Capítulo 1

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POCHÉ

Hoy me desperté mucho antes de que el sol asomara siquiera por la ventana. Sentí una mezcla extraña de emociones que me revolvía el estómago: por un lado, una emoción casi infantil, una alegría que me hacía sonreír sola en la oscuridad de mi habitación; por otro, una tristeza pesada, como una sombra que se negaba a disiparse. Era mi último día de trabajo. No podía evitar sentirme aliviada, casi eufórica, por dejar atrás la responsabilidad de cuidar a la señora Greta. A veces me preguntaba cómo había terminado aceptando ese empleo, cómo había llegado a ser la sombra de una mujer tan insoportable y antipática. Su presencia era como una nube gris, siempre lista para descargar una tormenta de exigencias y quejas.

Sin embargo, la incertidumbre se colaba en mis pensamientos. Me invadía la tristeza al saber que, a partir de mañana, estaría desempleada. La idea de estar quieta sin hacer nada por un tiempo me inquietaba, aunque sabía que, tarde o temprano, encontraría a alguien que necesitara mis servicios. Solo esperaba que esa persona fuera diferente, que esta vez tuviera la suerte de cuidar a alguien amable, alguien que valorara mi trabajo y mi compañía. Mientras tanto, me consolaba pensando que podría pasar más tiempo con mi familia; lo veía como unas vacaciones forzadas, pero bien merecidas después de tantos meses soportando a mi exjefa.

Lo único que temía era enfrentarme a mi padre y su inagotable repertorio de advertencias. —María José, tu trabajo es muy peligroso —me repetía una y otra vez, con esa voz grave y preocupada que me hacía sentir como una niña pequeña. Yo era perfectamente consciente de los riesgos que implicaba mi profesión, pero también sabía que, a pesar de todo, me gustaba cuidar de los demás, aunque a veces esas personas no lo merecieran.

El día pasó más rápido de lo que esperaba, y agradecí por ello. No estaba segura de cuánto más podría haber soportado a la señora Greta. Nunca entendí por qué necesitaba una guardaespaldas si lo único que hacía era ir de tienda en tienda, comprando ropa sin parar, probándose todo lo que se le cruzaba por delante. Era desesperante verla desfilar frente al espejo, admirando cada prenda como si fuera una obra de arte.

—Eso es todo —anuncié, dejando caer las diez bolsas sobre su sofá de terciopelo.

—Muy bien, ya puedes irte. Nos vemos mañana —respondió sin apartar la vista de su celular. Negué con la cabeza, horrorizada ante la idea de volver al día siguiente.

—Señora, hoy es mi último día —le recordé, esforzándome por sonar amable —Ya le había comunicado que dejaría de ser su guardaespaldas. Mañana vendrá otra persona a ocupar mi lugar —pobre de quien fuera, pensé.

—Claro, el problema es que yo te quiero a ti —dijo, levantando la vista por primera vez y escudriñándome de arriba abajo. ¿Cómo le explicaba que no quería volver a verla nunca más?

—No va a poder ser, señora. Bueno, ahora debo irme —me apresuré a decir. Greta intentó replicar, pero su celular sonó y la distrajo. Aproveché la oportunidad para despedirme —Adiós, fue un placer —mentí descaradamente.

Salí de su casa sintiéndome más ligera, como si me hubieran quitado un peso de encima. Pedí un Uber y me dirigí a mi lugar favorito de la ciudad: el Vivero Bar. Ese sitio tenía algo especial, una atmósfera acogedora que siempre conseguía tranquilizarme. Me encantaba la comida, pero sobre todo el ambiente, la mezcla de plantas y luces tenues que invitaban a quedarse horas conversando o simplemente pensando. Cada vez que iba, me prometía a mí misma que adoptaría una dieta vegetariana, pero las hamburguesas del lugar eran mi debilidad y arruinaban cualquier intento de cambio.

Después de cenar, decidí caminar hasta mi apartamento. No estaba muy lejos, y el paseo me ayudaba a digerir la comida y las emociones del día. Caminaba tranquila, tarareando una canción de Coldplay, cuando algo llamó mi atención. En la terraza de un edificio, no muy alto, vi una silueta solitaria. No podía distinguir si era un hombre o una mujer, la oscuridad lo envolvía todo y solo se veía la figura recortada contra el cielo. Mi instinto de cuidadora se activó de inmediato. Me pregunté si estaría bien, si necesitaría ayuda, o si tal vez era una situación peligrosa. Maldije haber visto tantas series como Riverdale; mi mente empezó a imaginar todo tipo de escenarios, desde alguien en peligro hasta un posible psicópata.

Sin pensarlo demasiado, decidí subir las escaleras del edificio. Sentía el corazón latiendo con fuerza en el pecho. Estaba a punto de descubrir si mi intuición me llevaba por el camino correcto, o si solo era una espectadora más de una historia que no me pertenecía.


















La Guardaespaldas [EDITANDO]Stories to obsess over. Discover now