido una conexión real con alguien.
Cuando llegó la pizza, me senté en la mesa y comí despacio, saboreando cada bocado. El sabor del queso fundido y la salsa de tomate me recordó a las noches de infancia, a las cenas en familia, a los momentos en que todo parecía más sencillo. Después de cenar, volví a mi cuaderno y seguí dibujando. Pinté la terraza, la ciudad de fondo, las luces titilando en la oscuridad.
Al final del día, me tumbé en la cama y miré el techo, dejando que el cansancio me envolviera. Cerré los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, me sentí tranquila. Sabía que el futuro era incierto, que el viaje a Los Ángeles traería nuevos desafíos y oportunidades.
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La Guardaespaldas [EDITANDO]
Fan-FictionDaniela tenía una vida normal como cualquier chica de su edad, hasta que los problemas comienza a llegar a su vida, cuando su padre recibe una amenaza de muerte y decide contratar a un guardaespaldas aunque su hija se niegue aceptar protección. Marí...
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